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La pica burocrática

La pica de la modernidad demoró en ensañarse contra las murallas de Cartagena. La ciudad, desolada por las guerras de la Independencia, penó casi todo el siglo XIX; no tuvo ni la motivación, ni los medios para derribar sus muros. 

Cuando sintiéndose constreñida comenzó a deshacerse de ellos, se hizo tarde. Los horrores de la I Guerra Mundial modificaron la idea de progreso. Con la visita del presidente Marco Fidel Suarez a Cartagena en 1919 disminuyó el afán. En 1924, la  ley prohibió tumbar murallas. Casi al mismo tiempo, nació la Sociedad de Mejoras Públicas de Cartagena (SPM) para protegerlas. El estado, salvo en el papel, poco se ocupaba de ellas.

El Castillo de San Felipe de Barajas había visto mejores días cuando la Sociedad se hizo cargo en 1928; era poco más que una pila de escombros y cantera de propiedad privada. Minuciosa y pacientemente reconstruyó y resguardó la magna obra militar orgullo de Colombia.  Fueron muchos años de perseverancia con ausencia, cuando no interferencia del estado.

¿Y quién ha sido esa tal Sociedad de Mejoras Públicas? Nadie y todos. Una colectividad anónima de amigos de las fortificaciones que lleva más de 80 años de elegir Junta Directiva para que las cuide, para salvaguardar el pasado castrense que entraña la esencia de la Ciudad Heroica. Allí se ha cultivado ad honorem e ininterrumpidamente el sentido de pertenencia.

El mantenimiento del Corralito de Piedra se nutre de los ingresos de San Felipe y de los alquileres de bóvedas y baluartes. Siempre ha sido así. Ni Obras Públicas, ni Cultura han aportado, excepto en contadas aunque notables excepciones. Los dineros, pulcramente gestionados por una “entidad privada sin ánimo de lucro de reconocida idoneidad”, se invierten sujetos a la vigilancia del estado. No hay quejas. 

Los presidentes -en general de larga permanencia- y los miembros de la Junta de la SMP conocen mejor que nadie las viejas piedras y, además, conocen la idiosincrasia de su ciudad. La eficacia del manejo es evidente en las fotos que se difunden hoy por el universo entero y en detalles nimios, como el que las murallas hayan casi dejado de ser el mingitorio urbano. 

La renuncia de la Sociedad a su centenario quehacer por la Cartagena castrense será una sentida pérdida. Habrá habido por veces lunares en su mandato,  pero hiere la honra de la ciudad que se capitidisminuya a probos, idóneos y desinteresados servidores hasta precipitar su dimisión. Hacen bien. Quedan de fantoches en el nuevo comodato para el cuidado de las fortificaciones (de todas, hasta de las que no existen), suplantados por un Comité de Dirección bajo el control de altos funcionarios capitalinos, cuyo cariño, entrañable en el caso de la SMP, por el Corralito y sus adláteres está por verse.   

Esa imposición maulera desde lo alto lastima. Se le dice a Cartagena que ahora no es capaz de administrar los suyo, como lo vino haciendo desde antes que existirán declaratorias patrimoniales de la UNESCO. Malo, diría don Sancho Jimeno, el héroe de Bocachica en 1697: se restan voluntades defensoras de la ciudad. Bien se ha dicho que nada es tan difícil como construir una institución que merezca perdurar, y nada es tan fácil como destruirla.



rsegovia@axesat.com

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Comentarios

No nos llamen al sentimiento

No nos llamen al sentimiento cartagenero cuando no se ha administrado este tipo de monumentos y fortificaciones de manera profunda. ¿Porque el Castillo San Felipe de Barajas es importante?, será poque lleva consigo una historia q para muchos es de orgullo, para otros es humillativa, sea cual fuese el punto de vista.

Es necesario decir q en torno

Es necesario decir q en torno a ellos no ha habido una orientación adecuada en su manejo, ha sido la utilización de estos para generar entrada de dinero, que permita su mantenimiento, para hacerlos mas atractivos a los turistas. La parte educativa, de formación histórica para nosotros los cartageneros donde esta?.