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Minerales, ilegalidad y violencia

Según investigaciones recientes, publicadas por el Consorcio Internacional de Periodismo Investigativo en la prensa capitalina, Colombia, a los muchos problemas que tiene, agrega otro: un creciente contrabando de minerales valiosos, en particular tungsteno y coltán.

Estos minerales juegan un papel muy importante en las comunicaciones modernas, en la producción de microchips, y su explotación tiene lugar en las selvas profundas del Oriente colombiano.

Al leer el informe en el que se cuentan en forma minuciosa los distintos aspectos de esta producción y comercialización ilegal, no pude menos que pensar en lo terca que es la historia de las naciones, tan terca como la de los seres humanos. Y me hizo recordar aquello que solía repetir mi abuelo: “genio y figura hasta la sepultura”.

Desde los tiempos mismos de la conquista, los minerales fueron el alma de la economía colombiana, con brevísimos intervalos hasta el siglo XIX. El oro fue nuestro principal y casi único producto de exportación legal. Y también el más importante de la economía ilegal. Salía en cantidades enormes por las vías clandestinas

Creíamos haber superado tal dependencia gracias al auge de la exportación cafetera, pero poco a poco hemos ido regresando al predominio de los minerales. Primero con el Petróleo, y ahora con el carbón, y nuevamente con el crecimiento acelerado de la explotación de oro. Sólo nos faltaba saber que también en esas tierras en las que el Estado nunca ha podido ejercer su dominio, explotaríamos los llamados “minerales de conflicto”.

Tierras donde crecen como la hierba todas las formas de la ilegalidad: narcotraficantes, bandas criminales, grupos armados, etc. Y en las que muchedumbres de campesinos sin tierra acuden a trabajar por míseros salarios o son llevados a la fuerza y explotados de forma inmisericorde, tal y como sucedía en los tiempos de la Vorágine de José Eustasio Rivera.

Siempre he creído que contar la historia de nuestros tiempos coloniales sin colocar en su centro el predominio de la ilegalidad en todas sus formas es contar apenas una parte, y no siempre la más importante de su vida real. Además, no nos permite entender por qué somos una sociedad tan proclive a desafiar las leyes y tan enamorada de los caminos tramposos.

En el siglo XVIII y aún en vísperas de la Independencia, se contrabandeaba de todo: se traía toda clase de productos europeos de contrabando y se pagaba con el oro que se sacaba furtivamente. Y por lo visto esa tradición no se acabó en el siglo XX. Por el contrario, como nunca antes quizás, la economía ilegal dominó de muchas maneras la vida colombiana. Pensemos no más en el impacto del comercio ilegal de drogas.

El asunto ahora es que, al lado del tradicional comercio ilegal de productos manufacturados, procedentes de China y de otros lugares, se desarrolla de nuevo, con enorme vigor, la dependencia de nuestra economía de los minerales, y con ellos el crecimiento preocupante de una economía de la ilegalidad.

El imperio de nuestros viejos hábitos. Ni más ni menos.



*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.



alfonsomunera55@gmail.com

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