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Negligencia enmendada

No es tanto que la justicia cojeé sino que a palo la ponen a renguear. Don Sancho Jimeno, vecino de Cartagena, sede del Tribunal de la Inquisición para el Nuevo Reino de Granada y el Caribe, sabía del tema.

A los familiares del Santo Oficio los actos de heroísmo, como los de Don Sancho frente a los asaltantes corsarios de Bocachica en 1697, les tenían sin cuidado. En su saña, pasaban méritos por alto cuando presentían la mínima deviación de la ortodoxia.
Para la Academia Sueca del premio Nobel y para unas cohortes de intelectuales, con frecuencia en la paga de la internacional socialista, Mario Vargas Llosa era un hereje. Defensor invaluable de la libertad y de la democracia se atrevió a cambiar de rumbo. Simpatizó en sus mocedades con la revolución castrista, pero abjuró tan pronto se percató de su carácter represor de disidencias e instigador de revueltas en casa ajena. Intuyó mejor y antes que muchos el hervor trágico del culto a la violencia como gestor de cambio para América Latina. Había que cerrarle el paso.
Sobre los méritos literarios de Vargas Llosa nunca cupieron dudas. Eran sobresalientes desde La casa verde y Conversación en La Catedral. Son los de un hombre enamorado de la escritura como palestra contra todos los fanatismos, que ha contribuido a expandir el seductor paisaje de la lengua castellana. Y de la narrativa latinoamericana, tan dada a lo parroquial y autobiográfico. Aprendió de los maestros y ha dicho cómo. Sobre el arte de narrar, y esconder al narrador mientras se desnudan las almas sin perderse en tentadoras filigranas del idioma, hay que referirse a su monografía maestra sobre Gustavo Flaubert.
Quizá Vargas Llosa no ha compuesto la novela cumbre. No ha producido Rojo y Negro, Los Miserables, La Montaña Mágica, o si se desea admirar más cerca de casa, tampoco Cien años de soledad. En cambio, todo lo que ha garrapateado (las suyas son novelas a mano) es parejo y sin altibajos, desde la comiquísima Pantaleón y las visitadoras hasta la monumental Fiesta del Chivo, triunfo del espíritu sobre las fuerzas del caos. Además, no ha chicaneado con su talento. Mientras ha tenido fuerzas ha continuado, y continúa, explorando horizontes y deleitando al lector sin holgazanería.
Durante veinte años el comité del Nobel transitó por el reparto geográfico milimétrico, como si el talento se distribuyera por parcelas territoriales. Y aún más frustrante, encumbró pequeñeces, algunas de ellas empolvadas y perdidas en anaqueles olvidados. No habría nada que objetar de Günter Grass u Orham Parmuk, pero ni Darío Fo, ni la baratera Toni Morrison, ni Derek Walcott tendrían porque estar al lado de Steinbeck y Neruda. Mario Vargas Llosa en cambio, y desde hace rato, pertenece a la pléyade de los rutilantes. Con frecuencia Estocolmo estuvo más pendiente de exhibir marionetas de sus querencias de izquierda que de premiar el talento.
Suecia cambió. Una eternidad de socialdemócratas anquilosados ha sido doblegada por el triunfo, por segunda vez consecutiva, de otras tendencias, más cercanas a Vargas Llosa. Hasta académicos de frac aprenden a olfatear el céfiro para ampliar su abanico de gigantes literarios. Dulcificada la píldora se ha enmendado una negligencia. En buena hora.

rsegovia@axesat.com

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