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Un empresario diferente

Por las reverencias con que a él se referían los mayores, deduje que Julio Mario Santo Domingo era una persona de otra dimensión, a cuyo cargo estaban unas empresas que incrementaban sus utilidades debido al orden y la enjundia con que se prestaban servicios o se elaboraban y distribuían las bebidas, que se ingerían no sólo con la convicción de que sus sabores identificaban a la región, sino como reconocimiento a alguien que había desmen-tido a quienes atribuían a los costeños la deshonra de pensar siempre en el placer y de evadir esfuerzos que permitieran superar el ámbito de la parroquia.



Años después, cuando, atraído por el prestigio de Gabriel García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio, me impuse la tarea de ave-riguar por la génesis del Grupo La Cueva, de Barranquilla, descubrí que entre sus inte-grantes estaba él. Me sorprendió que un hombre de negocios, que desarrolló la habili-dad para regresar cuando los demás apenas arrancábamos, hubiera compartido con quie-nes se empeñaron en conocer y hacer literatu-ra de vanguardia. Pero la sorpresa aumentó cuando supe no sólo que sabía del tema como sus contertulios, sino que también escribió un cuento que impresionó por el ritmo de su prosa, se publicó en la revista Crónica y su rescate se le debe a Juan Gossaín.

Luego no se conoció otro texto literario de su autoría. En cambio, sí se supo de sus afa-nes para que sus empresas se consolidaran y del reconocimiento que alcanzó como miem-bro de la élite del mundo, no sólo por la for-tuna que amasó, sino por sus encantos. Ello, sin embargo, no ocasionó en él pérdida de interés por la cultura, ni aminoramiento en la convicción del beneficio de contar con un pe-riodismo que averigüe sin restricciones y se exprese sin temores.

Por eso las apoyó a través de la creación de fundaciones y el rescate de publicaciones, como ocurrió con El Espectador, un diario que entró en bancarrota por preferir perder anunciantes antes que doblegarse frente a los narcotraficantes o los dirigentes que, como contraprestación por pautar ahí, reclamaron ignorar los desafueros que cometían.

A pesar de la preponderancia que le dio la inversión que hizo, nunca vetó una opinión. Se conocen testimonios, como el de Héctor Abad Faciolince, que ponderan su prudencia y tolerancia frente a la diversidad del enfoque. Eso explica por qué tanto los columnistas como los editorialistas expusieron en El Es-pectador cuestionamientos respecto de las políticas o conductas de los gobernantes o lí-deres empresariales, con quienes el magnate se identificaba.

De sus ejecutorias y comportamiento de-duzco una enseñanza: uno debe revertir en su comunidad parte de los beneficios que de ella obtiene, sobre todo aquellos que adquirieron y ejercieron la condición de empresario, por esa virtud que tienen para convertirse en pio-neros, servir de referente y alcanzar el estatus de superioridad, que en vez de emplearse co-mo un látigo para flagelar a los congéneres, debe servir para consolidar otras actividades que contribuyan a mermar la dureza de la cotidianidad, sin ocultarnos las aristas de la realidad.

Todo eso lo hizo diferente.



*Abogado y profesor universitario.



noelatierra@hotmail.com

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