Quién sabe si el amplio, inmóvil residuo de lo que se ha regado como verdolaga en Colombia hasta acuñar una idea y un ejercicio que se acepta como poesía, constituya un elemento más de nuestro atraso.
Las taras que por siglos hacen de la vida social un permanente conflicto entre la modernidad y lo peor de las formas arcaicas, se erigen como obstáculo para la recepción de producciones culturales, artísticas, fundadas en la libertad, el riesgo, la apuesta por lo que aún no se sabe.
Así, fuera de la voluntad creativa de la “inmensa minoría” de poetas por acción y poetas por necesidad, lo que memorizan y repiten en ocasiones de solemnidad o de brebajes tristes o alegres, la inmensa población de barriadas y pueblos solitarios o sobrevivientes del abandono y el hastío, son versos sin sublevación revelatoria. Tengo el caballo en la puerta. ¿Quieres que hablemos? Teresa en espiral de ligereza. Madre no hay sino una. Todo nos llega tarde. Y la calavera habló. A dónde irán las golondrinas. Tu pestaña es una espina. Y brindo por ella.
Es probable que un desinterés en el cultivo del gusto, en una educación igual para todos, permita la sobrevivencia de una sensibilidad de mocos y que hasta ahora no logra fundar el amor por el otro. Para no ser tan ambiciosos, el respeto, la solidaridad, el interés o curiosidad que más allá de las convenciones nos pone a la orilla del misterio y nos atrae sin destruir. O la aventura inacabable de buscar en uno a todos o a Dios.
Habría que establecer si la postración de lo que se siente como poesía no habrá permitido que los colombianos recibamos sin humor, sin crítica, las imágenes con las cuales la autoridad pública, (tenemos autoridad particular: los señores y señoras vestidos de negro, con perros negros embozalados y armas, uno de estos aplicó la pena de muerte a un sobrino del presidente López Michelsen, los revisores del gas natural y consumos de agua, los ayudantes de construcciones que dirigen la movilidad) los ofrecedores de milagros, lo que llaman los políticos construyen los mensajes de inane pedagogía con que perpetúan la ilusión del mando.
Una reciente, avícola, propone al país y al sucesor en el gobierno tres huevitos. En diminutivo como corresponde a los patriarcas que lejos del resto de los humanos y su mundo todo, todo, lo ven chiquitito. Entonces: huevitos. Nadie se pregunta si de codorniz, de serpiente, de paloma, de gallina, de avestruz, de tortuga. No. Un gobernante, masculino, puso tres huevitos. ¿En cuál nido? ¿Son para empollar o para comer? No se sabe. Por lo pronto fueron regalados, sin pascuas ni navidad, al sucesor. A lo mejor al empollarlos se le rompieron.
La vida colombiana de hoy preferiría discutir sobre tesis, ideas, horizontes posibles de gobierno. Pero tenemos huevitos. En el lenguaje popular es sabido qué quiere decir huevitos en lo masculino. Hasta ahora no son ponedores. Luego la inferencia es tremenda y única en el mundo. A consultar a doña Leonor la de Kokorico, experta en gallineros.
Y no preguntar a Simón Chávez, que los llama cojones. ¡Qué exagerado!
*Escritor
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