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Teatro Caribe

Balín estaba sorprendido de que la historia del continente no hacía otra cosa que dar vueltas en círculos, allí sentado en el Camellón de los Mártires durante la celebración del Festival de Cine, viéndose También la lluvia, pensó en la colonización española sobre Bolivia, la doctrina de la Iglesia quemando indígenas con un fuego que no purificaba y robándose las almas que ya eran de otros dioses, luego observó a su alrededor los nombres de los Mártires de la Independencia e imaginó sus fusilamientos por la pacificación de Pablo Morillo junto a los cadáveres chamuscados de los leprosos en el Lazareto de Caño de Loro.

Balín, en sus reflexiones seniles sobre América, llegó a las mismas conclusiones de Úrsula Iguarán sobre la historia de la familia Buendía y hubiera seguido cavilando si no fuera porque distinguió en los puestos del fondo a un grupo de muchachos quitándole los zapatos a una persona distraída para tirarlos por los aires sillas arriba; entonces los recuerdos se le tomaron el mundo y su vida tuvo un desliz temporal: ya no estaba viendo una película en el Camellón de los Mártires, en el Centro, sino en el Teatro Caribe, en Torices.

Las bancas de madera, las filas desordenadas frente a una reja de dos puertas en cuya pared superior estaban talladas en yeso el nombre del Teatro Caribe, las taquillas coloniales de donde se asomaba una mano temblorosa para agarrar los treintaicinco centavos que costaba la boleta para dos funciones seguidas, y en el segundo piso, encachuchado y con la camisa de botones sueltos, el Balín, proyectando la película sobre la pared del fondo del teatro, a la vez que otros muchachos lanzaban en bolsitas plásticas envueltos de excremento: «Están tirando mierda», dijo uno de entre el público, «Baliiin puerco, Balín puerco» se burlaban todos. Eran las noches en que las películas saltaban drásticamente de una escena a otra y el público gritaba que se estaban robando los cuadros, «Baliiin ratero, Balín ratero» o que en medio de una escena de sexo berrearan «¡Baliiin pajizo! ¡Balín pajizo!». Era como si el séptimo arte no  fuera en realidad el fenómeno cineasta sino el largometraje espontáneo de los asistentes, la rúbrica social de un barrio Torices que parecía llenarse de otros barrios.  

Hace mucho tiempo que una bodega de colchones quitó de cartelera al Teatro Caribe, ahora salen de sus puertas las colchonetas y resortes que guardarán para nosotros un pedazo de película en los sueños, será así la única forma de conservar tu recuerdo, teatro, que misteriosamente dejes debajo del edredón un tráiler todavía no visto, una pequeña propaganda que nos avise que aun existes, inventándote películas con la luz de la luna en la pared que hasta hoy no ha dejado de ser blanca, pero Teatro Caribe, no es eso lo que has dejado para Torices, para el mundo, agregaste en tus sesiones de hace rato un postulado: que contados los siete, la vida de los asistentes es el octavo arte.

Soy de los que se duerme esperando tu película.

*Estudiante de Derecho de la Universidad de Cartagena

arquerolivero@hotmail.com

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