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Seguridad

Nos hemos acostumbrado a padecer las consecuencias de las medidas de seguridad que se implementan en Cartagena cada vez que se realiza una cumbre de presidentes, una asamblea de empresarios, una reunión de organismos bilaterales, cada vez que la ciudad es el escenario de grandes eventos nacionales e internacionales.

No niego que acontecimientos de esta clase tienen que estar rodeados por medidas de seguridad excepcionales. Las autoridades locales y las fuerzas de seguridad estatales tienen la responsabilidad y el deber de garantizar la seguridad de las personalidades asistentes a estos actos. Y la nuestra, claro está.
Es lo que se hace en cualquier ciudad del mundo y lo que debe hacerse con mayor cuidado en países que arrastran la en muchos aspectos merecida mala fama de inseguros y violentos. No es por su condición de “ciudad turística” por lo que Cartagena debe contar con políticas de seguridad permanentes y efectivas, que prevengan las acciones delictivas y, en casos especiales, las acciones terroristas de grupos al margen de la ley.
La seguridad es un derecho ciudadano y lo que menos importa es que se viva en una “ciudad turística”. Hay que garantizarla y reforzarla cuando se está perdiendo. Y, por supuesto, tomar medidas excepcionales cuando se realizan eventos a los que acuden personalidades del mundo.
Pero seguridad no riñe con tranquilidad. No es un Estado de Sitio. La seguridad no es un espectáculo exhibicionista de fuerza armada ni la adopción de medidas que atentan contra el derecho de desplazarse libremente e, incluso, contra el derecho al desplazamiento rutinario del trabajo a casa. La seguridad no implica la creación de una atmósfera de intimidación en retenes y operativos callejeros, como si se acabara de producir el más catastrófico atentado terrorista.
La seguridad es preventiva, no intimidatoria. Un ciudadano intimidado es un ciudadano irritado. Uno está contento cuando lo visitan, pero no le pueden pedir que sea amable cuando la visita le desordena la casa y se la vuelven cuartel y vitrina de armas. La visita se vuelve entonces indeseable. Seguridad sólo es sinónimo de confianza.
Un alto funcionario de un gobierno extranjero me decía en estos días que no entendía por qué había en la ciudad tanta exhibición de fuerza, por qué no se adoptaban métodos más discretos y seguramente más eficaces. Encontraba agresivas e irrespetuosas las medidas adoptadas. Con tan evidente movilización de tropas, no se prevenían posibles atentados contra la seguridad sino que, paradójicamente, se indicaba cómo no hacerlo por los lugares “protegidos.”
Disculpen la exageración, pero si prosperara la idea de reforzar la seguridad de Cartagena para incentivar la confianza de los turistas, no sería extraño encontrar, en los próximos meses, retenes permanentes de policía en las vías de acceso a hoteles y playas, garitas en las entradas al Centro Histórico, patrullas de soldados en la bahía y solicitud perentoria de documentos a todo el mundo. En esas circunstancias, los residentes nos sentiríamos todos bajo sospecha.

*Escritor

salypicante@gmail.com

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