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Un visitante alemán

Con las caricias maternales nos inculcaron sentimientos de admiración y respeto por el Papa. Después los años nos hacen desconfiar de muchos representantes de países y comunidades, pero nuestra reverencial consideración al líder de la Cristiandad pervive.

Sorprende este sentimiento cuando hemos llegado a rechazar la costumbre de referirnos a los sacerdotes como pastores. Tal vez porque implica la inaceptable condición de ovejas, que así nos quieren endilgar.

Vicario se le dice con frecuencia al Papa.  Es una palabra que los jóvenes han degradado, para descalificar a otros “muchachos” que hemos perdido muchos reflejos físicos y algunos mentales. Vicario, es un término cuyos límites no conocemos con precisión, pero que tal vez significa vejez y no dignidad especial en la nueva  jerga.

Nuestra simpatía por la Institución Papal crece con el entusiasmo que despierta su visita a América. Los pueblos que sufren acogen su presencia. La reciedumbre que caracteriza a los mejicanos, padeciendo la crueldad del  narcotráfico, y los cubanos que se agitan en un régimen de miseria y opresión. Para no hablar de la inclemencia de un bloqueo.   

Nuestra visión de los Papas llega desde Simón Pedro, el pescador, y su bondad rudimentaria, hasta otros que alternaban el perdón y el veneno. Con mano blanda daban la absolución, y al instante, aprovechando la misma bendición, vaciaban en la copa contraria la ponzoña que guardaban en el anillo. Alejandro VI ejerció su pontificado escandaloso hace más de cinco siglos. Este Borgia a su hija Lucrecia enseñó, entre otras vainas, las artes de impartir sorbetes de efectos fulminantes, mientras a su hijo César lo preparó para que fuera modelo del príncipe de Maquiavelo. Pero este Papa, famoso por su vida disoluta, también encargó la Piedad a Miguel Ángel. Pocos santos pueden ostentar ese logro. 

Algunos se dedican a tirarle piedras a la institución pontificia. Los iconoclastas perdurarán a través de los tiempos. Cada quien puede decir lo que piense de Goethe y Hitler.

No faltan quienes ven en el anciano que encarna el papado, una mirada sospechosa. Critican que no tenga un halo de santidad radiante. Pero no puede ser ingenuo el director y guía de mil millones de seres humanos. La carencia de malicia y dialéctica no le serviría para discutir con Fidel y otros “ángeles”  dueños de pueblos sojuzgados.

También se rememoran errores históricos del Papado, reconocidos cuando en época reciente pidió perdón por encarcelar a Galileo, aunque no por haber asado a Giordano Bruno, quien se limitó a decir que después de  Copérnico ya no había cielo, puesto que este planeta estaba navegando por él.  

Si la perfidia de unos papas de hace 5 siglos inauguró la modernidad cuando operaban con su veneno, hoy desde el papamóvil un anciano tudesco reverdece mística y esperanza en pueblos que la necesitan. Nada es más grande que la esperanza del pobre, han dicho Perogrullo, Habermas y Vargaslleras. 

A Benedicto con las rancheras trágicas y sonoras de Guanajuato, también llega la petición de una sabrosa guaracha cubana: “y si vas al Cobre, quiero que me traigas una virgencita de la caridad”.

 

*Abogado, Ex Gobernador de Bolívar y Ex parlamentario.

 

augustobeltran@yahoo.com

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