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Música gótica

En estos días recién pasados me encanta dejarme contagiar un ratito por la felicidad de los niños con sus disfraces, sus pedideras de dulce y la fiesta en general, que es muy colorida y alegre.

 Mi disfraz es el mismo desde hace muchos años: dientes de vampiro muy blancos y fluorescentes, con los que me di el gusto de asustar a la enfermera de turno de una unidad de cuidado intensivo donde yo respondía una interconsulta en la noche, un 30 ó 31 de octubre hace ya más de diez años. El susto fue tan grande que la joven, de un solo salto, pasó de estar a mi lado a parapetarse tras una auxiliar de enfermería que también se sobresaltó por el chillido de su jefe. Cada vez que me acuerdo de esta travesura me río: creo que ha sido la mejor broma de mi vida.

No me gusta, por el contrario, la fiesta de “Ángeles somos”, que muchos defienden con nostalgia: no me parece que los niños deban ser enseñados a pedir limosna, como rezan las coplas de juego: “Ángeles somos, del cielo venimos/ pidiendo limosna pa’nosotros mismos…” En cambio lo del jalowin es tan diferente, los niños se sienten empoderados con sus disfraces, la fantasía se estimula, la realidad se difumina en luces, máscaras y jolgorio…No importa que sea una fiesta pagana. Ni que sea “gringa”. Mejor. Ya tenemos suficientes y aburridas celebraciones religiosas vernáculas. Claro, que las disfruten quienes las gozan, eso no me concierne en absoluto. Es una cuestión simple de gustos.

Octubre estaba matizado por tres fenómenos: la insufrible “fiesta de la democracia”, los aguaceros y el propio jalowin. Como la primera “fiesta” me parecía muy aburrida y por momentos hasta inmoral, y el día estaba mejor como para quedarse uno en la casa, sin bañarse, sin afeitarse, oyendo música y escribiendo pendejadas, se me ocurrió poner la ópera “El castillo del príncipe Barbazul” que condensa en un solo acto, dos protagonistas (Judith, mezzosoprano y Barbazul, barítono) y poco menos de una hora, toda la belleza que el horror es capaz de hacernos sentir. La música sigue con minuciosa precisión la psicología de la trama, envolviéndonos en una sutil y vigorosa pavura cuya intensidad nunca disminuye, hasta que Judith abre la última puerta y Barbazul queda solo, en su castillo silencioso y oscuro donde las paredes se lamentan y sudan lágrimas, y el paisaje falaz que transitoriamente lo iluminó ya había deshecho sus nubes teñidas de sangre.

Pensé entonces que esa ópera sólo podía clasificarse como gótica. La narrativa gótica está más o menos definida: demonios, hombres-lobo, Drácula, Frankestein, Los cantos de Maldoror, etc., son algunos ejemplos conocidos. Me puse a pensar en sus equivalentes en música y recordé obras como el Orfeo de Monteverdi, donde el protagonista baja a los infiernos en busca de Euridice, pero esa música barroca temprana está más cerca de la felicidad que del miedo; las versiones musicales de Fausto: Gounod, Berlioz, Boito y Schumann, están llenas de melodías románticas, y aunque Berlioz alcanza a rozar por momentos el horror, no podrían calificarse como góticas.

Por último pensé en “Lulú” de Alban Berg, con su grito cuando Jack The Ripper la asesina, y en “El ángel de fuego” de Sergei Prokofiev, donde Madiel seduce a Renata en medio de una música realmente diabólica. Creo que sólo estas dos últimas composiciones pueden aspirar a compartir el calificativo de góticas, pero no superan en este sentido a la obra de Bartók. Barbazul: música gótica, indispensable para una noche de brujas.



*Médico y Escritor



mmo@costa.net.co



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Comentarios

Calva y sonrisa ¿de .... ?

Calva y sonrisa ¿de .... ?

Mario estaba sin tema....

Mario estaba sin tema....

Gracias Mario, en el universo

Gracias Mario, en el universo de la lectura encontramos a quienes les gusta la historia del texto, otros, es mi caso, gustan de cómo se cuenta esa historia. Encuentro una narrativa extraordinaria, en donde hay ternura infantil o juvenil, aporte semántico-sintáctico y musicalidad. La columna genial: nace, crece se reproduce y canta.