Transcaribe ha vuelto a ser centro de noticias y como siempre, por sus problemas. Ahora es la parálisis de las obras del tramo del mercado de Bazurto, el abandono del contratista de la obra y su demanda al Distrito por incumplimiento de lo pactado.
Siendo el proyecto urbano más importante de los últimos años en la ciudad, tanto que costará cerca de medio billón de pesos en obras civiles y que al terminarse moverá cerca de 475 mil pasajeros por día, la cantidad de dificultades que ha padecido ahogan sus evidentes bondades, algunas perceptibles desde ya.
Es evidente que en este caso ha faltado diligencia de los gerentes, que los recursos asignados por la nación han sido insuficientes, que el trabajo en equipo entre el Distrito y la Nación no ha existido, que en el convenio con el Gobierno Nacional se le dejó la responsabilidad al Distrito de asumir los mayores costos en las obras y que tener que adjudicar siempre las obras al que ofrezca más barato trae muchos riesgos y problemas con los contratistas.
Se sabe que ha habido poquísima colaboración de las entidades de servicios públicos con las que hay que coordinar el cambio de redes por donde van las obras de Transcaribe, que en muchos casos los diseños se han realizado desde Bogotá sin consultar las realidades en el propio terreno de las obras, que ha habido cero cuidado por parte del Distrito a las obras ya realizadas y se cree que la ejecución del proyecto no se ha librado de los tentáculos de la corrupción.
Por todo eso, Transcaribe es visto ya como el hijo que más dolores de cabeza le produce a la ciudad. Y ese ha sido el principal problema de Transcaribe: ha sido visto como el hijastro que les tocó criar a alcaldes que no lo concibieron y aunque querían la Alcaldía, nunca sintieron el más mínimo afecto por ese hijo de ella.
Y no deliro cuando esto afirmo. El primero no cesó en quejarse de que su antecesor le hubiere dejado proyectos demasiado grandes para él, como los Juegos Centroamericanos, la Vía Perimetral, el Emisario Submarino, etc. Al otro se le arrugaba el corazón, se le salían las lágrimas y le crujían los dientes cada vez que le hablaban del hijastro, exclamando en público y en privado que mejor era pavimentar callecitas de barrios para mantener popularidad. Y la alcaldesa solo hizo una visita a las obras en cuatro años de gobierno, lo cual habla de su interés en el proyecto.
El alcalde actual prometió que él mismo estaría al frente de las obras, lo cual hoy no sabría si produciría tranquilidad o preocupación, pero lo cierto es que sus decisiones han desnudado inseguridad e inconsistencia.
Creo que es hora de apretar; de ejercer liderazgo y autoridad, de reunir y ordenar a alcaldes locales, gerentes de empresas de servicios públicos, Espacio Público, DATT y todas las entidades que tocan el proyecto, para agilizar su ejecución. Sería sano conformar un comité ciudadano de seguimiento a los procesos judiciales, que dé transparencia y compromiso de la sociedad civil en la defensa de la ciudad. Si no, corremos el riesgo de que a la ciudad la pelen como a una mandarina.
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