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Se acabó el silencio

Se acabó el silencio

No todo es silencio en el silencio. Nadie puede negar la elocuencia de un bembeo. Hay silencios más escandalosos que un picó. Y tantos silencios se esconden tras ensordecedoras bullarangas.

En una cultura tan dicharachera como la nuestra, tan importante como escuchar lo que decimos es observar lo que callamos, y lo que expresamos con los signos disponibles cuando la palabra te falta. Observarlo, nombrarlo, someterlo a debate. Porque el problema de los silencios es que se prestan para que unos pocos se tomen, junto con la palabra, los derechos de los demás.

Como nativa errante, he aprendido a reconocer esa elocuencia del silencio en Cartagena, en la batalla por ejercer ciudadanías plenas. En cada retorno he visto crecer la resistencia en las cabezas erguidas y las expresiones estéticas de hombres y mujeres que antes miraban hacia el suelo. He visto, por ejemplo, batallones de artistas y jóvenes deambulando por las plazas del Centro, de noche, entre turistas, con o sin dinero. Y hablo del Centro no porque sea la única Cartagena que hay que pelearse, si no porque en una ciudad centralizada, hegemónica, vendida sin reparo al interés de hoteleros y multinacionales, cada milímetro que cedamos cuenta.

En las últimas semanas he visto como se lleva esa batalla a la palabra. Ya no al discurso académico, donde las trampas de la exclusión se discuten hace décadas. Ni a la Ley, para muchos tan ajena. Tampoco a la prensa, aunque el debate de los columnistas ha estado como para agarrar palco. A la palabra realmente pública, la del corrillo y el rumor.

Si tuviera que buscar el detonador, diría que fue la entrada de las clases populares al discurso oficial, la declaración pública de un bicentenario que reivindica la participación en la creación de esta ciudad de mulatos y negros (aunque le faltan indígenas, mujeres y otros géneros). Por supuesto, el nerviosismo no se ha hecho esperar: ataques contra la acción afirmativa, hijitos de papi sacando las armas de nuevo, intelectuales preocupados por el “nuevo mito” de una ciudad hecha por todos sus miembros.

Por fin los grandes silencios de la nación independiente se están volviendo vox populi, se ventilan, aunque sea por vía de las telenovelas o el facebook en los colegios (no podíamos esperar más a los libros de texto), y resuenan las otras voces desde los guiones de los museos.

Los que se incomodan saben que lo que está en juego es el acceso masivo y el uso práctico del conocimiento, no las fechas y los números sino las realidades que crea el reconocernos desde siempre protagonistas de nuestra historia: cada vez más gente respondiendo, articulando en alto los abusos y peleándose el respeto por sus derechos aún ante muchachitos y señores “bien,” y ante la miopía selectiva de las autoridades.

Por fin se nombra la infamia, para el bien de todos. Pues no son los discriminados las únicas víctimas de una ciudad racista, sexista y clasista. Divide y vencerás. Y mientras nos negreamos entre la mayoría, los mismos pocos se siguen feriando esta ciudad.

Este miércoles a las 3 pm marcharán a ritmo de tambores las voces cansadas de esa ciudad colonial que se nos quedó metida en las piedras y los corazones. No más silencio.

Nadia.celis@gmail.com

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