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Un entierro peculiar

Hace un par de días publicó este mismo periódico la noticia del entierro de un joven miembro de una pandilla en un sector deprimido de una barriada popular cartagenera. Lo enterraron el domingo en la tarde. Y fue llevado en hombros por sus amigos, presidida la marcha por varios de ellos en motocicletas.

Según le contaron al periodista que cubrió la noticia, para despedirlo sacaron al muchacho del ataúd, lo sentaron en una silla para que se tomara unos tragos con ellos y le pusieron de música de fondo, en un picó a todo volumen, su champeta favorita.

El joven había sido asesinado el viernes en la noche, y sus amigos de la pandilla juraron venganza. En medio de una gran tensión, el cortejo derivó en serios enfrentamientos con la policía y hubo varios heridos.

Esta noticia, como tantas otras, será olvidada muy pronto y hará parte de los archivos de prensa sobre los jóvenes pandilleros cartageneros. Sin embargo, si nos detenemos un poco, veremos que no es una noticia más, y que lo que nos cuenta es, por decir lo menos, grave síntoma del deterioro profundo de las relaciones sociales de la Cartagena moderna.

¿Cómo es que muchachos de 20 años de edad o menos sacan a un muerto de su féretro, lo sientan en una silla, le ponen una champeta a todo volumen y se toman unos tragos con él? El muerto fue asesinado, por otros jóvenes quizás, y sus amigos juraron vengarse. Al buen estilo de los mafiosos, de los bravos del barrio.

¿Quiénes son estos muchachos que apenas salen de la adolescencia, y se emplean a fondo en estos rituales violentos de la muerte? ¿Que practican unos códigos de la lealtad, de la vida y de la muerte, cargados de violencia?

Quizás, debiéramos repetirlo a diario, son el más terrible de los resultados de la degradación de la vida comunitaria cartagenera, del imperio de la corrupción en todos los niveles, que acabó con la buena educación popular, y vio con indiferencia el crecimiento desordenado de los tugurios de la periferia.

Ahora que se habla tanto de los políticos corruptos, de los empresarios privados -que sobornan a los funcionarios públicos, para hacerse a grandes fortunas- ahora sería bueno recordar que este no es un debate abstracto, que las consecuencias de tanto robo y de tanta indiferencia y complicidad con los ladrones se materializan, entre otros desastres, en estos jóvenes.

Ellos crecieron en sectores de la ciudad, sin nadie que los protegiera. En medio de la suciedad, en casas más aptas para animales, con madres o abuelas solas casi siempre, condenados a la miseria extrema, y rodeados por una cultura de la droga, gobernada por los valores mafiosos. A esos sitios llega la mayoría de los políticos a comprar los votos y no vuelven más. ¡Qué importa que no haya buenos trabajos para estos jóvenes, que no haya buenas escuelas, ni hospitales ni nada!

A esos lugares donde viven no se les puede llamar barrios ni comunidades. Son simples agregaciones de casuchas habitadas por gentes destrozadas por la falta de un trabajo decente.

Y cuando se vuelven pandilleros, y se ponen violentos, nos parece gente horrible. Vaya inocencia, la de los que no quieren ver: nuestra “democracia” no sólo produce ricos de la noche a la mañana. Por cada nuevo rico, produce decenas de estos muchachos, y cada vez de peor manera.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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