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Partidos sin candidatos y viceversa

Toda democracia requiere partidos políticos fuertes, que aglutinen de manera formal a las diferentes vertientes ideológicas y que representen a los sectores involucrados en la permanencia o transformación de los organismos de poder.

El desgaste profundo de los partidos tradicionales en Colombia, consecuencia de las frustraciones colectivas que han generado desde el gobierno y desde la oposición; sus nexos con hechos sucesivos de corrupción; y las alianzas sutiles o directas con la ilegalidad y la violencia, entre otras, conllevaron al deterioro de su imagen y a la pérdida de confianza en lo que representan.

El hastío al que llegó la nación motivó  desde hace varios años en numerosas regiones la búsqueda de alternativas políticas, en las que prevalece la distancia con los partidos. Es una manera de reivindicar compromisos de responsabilidad, transparencia, honestidad y defensa de lo público, que ya no representan tales organizaciones.

Los movimientos ciudadanos cobraron entonces gran auge y fueron elegidos alcaldes, gobernadores, congresistas, diputados y concejales, algunos atados al cordón umbilical de los partidos pero remozados con aires de independencia.

A pesar de los esfuerzos del Estado por revitalizar los partidos, a costa inclusive de “castigar” iniciativas de organización ciudadana, los propios políticos, conscientes del  desprestigio de sus organizaciones, siguen activos en ellas cuando les garantizan sus propósitos e intereses, pero las niegan o esconden cuando buscan el favor popular.

Ello explica por qué algunos partidos políticos con presencia nacional fuerte no tienen candidatos propios a alcaldías ni gobernaciones, mientras sus dirigentes o militantes buscan afanosamente avalar sus aspiraciones mediante la recolección de firmas, pretendiendo camuflar su origen.

Paradójicamente, en la otra cara de la moneda, hay candidaturas serias y bien intencionadas, surgidas de iniciativas ciudadanas, que se debaten en la encrucijada de asumir las dificultades logísticas y económicas de inscribirse por firmas (no solo por su recolección, sino por las pólizas millonarias a que obliga tal mecanismo), o lograr el aval de un partido al cual no pertenecen.

La política, tan mágica como nuestra realidad garciamarquiana, nos llevará muy probablemente a tener también en Cartagena a reconocidos (as) dirigentes políticos de antaño convertidos en candidatos “cívicos”, por obra y gracia de las firmas, que como el vaso de agua, no se le niega a nadie, y a líderes cívicos comprometidos tradicionalmente en causas sociales sin militancia conocida, ungidos con el aval de un partido político.

Corresponde entonces comprender la nueva dimensión de la mecánica electoral, para que el ciudadano común y corriente no se confunda, e identifique más que a partidos, cuál es el verdadero origen y compromisos de los candidatos y candidatas que buscan su voto.

Son imperfecciones de nuestra democracia que es preferible afrontar, antes que desistir al legítimo derecho de elegir y ser elegidos. Si algo positivo tiene esta fórmula compleja de legitimar candidaturas, es la posibilidad de rescatar el valor y la esencia de las personas por encima de los trapos de colores a los que quedaron reducidos los partidos.

*Trabajador Social y Periodista, docente universitario, asesor en comunicaciones.

germandanilo@hotmail.com

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