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Resurrecciones

Lo dicho: el poeta José Viñals al morir no había hecho testamento. Esa curiosa extensión de la voluntad más allá de la vida. Ese reparto de gratitudes y cobros por minúsculas mezquindades. Ese regalo de bienes materiales y la liviana retribución con obligaciones de fe para equilibrar el defecto de las acciones en la tierra.
El poeta no hizo testamento porque no tenía necesidad. Alguna vez tuvo una bicicleta verde. Una pintura de Antonio Berni. Otra de Pedro Pont-Vergés. Un grabado de Roda.
Lo dicho: los poetas leen, se la pasan leyendo para acercarse a las fuentes de sus venenos, conocer sus compinches de alquimias. Así hacen bibliotecas seductoras, espléndidas.
Pero Viñals, tocado por miel de avispa, tenía la inquietud gitana. En cada mudanza se desprendía de su biblioteca. Yo me quedé con Miloz, el lituano, con Mallarmé, con un diccionario Vox que nunca falla y al cual le falta la letra “e”. Me dejó un carboncillo de su mano que nos acompañó en la pared hasta que un carpintero enamorado se lo robó para siempre.
Lo dicho: llevó a sus errancias un caballo que heredó de su padre. Un día compartió sala de hospital con un mago. Ambos con cirugías delicadas. Cuando le dieron de alta el mago le regaló una capa verde y un sombrero morado. Lo vieron salir del quirófano cabalgando con su capa que le ajustaba y el sombrero ladeado. Quienes lo conocemos estuvimos seguros de que al fin tomaría un tejido de su tapicera predilecta y con sus artes invocaría a la funámbula de hilos de luna y levantaría un circo a la orilla del mar.
Lo dicho: la poesía es un lento, indetenible despojo. Y esa desnudez metálica de las palabras la buscó el poeta Viñals también en su vida.
Se desprendía de lo superfluo.
Una vez me dijo con sus admoniciones encantadoras: ¿para qué quieres ir a Cartagena de Indias, si ya la tienes incrustada en el alma?
Lo dicho: después de muerto y sepultado, mi educado amigo, el que siempre tensionó la cuerda entre la bastardía y la exquisitez de los ritos, se despide. Aparece un libro póstumo, Pan. Allí en clave de libertad el poeta contrabandea sus sombras chinescas. Reitera sus tercas fidelidades. Abraza a Gamoneda y deja a un lado a mi querido Valente. Convoca a Beltrán, el amigo de Rojas Herazo, y a Mestre y a Riechmann. Palabras destiladas ¿o añejadas? para inexploradas visiones.
Apretado compendio de una rebelión, marcas fecundas en esa marcha por el bosque del lenguaje y los pequeños claros sin templo del espíritu.
Ahora querido amigo además de comer el pan sabremos hablar con los muertos. Lo diré otra vez contigo: soy un perpetuo extraviado.
Lo dicho.


*Escritor


rburgosc@etb.net.co
 

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