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Los niños

Que “cada niño viene con su pan debajo del brazo”, que “donde come uno comen dos”, son frases con mensajes alentadoramente utópicos en este mundo que nada lo sacia y que está absorbido por la sociedad de consumo.

Una realidad muy diferente es la que se vive en Cartagena. Cuando mi padre se vino a Colombia en el año 1945, en busca de mejores oportunidades en “la América”, pernoctó con tres de sus hermanos en El Banco, Magdalena. A pesar de la resaca, la hambruna y estragos avasallantes de la II guerra mundial, al llegar a puerto se dio cuenta de que lo que él había padecido no era ni comparación con lo que estaba viendo. No lo soportó, no podía entender cómo los niños bebían en sus totumas agua del río. Al mirarlos con sus barrigas infladas y piponas, con la mirada perdida en la profundidad de la desesperanza, decidió venirse a Cartagena. Quizá pensó que ésta sería el paraíso.

Comenzó a trabajar con su hermano José y montaron un almacén de víveres y abarrotes. Iban por todos los pueblos despachando al por mayor la mercancía: Soplaviento, Arenal, Villanueva, Santa Rosa. Ahí vio más de lo mismo, pero el agua era reposada en la tinaja para tomarla fresca.

Si mi padre viviera seguramente sentiría más dolor del que traía consigo. Los niños de Cartagena no sólo padecen hambre, hacen oficios que no les corresponden, son maltratados, abusados, maldecidos, estigmatizados, como si fueran trofeos para hacer sentir a la humanidad que el hombre, en su brutalidad, no respeta a nada ni nadie.

Los niños, pobres o de mayor estrato, cargan a sus espaldas las marcas de los porrazos de sus padres y de la vida, sintiendo el látigo del dolor y la indiferencia. Siguen padeciendo el desmadre de un país que se pudre y que poco parece importarle la condición de vida de las personas. Ellos siguen recibiendo un castigo no pedido, obligados a mendigar, a rumiar su hambre, a cargar una carretilla con bloques, a arrastrar sus pies, ensuciar su cara y extender las manos vacías para que alguien que pase por ahí se conduela y les regale una moneda.

No conformes con esto, los van llevando por el camino de soluciones inmediatas y los conducen a la pornografía. Lo más grave es que en esta saga, los ya adultos y quienes padecieron este círculo son quienes repiten y repiten la historia. Niños indefensos abusados sexualmente por sus padres, tíos, vecinos o el enfermo mental al acecho para no dejar pasar la mínima oportunidad para volcarse sobre el cuerpo de una criatura inocente que sólo merece respeto, cuidado, amor y cosas bellas.

Antes que nada, aunque las mujeres y los hombres sean reacios ante la planificación, ya sea por desconocimiento, falta de interés o por la frase “Los niños son una bendición, si mi Dios me los mandó es porque vienen al mundo para ser grandes”, se debe pensar que sí son una bendición, mas no una cosa, un objeto para usar y arrojar a la sociedad para que delinca y sea un mal elemento.

“Que la inocencia de un niño nos nutra en el amor y no hacia el maltrato”.



*Escritora



licorcione@gmail.com

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