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Así, la época que encontraba mi pan comer en labores jurídicas, terminadas las jornadas, corría al refugio donde la escritura salvaba cada uno de mis días.
Si bien la lectura de los escritores mayores mostraba un paisaje de rutinas aplicadas: los salones nocturnos por los cuales revoloteaba Proust y extraía sustancias para su inmensa novela; el retiro en la granja con sus caballos de Faulkner; las caminadas de Joyce a la librería y a dictar sus clases; el ritual que me seducía era el del personaje de Cien años de soledad, que se encierra a interpretar pergaminos. O fabricar pescaditos.
Esos estados de conexión permanente con uno mismo, indagando el infinito interior del ser humano, no sé en cuál momento se interrumpieron. Como si un Dios envidioso de la bella inutilidad del oficio de escribir no hubiera soportado más los celos. A lo mejor le resultaba insoportable que unas mujeres y hombres se dedicaran a escribir historias que después se reproducían como cartas sin dirección y de las cuales no se espera respuesta. Esa indiferencia ante las cartas no respondidas, lejos de ser una conducta de reprochable orgullo, es la señal de que las novelas y los cuentos y los poemas una vez lanzados al mar de su época ya no pertenecen a nadie. Su designio se cumple con su escritura. Y esa escritura se vuelve parte de los bienes espirituales de una lengua, de una comunidad.
Son muchos los pretextos, la mayoría nobles, que obligan al escritor a abandonar su mesa de escritura, de ocio, de alegrías y desfallecimientos, de hallazgos y vergüenzas. Y debe existir algo digno de meditación cuando integrantes de una sociedad quieren escuchar a los escritores de literatura más allá de lo que mejor hacen: escribir. Entonces a la posibilidad de leer se le agrega la necesidad de hablar. Y es probable que los anfitriones de estas ocasiones hayan percibido que el texto literario tiene una sustancia de libertad que cuando no está se frustra la historia, ingresa al inventario de los descalabros. Esa libertad quizá sea el fundamento de la curiosidad o el interés por oír. Como si los escritores no hicieran otra cosa que buscar la quinta pata del gato.
Todas las veces en que debo participar en las modestas vanidades del mundo de los bienes culturales me hago igual pregunta: ¿qué puedo sumar a lo ya escrito? Y recuerdo la respuesta de Alejo Durán cuando viajaba para Valledupar y le pregunta una ventera: y ¿qué va a hacer en el festival? Él responde: ¡a exhibirme!
Esa condición ambigua del vocablo de acepción universal, mostrar, arrastra en el Caribe el significado de ponerse en ridículo. Este último fue usado con cruel eficacia por las muchachas para poner distancia con los pretendientes osados. Decían: ¡quedaste exhibido! Allí vamos, cada quien con su canción.


*Escritor


rburgosc@postofficecowboys.com
 

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