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Ni caricatura falaz ni retrato cruel

En el año de 1989, siendo ministro de la Política Carlos Lemos, el Gobierno prefirió hundir la reforma constitucional que se debatía porque el presidente de la Cámara de entonces había prohijado la inclusión de un “mico” que tranquilizaba a los extraditables.

El país aplaudió el gesto y la Administración Barco repuntó ante la opinión pública y propuso la convocatoria de una Asamblea Constitucional.

Pero con este bodrio de la reforma judicial, ni Santos ni Vargas Lleras previeron que su terco empeño por cambiar un modelo que lo que necesita es más eficiencia de sus servidores, terminaría en esta crisis sin antecedentes en un siglo de vida política. Hoy todo es confusión y caos, y las cien mil viviendas gratis no alcanzarán a limpiarles, con ningún detergente de los tantos que fabrica el oportunismo, la mancha de este fracaso que mereció el repudio del país.

Nada más tardío e inútil que la arremetida del presidente contra los disparates de la conciliación. Las troneras venían de atrás con los sobornos embutidos en el proyecto para que Congreso y Cortes no obstruyeran su trámite, y aunque crea que haberlo frenado en seco después de caído el rayo le producirá dividendos para su reelección, los colombianos sabemos que él es el gran responsable de lo sucedido por su silencio y sus tumbos a lo largo de dos legislaturas.

Desde antes de los últimos actos de pornografía política había, pues, disposiciones colgadas en el texto que nos obligaron a preguntarnos qué nuevo proceso Ocho Mil, qué nueva parapolítica o qué nuevo reparto de bienes de la DNE preparaban los congresistas con el anticódigo penal que expidieron luego de rasparse, con desfachatez y cinismo, los impedimentos para votarlo sin estorbos. Y Juan Manuel, mudo.

No se daba por enterado Santos de que sus ministros del Interior y Justicia, en gancho con el Congreso, desdeñaban la importancia política y social de una Constitución que se elaboró como fuente legítima de derechos y libertades y no como abono de conductas disolutas que rompen el orden de convivencia de una sociedad traumatizada por las contradictorias pretensiones de su oligarquía. En tiempo extra comprendió el presidente que su “gloriosa” reforma ofendía la dignidad nacional y quebrantaba el concepto de que los actos del constituyente sólo son históricos cuando tienen un significado político y un valor jurídico que garantice la estabilidad democrática.

Pero para el doctor Santos parece que la razón apenas se manifiesta como actitud dialéctica y nunca como elemento de convicción. De ahí que le haya importado una viruta la pésima calidad de una reforma que no convencía, pero que vencía el celo con que la Constituyente de 1991 quiso revivir la probidad en el ejercicio de los poderes del Estado. Santos es más selectivo en la estrategia que en el pensamiento, y sabe cuándo aflojar frente a esa moral aguada que todo lo muestra lícito mientras se guarden las formas.

Mitterrand dijo en su libro “El grano y la paja” que De Gaulle fue más notable por lo que era que por lo que hacía. Santos cree que lo será más por lo que hace que por lo que es. Ni caricatura falaz ni retrato cruel. Para que lo supiéramos fue indispensable su reforma judicial.



Columnista



carvibus@yahoo.es

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