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La leyenda de Morrosquillo

Entre las islas próximas al golfo de Morrosquillo se encuentran Tintifán, Mangle, Jesús, Cabruna, Palma, Panda, Ceicén, Múcura y Maravilla. Parece que la mano de la Providencia las hubiera puesto ahí como un amparo para quienes navegaran por el mar embravecido.



Ceicén es una de las menos grandes, pero la más vistosa y fértil. Los navegantes que transitan por esos mares, a lo lejos, observan como un castillo feudal, pero a medida que van acercándose, el castillo se va desapareciendo y queda una tupida vegetación; frondosos cocoteros y abundantes pelicanos que se lanzan al mar en busca de su diario sustento. Pero la imaginación popular tenía que buscar una explicación febril a ese fenómeno tan simple.

De un puerto de España llegó a nuestra Cartagena un sesentón a quien sus paisanos llamaban maestro Falco. Desde niño había entrado a casa de un armador y, por inclinación fue aprendiendo todos los oficios propios de la construcción de naves. De ahí su denominación de maestro. Aunque trabajó con esmero, Falco notaba que iba envejeciendo y sus finanzas dejaban mucho que desear. A sus oídos llegaron relatos de cómo en estas tierras americanas, las pepitas de oro y plata eran tántas, que había que apartarlas con los pies. Así pues, nuestro amigo recogiendo sus propios ahorros, se vino a Cartagena, donde por parte alguna aparecían las pepitas de oro y plata. Con sus ahorros compró a un gaditano una pequeña y vieja canoa, la que reparó para dedicarse al tráfico entre Cartagena y el rio Sinú. Su situación mejoró por lo que pensó que en breve podría dedicarse a descansar. Al regresar de un viaje le sorprendió tremenda tempestad que dejó la nave sin gobierno y completamente destrozada. Gracias a una tabla a la que se asió, pudo llegar a tierra. Con los pedazos de la canoa levantó una choza. El bote de la canoa apareció en buen estado. Comenzó así su nueva lucha por la vida.

Cuando aspiraba el humo de su pipa, se le ocurrió decir: “¿En qué pensará ahora Lucifer?”. Un ruido se oyó a sus espaldas y, para su sorpresa, se encontró con un caballero que resultó ser el propio Satanás. Entraron en alegre charla; cada quien tratando de saber de la vida del otro. Finalmente, Falco propuso a Lucifer llevarlo a pasear en su bote. El diablo sentía por el mar un verdadero pavor.

Falco le propuso a Lucifer hacerle tres preguntas, si no las contestaba, debía concederle un favor muy especial. Mientras navegaban le preguntó: Por qué los cangrejos caminan para atrás. Aunque el diablo trató de negarlo, Falco aseguró haberlos visto en Cartagena caminando hacia atrás. El segundo punto fue: ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Lo que tampoco pudo responder. La tercera pregunta fue: ¿Cómo se llama su abuelo? Lucifer aseguraba no tener abuelo, pero Falco le dijo: cuando regresábamos en el bote, al hacer un giro, usted exclamó: ¡Por vida de mi abuelo! Así pues, Lucifer perdió y Falco le pidió un castillo con servidumbre, comida, bebida, etc. El diablo le dijo: Todo te lo concedo, pero sólo tú puedes gozarlo y desapareció. Falco pidió comer y comer y murió de un cólico miserere.



*Asesor Portuario



fhurtado@sprc.com.co

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Comentarios

Este cuento hace que me

Este cuento hace que me acuerde de los que oía,junto con mis primos, cuando eramos niños, entonces no había televisión ni menos computador ,de boca de las muchachas del servicio, todas las tardes despues de comer se hacía la audiencia; estas muchachas,por lo general ,venian de pueblos donde este tipo de cuentos abundaba.Bueno sería que se contaran de nuevo.