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No es culpa de brasilera

Una imperceptible transformación de la vida tiene que ver con la manera que recibimos la pésima noticia de la muerte de alguien.

La infancia y la juventud saben de la muerte como un acontecimiento inexplicable cuyo absurdo se amplía al ver a los mayores con un dolor y pesar todavía desconocidos para quienes tanteamos los primeros años de vida.

Recuerdo cuando mi vida era el infinito del mar con pescadores de róbalo en las playas de El Cabrero y las canciones de amor que arrastraba el viento del atardecer de la muchacha que ayudaba en casa, el desfile de silencio triste de las cajitas blancas, llevadas en alto por manos amigas con un niño muerto. Mi madre me enseñó que era un ángel más, camino al cielo de Galileo y de Armstrong. Iban livianas por el aleteo de los niños escogidos para no padecer la tierra.

Las otras cajas, ataúdes, iban abajo, con esfuerzo, como si los amores y los odios hicieran más pesado el cuerpo ahora indiferente. Parecían asuntos de mayores aunque fuera la abuela o el tío mayor.

Los años hacen sustituciones. Advertimos cierta preferencia de la muerte por los cercanos en edad. Y aquí cambia el sentimiento.

En estos días en un hospital de frontera, Manaos, murió Gustavo Zalamea.

La vida contemporánea excluye los diálogos, y la persona enfrentada a la palabra, construye como puede al amigo o al aliado o al prescindible. Ejercicio de desnudez para el aprendizaje de la caricia, que no es de maricas y de putas como se cree. Así se ha empobrecido el conocimiento de vínculos humanos.

En la quinta vivienda de la vida en la meseta con Doradeyanira Bernal pusimos fantasmas en las paredes. Un cuadro de Gonzalo Zúñiga. Dos de Rómulo Bustos. Otro de Gustavo Zalamea. Han estado allí por tiempos fieles aprobando o haciendo reproches a los amigos, aplaudiendo la música y burlándose de la virgen negra y del ícono viajero que tranquilizan a las amigas Alicia y Gabriela por su virtud protectora. En este inventario descubro que alguien se llevó el bello collage de una funámbula de las estrellas que nos regaló Santiago Mutis, mi poeta. Y vuelvo a refunfuñar porque Dora, en ejercicio de la pedagogía democrática que seduce a los profesores de la Universidad Nacional, le entregó al carpintero del barrio una de las dos tintas que hizo José Viñals en su vida, para probar el buen gusto de los artesanos enmarcando. Pero lo vendió y bebió cerveza y aguardiente por un mes.

Convivir con lo que alguien más es, genera intimidad. Días y noches saludamos una de esas ballenas del mar en la plaza que nos dio un aplicado impresor y que establecían un hilo con aquello que cada quien trae. De manera sigilosa, no obvia, estaba el abuelo de Gustavo, don Jorge Zalamea y su Gran Burundún. Una sombra de cúpulas y torres de campanas alude a la plaza de Bolívar, zona infaltable en nuestras repúblicas, y un mar oscuro sumerge estatuas y palomas contra un horizonte ocre. Y el signo del tiempo: alterar el límite del rectángulo. Mientras se le escapaba la vida al artista junto al río de Orellana el mar se derramaba en el piso de casa.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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Róbalos y El Cabrero o El

Róbalos y El Cabrero o El Cabrero de los róbalos. A ellos, Cabrero y róbalos, debería tocar también esta interesante elegía. Todos murieron y en su momento nadie dijo nada.