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La segunda independencia

En el 2012, para los cartageneros sensatos, las fiestas novembrinas han debido tener un sabor agridulce, pues si bien hay que recordar la fecha del 11 de noviembre, cuando se produjo la independencia del Imperio Español,

en paralelo debemos reconocer que ahora Cartagena está sometida a un nuevo imperialismo, como es el de una cleptocracia, cuya oprobiosa andadura ha producido casi una catástrofe que la ha convertido en una ciudad desastrada, cuyo cartabón de dolencias y carencias ha sido señalada por una muchedumbre de editoriales y de notas de prensa, las cuales sería largo enumerar, cuyo efecto colateral ha sido que los cartageneros vivamos el síndrome de la desesperanza aprendida, por los años de desafueros contra el erario de esta “rosca” codiciosa. 

En este trance doloroso, los cartageneros estamos pagando un enorme precio por la “bacanería” y la superficialidad de como miramos los grandes problemas de la ciudad, una actitud que es un terreno abonado para que la rapacidad de los diferentes grupúsculos políticos haga su agosto. En Cartagena se puede decir, parafraseando a Jorge Zalamea, que la concupiscencia del poder, primero, la codicia luego y la indiferencia ciudadana después, engendraron este escenario de desolación y abonaron el despojo. Una y otra abortaron ese feto: la cleptocracia, cuya voraz depredación del erario ha convertido a la ciudad en una aglomeración informe que parece un barrilete sin cola.

Pero, lo más grave del desastre de Cartagena es que teniendo una expectativa cercana de una elección atípica para elegir otro alcalde, no hay un solo sueño colectivo en el horizonte, ni una sola propuesta que vaya más allá del beneficio personal de los oportunistas de siempre. Por eso jamás había dolido tanto la orfandad desolada de esta ciudad y jamás había dado tanta rabia este “regalo” de varios años de saqueos del erario por la codicia de los cleptócratas.

En 200 años pasamos del despotismo español, a la tiranía de una banda de rapaces y de su séquito de turiferarios, que nos han destruido a los cartageneros la confianza en el voto. En esas circunstancias, lo sensato hubiera sido aprovechar las fiestas para criticar los principales lunares de la ciudad y que se multiplicaran actos como el de una irónica celebración que hicieron unos jóvenes sobre los “7 años de Transcaribe”, en la cual destacaron lo inconcluso de este megaproyecto.

Creo que por medio de comparsas, mojigangas y obras de teatro callejeras, se podría ir despertando a los cartageneros de su letargo y lograr que tomen conciencia de que ahora somos vasallos de una rosca ducha en desangrar el erario y en el arte de borrar huellas. En mi concepto, si se hubiera hecho un bando paralelo con comparsas alusivas a nuestra tragedia cotidiana en la cual hubiéramos clamado por una “Segunda Independencia”, se hubiera podido despertar las conciencias aletargadas de mis paisanos y tal vez se podría dar el milagro de que en las elecciones atípicas que se avecinan se pudiera elegir a un buen alcalde. 

La Ñapa. Un sitio público, al lado del Hospital Bocagrande, fue utilizado para hacer un  desfile ruidoso del Concurso Nacional de Belleza, sin tener el más mínimo respeto por los vecinos, ni por los enfermos.



*Directivo universitario. Miembro de la Academia de la Historia de Cartagena.



menrodster@gmail.com

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