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Previsible

Creo que a nadie le extrañó la alta abstención de los votantes en las elecciones para elegir al gobernador del Departamento. Sus funciones abarcarán un período tan corto -un poco más de 12 meses- que la gente sigue preguntándose si valió la pena un gasto público tan grande.

La ausencia de entusiasmo fue casi total, más evidente en la ciudad que en el mundo rural. La votación general fue de un poco más del 10 por ciento, mientras que la de Cartagena si acaso superó el 7 por ciento. Es decir que en el Departamento dejaron de votar casi el 90 por ciento y en la capital cerca del 93 por ciento.
Uno puede interpretar estos resultados de muchas maneras, desde las más obvias hasta las más sutiles. A mí, sin embargo, me interesa poner el acento en una de ellas, de la que curiosamente casi no se habla: la indiferencia de los ciudadanos, particularmente de los más prósperos, hacia un departamento colmado de toda clase de desgracias, de pobreza infinita y de corrupción extrema.
A nadie parece interesarle la suerte de este viejo y extenso territorio, y mucho menos a los cartageneros. Por una extraña involución, quizás asociada a la nueva mitología urbana que nos hace creer que Cartagena es un gran centro del mundo, la ciudad parece distanciarse cada vez más de los destinos de los municipios y corregimientos que la rodean, y a los que les mal sirve de capital. Sus habitantes no se han puesto a pensar que su futuro está de muchas maneras ligado al de las gentes que viven en sus alrededores, hasta el punto de que su crecimiento desbordado y sin control tiene mucho que ver con las condiciones de pobreza y de violencia de sus vecinos.
El Departamento respira tragedia por sus cuatro costados. Y no de ahora, sino de hace décadas. La ausencia de condiciones mínimas para una vida decente y la violencia llevada a sus extremos más bárbaros han propiciado el éxodo masivo, hasta el punto que familias enteras, pueblos enteros, se refugiaron en los barrios más pobres de las ciudades de la costa Caribe.
Cada vez se produce menos en los pueblos costeros. La producción agrícola de alimentos en los Montes de María, por ejemplo, ha descendido de forma dramática en el término de 10 años y sus municipios son casi todos incapaces de generar ingresos propios más allá del 5 por ciento de lo que requieren para sus gastos. Si esto pasa en esta zona, hacía el sur y el norte la situación no es menos grave. Añádase a las anteriores circunstancias, las consecuencias horrorosas del invierno con su secuela de inundaciones y entonces el cuadro es sencillamente dantesco.
Tantos años de adversidad y de marginalidad están actuando en el sentido contrario de propiciar ciudadanía. En la mayoría de los pueblos del Departamento se ha acabado hasta la apariencia de ejercicio ciudadano, hasta el punto que es sabido que en número cada vez mayor la gente no vota si no hay una recompensa monetaria inmediata. La retórica del bien común y la que predica beneficios individuales por el ejercicio de sus derechos parecen letra muerta.
El resultado electoral era pues previsible. Sólo queda ahora esperar que esas fuerzas que trabajan a diario en sentido contrario para propiciar una toma de conciencia fructifiquen para bien de los habitantes del Departamento, incluido los cartageneros.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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