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Loor a Vargas Llosa

Celebré el otorgamiento del Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa, a cuya obra de ficción me acerque apenas diez años atrás, luego de leer “La fiesta del chivo”. Confieso que lo hice para no desairar a un compadre y compañero de oficina que la puso en mi mano, alabándola.

Como me había ocurrido antes con otros textos de él, los sucesos del inicio no lograron seducirme, quizás porque insinuaban la tragedia del exilio de Urania Cabrales, un personaje ajeno a mí, a quien, sin motivos, le atribuí una deslealtad por cobardía. Sin embargo esta vez no podía abandonar la lectura. Mi compadre me inquiriría. Estaba condenado al sacrificio, pensé. Pero al finalizar el primer capítulo mis prevenciones se derrumbaron. Descubrí la pericia del narrador y, aunque la trama todavía no estaba armada, asumí el rol del lector que quiere conocer el desenlace.
A partir de ahí empecé a hurgar en los estantes de las librerías y bibliotecas a las que tenía acceso en procura de hallar una obra del escritor, encontrándome la que para mí es su novela mejor lograda: “La guerra del fin del mundo”, una narración que nos enfrenta a las frustraciones, inutilidad y tragedias del mesianismo y la intolerancia, a través de la reconstrucción de la campaña emprendida a finales del siglo XIX por las tropas oficiales para recuperar los sertones brasileros, luego de que una legión de renegados y marginados sucumbiera ante las prédicas de un fanático que, como requisito para alcanzar la salvación, los condujo al aislamiento, la renunciación de todo bienestar y el desacato de las ordenes de autoridad diferente a la de él.
Tras esta lectura intuí que Vargas Llosa investigaba con rigor no sólo cuando se dedicaba a analizar las obras de otros maestros, sino también cuando de escribir ficciones se trataba, impelido por una curiosidad sin límites y una obsesión por definir detalles y desentrañar comportamientos para construir personajes y ambientes que se aproximaran a las realidades de ese mundo que él suplantaba y transformaba.
La confirmación de mi sospecha llegó al leer “El Paraíso en la otra esquina”, cuyas brumas y colorido son el telón de fondo para el trasegar de quienes buscan con afán el éxito y la tranquilidad que se les vuelven inalcanzables, tanto en las urbes, como en la ínsula en donde Gauguin se aísla en un exilio que tiene en común con el de Urania Cabrales la necesidad de distanciarse de unos hechos que cortaron de un tajo la ilusión y la seguridad, pero que se diferencian en que al pintor no lo vejaron, como sí le ocurrió a quien parecía predestinada a convertirse en favorita del tirano.
Pero de Vargas Llosa no sólo admiro las estructuras de sus novelas y la diversidad de temas que en ellas aborda, sino la valentía, agudeza y libertad con que comenta los sucesos que suscitan controversia, en los que no siempre se advierte al escudero de la derecha, como quieren hacerlo aparecer por el solo hecho de prohijar la economía de mercado y la pluralidad de partidos. Recordar el ardor con que defendió el matrimonio entre homosexuales, su alerta para preservar las culturas locales de la depredación de la globalización y la diatriba contra la prensa que dejó de informar por divertir, bastaría para entender su condición de libre pensador. A ese fue al que le otorgaron el Nobel.

*Abogado y profesor universitario.

noelatierra@hotmail.com

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