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Mea culpa

Por estos años el perdón se ha desplazado del nicho religioso y de las reglas de urbanidad al espacio de las responsabilidades colectivas de la política, la administración pública, las sentencias de los jueces.

No se sabe aún qué efectos tiene la obligación de pedir perdón sobre quien ofende y el ofendido. Si es un acto de naturaleza espontánea y que surge del convencimiento íntimo, al imponerse por el poder coercitivo es posible que altere su esencia.

Es de suponer que existe otro elemento fuera del perdón de las religiones que han acuñado ritos, públicos o privados, donde el miembro que viola la regla, el mandamiento, cumple una penitencia en señal de arrepentimiento y se reconcilia con su Dios, con su comunidad.

Muchas de las transgresiones de la ley moral tienen consecuencias que deben ser resueltas por la ley civil y su aparato juzgador. Aquí, más que el arrepentimiento importa la rehabilitación y compensar el daño causado.

El elemento al cual se alude consiste en la forzosa bilateralidad con voluntad que suponen los perdones políticos, judiciales, burocráticos. ¿Cómo expresa el ofendido, la víctima, su aceptación o el rechazo de ese perdón?

Ojalá esta moda de los perdones conduzca de verdad a un poco de equilibrio y paz a tantos corazones atormentados por ambiciones sin nombre y faltas sin castigo.

Moda o manía o manipulación, el pedir perdón a manera de sanción que se inflige alguien y así inhibir la competencia sancionadora correspondiente, crea problemas.

Ver tieso al rey de España, con la cara amoratada y sin corona, en lugar de transmitir humanidad generó desconcierto. ¿De manera que este símbolo de poder histórico pide perdón como un escolar que llega atrasado a la puerta de la escuela?

Quienes aprecian los desarrollos de la democracia reconocen en la añeja autoridad la valentía y el riesgo como enfrentó el rey a los soldados levantiscos durante la transición institucional.

Es curioso como un rito tan antiguo, el perdón, hace visible la debilidad de otra invención de origen divino, la monarquía. O quizá la necesidad de examinar esa sobrevivencia que de alguna manera muestra una huella de las idas y revueltas con que el ser humano se estrella y avanza y tropieza en su búsqueda incesante de felicidad, aún destruyendo, aún convencido de que la muerte borra lo que se quiere renovar.

Entre un linaje señalado por Dios, o el mando asumido por los santones, o la confianza en la suma de decisiones individuales que escogen a un igual para que gobierne, ¿alguien sabe qué es gobernar? Se bambolea la incertidumbre del ser humano por hallar modos de convivir. O ¿será imposible?

El regreso al perdón con el cual se inicia este Baúl es una buena muestra del extraño instante de la vida. De sus desamparos y sus escurridizas esperanzas. Cuando se recurre a procedimientos antiguos para sanar es posible que la imaginación pida un esfuerzo transformador. No parece sensato tirar a la basura los fracasos y los logros.

Las gentes quieren ser reconocidas como seres humanos, sin pasar por la pesadilla de convertirse en un insecto. ¿Será que lo monstruoso es la posibilidad de amor o rechazo del querido Samsa?

 

*Escritor

 

rburgosc@postofficecowboys.com

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