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Nostalgia del Marcel

Ahora que la Cartagena de mostrar está llena de restaurantes, y los restaurantes llenos de turistas y nativos, y los turistas y nativos llenos de comidas, vinos y postres, a muchos cartageneros se nos agita la nostalgia por lo que fue y representó para la ciudad el restaurante Marcel, cuyo dueño, el señor Venckeleer Van Den Eynde, arribará en pocos días a la cima de los noventa años.

Al entrar en el Marcel por el largo zaguán de su sede, llegaba uno con la sensación de que un pedacito del Paris de los manjares nos esperaba, y se nos crecía cuando leíamos la selecta carta caligrafiada con pericia de dibujante por el mismo Marcel.

Decir Marcel era decir un paté para dioses, un lenguado suculento, un pato de maravilla, un lomo vuelta y vuelta del otro mundo. Todo lo que del mar y la tierra salía  hacia la boca de los fieles comensales, que contestaban a lista a pesar de la hostilidad de los alcaldes que prohibían aparcar en la Plaza de Bolívar y en la calle ancha de la Inquisición. Los meseros parecían haber estado todo el tiempo allí, escoltados por la austera pero elegante decoración, y dedicados a servir con solicitud los aperitivos y el menú con los complementos del rito.

El Bebé Martelo dijo alguna vez que así como el edificio Mascota de Bucareli podía hallarse en Buenos Aires, y el museo Geológico de la Alameda de Santa María en Praga, el restaurante Marcel tenía la característica de naturalizar la urbe que se abría con deleite a los placeres de la gastronomía internacional, al mismo nivel del ya desfalleciente Capilla del Mar, de Pierre Daguet, y del Salinas de Bogotá, de Fernando Pajares.

De la trayectoria de Marcel hay, en su computadora, un tesoro que no se ha publicado, creo yo, por su modestia incorregible: sus recetas de cocina, todas con recomendaciones que no escatiman detalles, y con la virtud adicional de que su autor redacta tan bien en castellano como si hubiera nacido en cualquier país iberoamericano, proeza de la lectura consciente, que reemplaza con buena pupila y mejor memoria las reglas de la gramática esencial y los manuales de ortografía.

No era corriente entender cómo un hombre sin inclinaciones políticas notorias como Marcel pudo haber sido militante del movimiento verticalista de León Degrelle, el fundador de la Legión Valona, uno de los refuerzos militares del nacionalsocialismo alemán. Pero así fue, y padeció el desastre de la invasión a Rusia a los veinte años de su edad, durante la semana en que él y sus compañeros estuvieron al abrigo del viento y de la nieve, hasta perder casi –los que no murieron– sus piernas y sus brazos por el intenso frío de la estación.

Sus invitados frecuentes supimos todo esto porque una tarde Marcel convidó a García Márquez y a Henrique de la Vega –vecinos de mesa– a tomar un Amaretto con nosotros, en medio de una acalorada discusión política en la que el único que no opinaba era Marcel. García Márquez era socialista aún. Le faltaban varios años para ser pastranista y uribista, y nos pidió que escucháramos el punto de vista del anfitrión. Se arrepintió de su pedido porque Marcel respondió: “No puedo darlo por dos motivos. Primero, porque soy extranjero. Segundo, porque estoy a la derecha del nazismo”.

El Amaretto evitó la Tercera Guerra Mundial.

*Columnista

carvibus@yahho.es

 

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