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Los hospitales

He vuelto a visitar los hospitales de la ciudad, dolorosa experiencia que se encontraba intacta en mi memoria desde los tiempos en que escribí, hace ya varios años, algunas columnas sobre la tragedia del “paseo de la muerte” y la quiebra del sistema hospitalario público.

Circunstancias familiares me han obligado a permanecer noches enteras en medio de la desolación de las salas de urgencia y de los pasillos de algunas de las clínicas más importantes. El espectáculo de la miseria unido a la carencia de recursos es sencillamente estremecedor.

Nada nuevo, quizás. Pero no por eso menos trágico. Pacientes que no caben ya en los pabellones, apiñados en medio de un calor infernal y de toda clase de incomodidades. Pacientes obligados a pasar la noche sentados en las salas de urgencias en medio de dolores intensos. Pacientes en estado de gravedad, que requieren cirugía inmediata, en camas móviles en los pasillos a la espera de que se desocupe una sala de operaciones. Y más grave aún: pacientes que mueren resignadamente porque no pueden ser transferidos por no haber ambulancia que los lleve ni hospital que los reciba.

Si el enfermo es un ser humilde, de esos que no conocen a nadie importante, como lo son el 90 por ciento de los colombianos, sólo Dios en su infinita misericordia puede ayudarlo a sobrevivir, en casos de extrema urgencia, y muchas veces, incluso, en situaciones que tratadas a tiempo y de la forma debida no debieran complicarse.

En las lóbregas noches de los hospitales veo a numerosos jóvenes, muchos de ellos llenos de romanticismo, ávidos de aprender y de servirle a la humanidad. Y me pregunto en cuánto tiempo el bárbaro e injusto sistema de salud que tenemos se encargará de destruir sus ilusiones, es decir, cuánto tiempo les tomará resignarse a prestar el servicio en las condiciones pésimas en que tendrán que hacerlo cotidianamente.

Veo, sin embargo, médicos, no todos, por supuesto, cuya vocación sobrevive en medio del desastre hospitalario, que se empeñan por salvar vidas y ejercen su oficio con solidaridad fraterna. No obstante, hasta estos hombres y mujeres bondadosos tienen a menudo que declarar su impotencia ante la precariedad de medios.

Y pensar que con una mínima parte de la plata que se han robado las EPS, hoy investigadas e intervenidas por el Gobierno, y de la que se roban a diario los muchos Nule y funcionarios públicos, que abundan en el país; pensar, digo, que con esa pequeña fracción de lo robado, si se invirtiera bien en los hospitales de la ciudad, tendríamos en abundancia los recursos que hoy tanta falta nos hacen. Y quién sabe si de muchos de los que padecen toda clase de sufrimientos e incomodidades por falta de condiciones y de los que se mueren a diario, se podría contar una historia diferente.

Vana ilusión, quizá. Nada indica que, pese a todos los horrores de la corrupción hoy descubiertos, se esté trabajando en una reforma radical del sistema de salud. Con toda probabilidad sucederá lo de siempre: nada de fondo cambiará. A no ser que nosotros, los ciudadanos, decidamos hacerlo cambiar.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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