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Persistencias de la necedad

La vida colombiana requiere casi siempre de precisiones. Parecería que los cultos a la gramática y a la teología no dejaran un saldo que permitiera entendernos con la exactitud que requieren el amor y el odio. 



El presente y el deseo de hacer futuro. Ese futuro todavía esquivo por cuanto no somos capaces de arreglar cuentas con un pasado ante el cual nos hacemos los locos, como susurraba don Rubén Moré Vélez cuando hacía anotaciones después de agotar el sol de acetileno en las callejas de la ciudad amada.

La exigencia de claridad precisa me lleva a escribir que no conozco al doctor Remberto Burgos. Conocer es una expresión amplia porque muchos conocemos a alguien que no hemos tratado de manera personal. Así ocurre: cuando mi amigo Eligio Gabriel García Márquez se enfrentó al mal que lo llevó a los cielos, el primer diagnóstico sin concesiones a la esperanza lo hizo el doctor Remberto a quien, por afecto, es seguro que sus paisanos del viejo Bolívar llamen Rembertico. No es confianza, es un homenaje al padre.

Varias noches de hospital hablé con mi profesor, el ingeniero de catapilas y sueños, Jaime García Márquez, de esa probidad científica que es capaz de apostar a una verdad por dolorosa que sea. Buceador de realidades don Remberto.

Sucede que esta rueda imparable que es la vida me deja saber de un tema que escapa a su sapiencia médica y lo enfrenta, como en una película de Bergman, a las miserias y maravillas de la vida en sociedad.

La esposa de Remberto Burgos fue atropellada por uno de los aparatosos automóviles de la Embajada de los Estados Unidos de América, en Colombia. Digo aparatoso porque la querida América del Norte, la de Alexis de Tocqueville, o el querido Chateaubriand, se ha convertido en un tanque de guerra mundial. Espacio donde los senadores son pillados en los baños públicos acompañados por un amigo que los chupa o los penetra, o es penetrado. Espacio de egoísmo que olvidó a sus poetas y novelistas y los músicos de jazz y los directores de cine, y el drama sin meditación de la Monroe, la pobre y adorable bella a quien Capote adoró sin poderla poseer.

Algo sé de los Burgos de las sabanas de Córdoba. Mi padre nació en Santa Cruz de Lorica donde el general Lugo escondía las armas para tener apoyo ante los armisticios incumplidos. Y me encanta la travesura del Burgos Rubio que encima de las piedras de la esclavitud instauró un homenaje a la bandera de la República.

La mayoría de los Burgos son conservadores. Lo aprendí cuando en compañía del director de cine, Lisandro Duque, debimos atender temas universitarios en la época en que la educación importaba. Una conversación aleccionadora con ese intelectual, Rafael Naranjo Villegas, Stalin de Misael Pastrana, me planteó un enigma: ¿Cómo hace Usted, Burgos, con ese apellido para ser revolucionario?

Ahora deploro que la esposa de Remberto Burgos, casi muerta por el accidente, no haya recibido ni unas excusas, ni unas flores. Todo por un tecnicismo que nuestros juristas de guanábana hayan sido incapaces de resolver.

Otra vez, lo contará Villalba Bustillo, llegarán las flotas de guerra italiana, y la armada francesa, a amenazarnos con sus cañones.

¿Qué pasa compadre?

*Escritor

rburgosc@etb.net.co

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