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Reflexiones de un temeroso

Nunca he creído en las predicciones que anuncian el fin del mundo, ni siquiera las que incluye el Apocalipsis.

Siempre me parecieron especulaciones de un conciliábulo que inventó cataclismos para atemorizar y someter a quienes se resignaron a no traspasar el límite de lo que se les trasmitía. Quizás mi apatía hacia el fatalismo proviene de haberme enseñado mis padres a desconfiar de las hechiceras que leían las cartas para desenterrar secretos y de los gitanos que, durante mi infancia, todavía instalaban carpas en los prados del  parque del pueblo, a las que entraban quienes creían en su habilidad para anticiparse al porvenir y espantar las desgracias.

Por eso, a pesar de la desolación y la ruina que hemos presenciado durante el último año, continúo creyendo que la destrucción de edificaciones, la caída de puentes y el anegamiento de potreros y poblaciones no son ensañamientos del demonio, ni afanes de la divinidad para alertarnos sobre la proximidad del juicio que se hará al final de los tiempos para redimir a los que nunca gozaron de privilegios y sancionar a quienes disfrutaron sin merecimientos.

Entiendo, siguiendo las explicaciones de los científicos, que son consecuencia del reacomodo de las placas tectónicas luego de un choque entre ellas. También admito que estos fenómenos de la naturaleza que ocurrieron y continuarán ocurriendo mientras la tierra exista y que solo se convierten en catástrofe cuando la sacudida del suelo o el embate de una ola tras el hundimiento del fondo del mar ocurren en las proximidades de las zonas habitadas por el hombre.

Pero la firmeza de mis convicciones no ha bastado para disipar el miedo y la incertidumbre que me provocan las radiaciones nucleares, estas sí con capacidad no sólo para destruir, inutilizar o alterar el funcionamiento de objetos y seres vivientes, sino para contaminar, por periodos largos, extensiones en  las que no podrían asentarse los humanos, ni siquiera usando las escafandras, porque, como lo enseñaron las imágenes de los noticieros de televisión que mostraron desfallecer a los voluntarios que acudieron a controlar las fugas de los reactores, su protección está por confirmar.

Ya el mundo ha sido testigo de la destrucción y la devastación que ocasiona la energía nuclear, no sólo cuando se padecieron los martirios derivados de su uso como arma a finales de la segunda guerra mundial, sino de la surgida de los errores que se cometieron en el manejo de las plantas de Three Mile Island y Chernobyl, poniendo en evidencia que ante un mínimo error no disponíamos de los elementos para controlar al monstruo que nos desbordaba. No obstante, con la complicidad de los científicos, se instalaron más plantas de energía nuclear, predicando su seguridad.

Ahora lo sucedido en Fukushima prende otra vez las alarmas. No fue un descuido lo que generó la emergencia, sino la naturaleza, descubriéndose, para aumentar la zozobra, que ni las autoridades han revelado la magnitud del desastre, ni el operador avisó de las deficiencias de un reactor. 

Tal vez estamos aprendiendo otro dogma: el de la falibilidad de la energía nuclear. Entonces, ¿de qué valen la ecuanimidad y el recato si ni los conjuros de hechiceras ni los clamores de los sacerdotes nos salvarán?

*Abogado y profesor universitario.

noelatierra@hotmail.com

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