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Sanchecerro

En Colombia los pocos que recordamos a Sánchez Cerro lo hacemos porque siendo él Presidente de Perú, en 1932 un grupo de civiles peruanos decidieron adueñarse de Leticia que, según el Tratado “Salomón-Lozano” (1922), formaba parte del territorio nacional. Ese incidente inició un conflicto armado entre las dos naciones. Nunca habían estado los colombianos tan poseídos de fervor patriótico como en esa ocasión. Manifestaciones populares se dieron en todo el territorio nacional. El Presidente de Colombia, Enrique Olaya Herrera, procedió con mesura, pero con el rigor necesario. Hubo algunos combates en el sur del país. La nación entera se volcó en calles y plazas y, con sus donaciones espontáneas, ayudó a la formación de nuestras fuerzas armadas. Así se inició la financiación del Ejército, de la  Armada y la  Fuerza Aérea.
Cuando tanto colombianos como peruanos sentían la inminencia de una guerra formal, surgió la solución diplomática a través de un tratado que se llamó el “Protocolo de Río de Janeiro”, firmado en la ciudad brasileña en 1934. Los países litigantes, con el apoyo de otras naciones americanas, regresaron a lo que se había pactado en el tratado “Salomón-Lozano”. Leticia es y sigue siendo parte  del territorio colombiano.
En estos arrebatos patrioteros cada quien actúa a su manera. En los Estados Unidos después de la Guerra de la Independencia y al finalizar la de la Secesión, a muchos niños los bautizaron George Washington y Abraham Lincoln. Entre nosotros abundan los  Bolívares y Santanderes. Pero a veces se da la reacción inversa, que consiste en llamar a los animales con los nombres que no queremos para nuestros hijos. Los pobres perros, tan leales al hombre, suelen ser llamados Nerón, Caín, Barrabás o Judas. Por los años treinta del siglo pasado avisaron a mi papá que en la nave “Montería” le había llegado un cerdo; era un obsequio de Don Julio Salleg. Estaba entonces en su apogeo el conflicto con el Perú, por lo que uno de mis hermanos le puso por nombre “Sanchecerro”, en “honor” del mandatario peruano. En el patio de nuestra casa creció “Sanchecerro”, que fue muy popular en el vecindario. Atendía cuando se le llamaba por su nombre. De la casa de Enrique Grau llegaba la queja: “Sanchecerro tumbó un atril”;  los Visbal decían: “Sanchecerro se lo come todo”. A mis ocho años yo cabalgaba felizmente a lomos del chancho. Pero desconocía aquello de que “a todo puerco gordo le llega su San Martín”. Cualquier día se llevaron a Sanche dizque para una finca y nunca regresó. Mucho tiempo después supe que unas torrejas de pernil que me comí, eran parte de Sanchecerro; al saberlo me sentí como un caníbal.


*Asesor Portuario


fhurtado@sprc.com.co
 

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