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Semana Santa

La Semana Santa es motivo de variados comentarios sobre su origen y desarrollo, aludiendo a su duración y permanencia. Al referirse a la cronología de la Pasión se consignan con frecuencia datos reñidos con la verdad.

Entre éstos, hubo uno publicado al promediar la etapa final del siglo XX, que registró el acontecimiento en los siguientes términos: “Se cumplen 1.975 años de la muerte de Cristo a la edad de 33 años”.

La afirmación no guarda relación con los hechos ciertos y se funda en la errónea iniciación de la era cristiana (repetida hasta el cansancio), nacida del cálculo aproximado del nacimiento de Jesús en un pueblito de Judea. Y no es extraño que la equivocación exista. Porque lo cierto es que en el instante de la Navidad, en un humilde pesebre de Palestina, nadie puso una banderola para establecer el principio de una nueva era. Del asunto sólo se ocupó, más de 500 años después, a mediados del siglo VI, un monje escita, llamado Dionisio “el Exiguo”, quien con los precarios conocimientos de la época, falló en muy corto tiempo, y colocó el principio de la edad cristiana en el 754 del calendario romano, lo que hacía nacer al hijo de María cuatro años más tarde de la muerte, en el 750, de Herodes el Grande, quien, según los Evangelios, había ordenado el asesinato de los inocentes para matar al recién nacido nuevo Rey de los Judíos.

De ahí partieron respetables tratadistas, entre los que se cuenta Giuseppe Ricciotti, de innegable ortodoxia católica, para sacar el corolario incontrastable. El profesor italiano, de modo categórico afirma: “Remontándonos por ese camino… podemos concluir que Jesús habría nacido poco menos de dos años antes de la muerte de Herodes, es decir, a fines del año 754 de Roma (seis años antes de Jesucristo)”.

Para muchos la anterior aseveración sonará a sacrílega barbaridad, pero constituye la verdad irrefragable con sujeción a la Historia, lo que, de otra parte, no quita ningún mérito a la trascendencia y a la belleza del mensaje de Jesús. Y debemos concluir que el milenio que conmemoramos en el 2000, estuvo atrasado, cuando menos, en seis o siete años.

El cuento de los mil años viene desde remotos tiempos. Para infinidad de personas que se pegaron al “milenarismo”, creencia vinculada al fin del mundo y a la vida de ultratumba, el primer milenio estaba unido a la terminación de la existencia humana. En la Roma de la Edad Media, zambullida en el culto al Padre, el 999 era la víspera de la muerte universal. Persuadidas de ello, según testimonio de la época recogido por Berlitz, las mujeres infieles confesaron públicamente sus adulterios en los oídos de los maridos “cachones” y los ladrones declararon sus delitos. Sin embargo, en medio del llanto general, se escucharon las doce campanadas de la media noche y no ocurrió nada. Las gentes salieron de su perplejidad. Regresaron del miedo. Fue entonces cuando estallaron las bofetadas y las cóleras por las lascivias admitidas y por los arrepentimientos gritados a los cuatro vientos.

Ahora la cuestión ya es a otro precio. Lo que no enmienda el error de quienes hablaron de “1975 años de la muerte de Cristo en la cruz, a la edad de 33 años”. En primer lugar, porque para nadie y en ningún momento, nuestra era empieza con el último suspiro en el Calvario sino con el nacimiento de Jesús. Y, además, porque Dionisio “el Exiguo” se equivocó en casi una década al fijar este hecho. Así, pues, a otro perro con ese hueso.

*Ex congresista, ex embajador, miembro de las Academias de Historia de Cartagena, y Bogotá, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

academiadlhcartagena@hotmail.com

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