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Siempre fue el decano

Antes de oír a Fabio Morón Díaz, mis compañeros y yo, estudiantes de derecho de la Universidad de Cartagena, considerábamos que nuestro futuro dependería de la aparición de una sucesión de un acaudalado o de la renuencia de un patrono a cumplir con las prestaciones de un ex trabajador.

Pero, luego de asistir a sus clases, descubrimos que el ámbito de nuestra actividad se ampliaría. Él contaba con el conocimiento y la experiencia para acercarnos a las complejidades del funcionamiento del Estado y hacernos entender que las responsabilidades no eran sólo de los particulares, sino también de los entes públicos, a cuyo cargo estaban algunos servicios.

Como profesor no sólo persuadió a sus discípulos de la necesidad de consultar a los autores que contaban con reconocimiento en el país, sino que nos permitió discutir con él dentro o fuera del aula, tanto de asuntos de la academia, como de política o de literatura. Recuerdo una velada que ocurrió un sábado de 1980 en una casona de Getsemaní. Le cuestionamos por las deficiencias de la Facultad. Él nos oía con atención y rebatía con convicción, pero sin exaltarse, de modo que aunque no hubiera consenso, uno se sentía el contertulio con el que habitualmente Fabio se reunía.

No obstante, mientras fui estudiante, nunca lo conté entre mis amigos. Tal vez por el prejuicio que surgía de encarnar él la autoridad y haber manifestado yo inconformidad por la incompetencia de algunos docentes y la escases de textos en la biblioteca que mermaban las posibilidades para conocer o profundizar en temas que se requerían para obtener la seguridad para afrontar, como profesionales en ejercicio, los problemas que se presentarían en las diferentes áreas del derecho.

Luego de recibir de sus manos el diploma, pensé que no lo volvería a ver, sobre todo porque un año después lo escogieron para ocupar una vacante en la Corte Suprema de Justicia. Pero en 1986, durante un seminario que se desarrolló en la Universidad Santo Tomás de Bogotá, lo vi. Se encontraba en la mesa de los expositores. Yo, por supuesto, entre los concurrentes, en un asiento próximo a la pared del fondo, hasta donde llegó un vigilante que me entregó una nota que había firmado él y en la que me pedía que no saliera sin saludarlo. Me sorprendí y me emocioné. Era un honor saber que todavía me recordaba, que me había distinguido entre la multitud.        

Años después, siendo magistrado de la Corte Constitucional, Fabio Morón Díaz vino a Sincelejo y habló sobre el proceso de formación de las leyes y de la trascendencia de la Constitución del 91, cuyo entramado defendía con el convencimiento de que ella entronizó principios que nos ayudarían a aplicar la concepción que ponía a las constituciones a regir de verdad la vida jurídica de un país. Fue en el auditorio del Hotel Marsella. Aunque oí la conferencia desde el inicio, sólo al finalizar pude acercármele. Él no ocultaba la alegría. Intuí que su estado de ánimo lo provocaba el recuentro con sus discípulos.

Enrique Orozco Castellanos, que fue su compañero de aula, me lo ratificó: “Está así no sólo por la cercanía de sus querencias, sino porque hoy lo rodean amigos y compañeros, como en los tiempos en que dirigía la Facultad de Derecho”, me dijo. Yo le creí. Al fin de cuentas Fabio siempre fue el decano.

*Abogado y profesor universitario.

noelatierra@hotmail.com

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Fabio Moron Diaz, es uno de

Fabio Moron Diaz, es uno de esos personajes de la vida cartagenera que muchos llevamos en el recuerdo, paz en su tumba