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Lo que huele a podrido

Mi abuelo solía decir que “una naranja podrida, daña el resto del saco”, es precisamente ésta la mejor explicación a la mala imagen que padecen hoy los abogados.

Por más de que la mayoría de los estudiosos del Derecho son unos verdaderos paladines de los principios éticos y las buenas costumbres, unos pocos han logrado -con sus actuaciones- acabar con la buena imagen del pretor romano, tenedor de la prudencia y la templanza para resolver los problemas de su comunidad.

El código disciplinario del abogado y el Estatuto de la Abogacía, son una manifestación de ese clamor por reivindicar la profesión del derecho, y en este contexto la función del Consejo Superior de la Judicatura, juega un papel fundamental en ésta búsqueda de la rectitud y la moralidad del jurista. Sin embargo, la adopción de normas disciplinarias no es suficiente, puesto que el problema no es de las normas, sino del elemento humano. En efecto, la dignidad, la honradez, la lealtad, el decoro profesional y todo el catalogo de deberes del abogado consagrados en la ley 1123 de 2007, son todos conceptos meta-jurídicos que obedecen al fuero interno de los abogados. Es por eso que acogemos la idea de que la única manera de “purificar el derecho” es aumentando el número y calidad de actuaciones deontológicas conforme a los principios y valores que inspiran a la sociedad colombiana; y esto sólo se logra con una mejor formación académica de los profesionales del Derecho. No se le está trasladando la responsabilidad sólo a las universidades, sino a todos los factores que de alguna manera intervienen en la educación; la familia, los amigos, el colegio, o el internet, por ejemplo.

Rescatamos la necesidad de volver al sentido primitivo de la abogacía, cuando abogar era privilegio de caballeros y de ciudadanos ejemplares. La permisibilidad de los usos ilegales, los abusos y la corrupción burocrática, es de alguna manera el obstáculo principal para hacer caer en cuenta a aquellos “tinterillos”, “leguleyos”, “caga tinta”, que el fin no justifica los medios, que la misión del abogado es servir a la justicia, a la sociedad, a los fines del Estado y por tanto a la realización efectiva de los derechos. El verdadero abogado actúa con ciencia y conciencia, defiende causas justas con herramientas legales y eficaces.

El número de condenas disciplinarias a los profesionales del derecho son ínfimas, porque en la mayoría de los casos la población afectada no denuncia, por la creencia popular errada de que los abogados son intocables judicialmente. De allí la necesidad urgente de cambiar las estructuras materialistas que rigen hoy la sociedad de consumo, mediante un férreo desprecio por estas actuaciones que “pudren el saco”, de parte de aquellos que se consideran a sí mismos abogados –en el sentido original- y de la ciudadanía afectada; complementada con la cátedra de Ética en las facultades de Derecho, las sanciones de la sala disciplinaria del Consejo Superior y Seccionales de la Judicatura, y los colegios de jueces y abogados, quienes deben reclamar un comportamiento serio y respetuoso de la moral y la rectitud de conciencia, por parte de sus asociados.

*Universidad de Cartagena Consultorio Jurídico

Cesar.tirado@hotmail.com

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