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La sabiduría de Miguel Nule

Mucha burla ha provocado la afirmación del joven y otrora exitoso empresario costeño Miguel Nule de que “la corrupción es inherente a la naturaleza humana”. He leído no menos de 10 columnas en los periódicos principales de la nación y he mirado un número grande de caricaturas provocadas por semejante sentencia.

Todo parece indicar, a simple vista, que es un exabrupto, una idea descabellada dicha por alguien sumamente ignorante. O, visto de otra manera, y así ha sido también analizado, una actitud cínica de un jovenzuelo inmaduro capaz de decir tal cosa. No obstante creo que hay otra perspectiva del asunto que bien vale la pena tener en cuenta.

Resulta, en primer lugar, que el señor Nule no es un jovencito cualquiera. Es nada menos que el poderoso empresario que tuvo en sus manos el mayor número de mega contratos de la historia nacional, por sumas astronómicas, y a lo largo de una geografía que abarcaba prácticamente el territorio colombiano.

Por otra parte, tengo la impresión, basado en los numerosos casos de corrupción que denuncia la prensa a diario en los que una legión de funcionarios públicos aparecen asociados con una legión de empresarios privados para robarse los dineros del Estado, que los mega contratos de los señores Nule debieron exigir enorme experiencia y profunda acumulación de conocimientos en el arte del soborno, de la negociación de las comisiones, del enriquecimiento fraudulento. Es decir, que para ellos debió ser pan de todos los días el encuentro con una naturaleza humana corrompida por la ambición sin límites de obtener grandes riquezas. La comprobación diaria de lo que un amigo mío define con la sentencia de que “nadie se harta de dinero”, especialmente cuando se expone a sus más íntimos goces.

De modo que, y aquí va una de mis conclusiones provisionales, hay que tomar más en serio lo que el señor Nule definió en tan desafortunada frase. No porque yo comparta semejante aseveración -por supuesto que no la comparto- sino por lo que refleja de nuestra realidad social en la experiencia de vida de este joven empresario. En otras palabras, él no ha hecho nada distinto a sintetizar lo que encontró a lo largo y ancho de Colombia en actividades empresariales derivadas de la cosa pública.

Yo me imagino que debió serle tan común el encuentro con el fraude y la trampa en todas sus modalidades que terminó convencido de que expuesto a la tentación del dinero no hay funcionario o empresario que se resista a ella y que no acuda a los caminos más cortos y turbios para obtenerlo.

Lo que habría que reflexionar, y esta es mi segunda conclusión provisional, no es en la estupidez o el cinismo de lo dicho por Miguel Nule, sino en cuan normales y generalizadas deben ser las prácticas corruptas en la negociación de los contratos públicos en nuestro medio para que a un hombre perspicaz y de oculta vocación filosófica como él lo llevara a concluir que no se derivaban dichas prácticas de nuestra cultura política y empresarial sino de nuestra propia naturaleza.

Habrá, finalmente, que preguntarse si muchos colombianos inmersos en esa cultura, que no tienen ningún inconveniente en vivir de la corrupción sin sentimientos de culpa alguna, no comparten en el fondo de su alma lo dicho por el señor Nule. Así es la Colombia de hoy, ¿no?

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

 

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