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Un año de sorpresas

En los últimos estertores del absolutismo uribista, Colombia se polarizó ante a las  nuevas opciones de gobierno. Mientras los fanáticos del régimen vendían la idea de que no había vida sin su caudillo, otros consideraban que aún era posible la esperanza.

En ese contexto se desarrollaron las candidaturas de Juan Manuel Santos y Antanas Mockus; la primera sobre la promesa de continuismo y la segunda por la ilusión de devolver la legitimidad a un Estado capturado por la soberbia y la irracionalidad.

La opción de transformación, la ola verde gigantesca, envolvió a buena parte de la nación, pero terminó en espuma antes de llegar a la orilla, mientras que las mayorías electorales cerraron filas en torno al candidato ungido por el Ubérrimo.

La maquinaria electoral arrolladora, aceitada por convicciones y subsidios se impuso, y los temores de continuismo en estilo y acciones creaban pánico colectivo.

Pero transcurrido el primer año, la sorpresa ha sido para todos: a los furibistas se les desmoronó el discurso de la confrontación como eje de lo posible y los verdes (de ola o de partido), no encuentran al monstruo que pintaron.

Contrario a todo pronóstico, Juan Manuel Santos tomó distancia temprana de su antecesor, en estilo y acciones, implementando un gobierno propio que disgusta a unos y complace a otros, pero que le da aceptación e imagen favorable del 80 por ciento, según las encuestas.

Los  balances mediáticos de los últimos días reiteran los logros de Santos en las relaciones internacionales, economía, atención a las regiones, entre otros, pero enfatizan la desmitificación de la “seguridad democrática”, al amparo de la cual se cometieron tantos desafueros y se dejaron de atender tantas urgencias nacionales.

A esas muestras de independencia que algunos no perdonan, se suma la decisión del Presidente de destapar los escándalos monumentales de corrupción en múltiples dependencias nacionales, ocultas tras las cortinas de humo tendidas con bravuconadas, chuzadas y los falsos positivos de su ex  jefe y antecesor.

Con parte de sus acólitos en prisión o huyendo de la justicia, nuevas y graves revelaciones en su contra, caída paulatina de su popularidad y el desgaste del “efecto teflón”, mantienen al ex mesías en sesiones de trinos desesperados, patéticos y desafinados en Internet.

Quienes padecimos angustias prematuras por la herencia uribista de Santos, nos corresponde la sensatez de admitir la equivocación, por lo menos en lo demostrado hasta ahora. No aceptar sus logros sería fanatismo similar al de los deudos de poder que desean nuevos actos de violencia en pueblos y ciudades, para demostrar la debilidad de su gobierno.

Ello no implica desconocer otras señales inquietantes como la pretendida concentración de poder en el Ejecutivo, mediante el impulso a la reforma a la Justicia, la alineación del Congreso en una pretendida Unidad Nacional, que rompe con la esencia de la democracia, o las intenciones privatizadoras, como las contempladas en la reforma educativa, entre otras.

Sin embargo, el primer año de la era Santos deja una sensación de mayor tranquilidad en quienes se habían preparado para la clonación de un gobierno que, bajo el sofisma de ser el mejor de los últimos tiempos, ocultaba ser el más corrupto de la historia.

*Trabajador Social y Periodista, docente universitario, asesor en comunicaciones.

germandanilo@hotmail.com

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