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Urbe, toros y barbarie

Luego de que el alcalde de Bogotá manifestara su repudio por las corridas de toro, en la prensa proliferan notas de apoyo o desacuerdo.

A quienes defienden la preservación del espectáculo se les acusa de estar inmersos en la barbarie por saciarse con la inutilidad del sacrificio de la bestia. Los que se oponen son presentados como carentes de percepción para apreciar el arte que surge del embestir del toro a instancias del torero que derrocha valor y osadía. Además, inmiscuirse e intentar impedir que la minoría que entiende el ritual, lo disfrute sin restricciones denota falta de tolerancia.

Las corralejas, un festejo de menor linaje en el que la ejecución de la maniobra no depende del rigor de un orden, también son objeto de ataques y defensas. Arguyen, unos, que el maltrato a que se someten los animales y el riesgo en que se ponen los manteros evidencia lo alejado que estamos de la civilización. Por eso piden su abolición. Otros, en cambio, recurren a la tradición para mantenerlas. Los criterios de estos prevalecen, de modo que, amparadas en esos raciocinios, las autoridades asignan recursos para que se instalen los palcos y salgan los toros al ruedo.

Más que adherir a una de las causas, quiero destacar que esta disputa no está signada por ideologías, ni por enfrentamientos entre sectores de la sociedad. No se puede encasillar en la derecha a quienes apoyan su continuidad, ni en la izquierda a aquellos que pretenden su extinción. En efecto, en los tendidos de las plazas coinciden empresarios que lideran la economía, políticos que se quieren mostrar, obreros y críticos que desconfían del establecimiento y disponen del sentido para barruntar las conductas de los funcionarios que se desvían. En conjunto, ellos integran la legión que prefiere la continuidad.

Sin embargo, como en todas las polémicas que se suscitan en el país, no sólo se percibe la ardentía con que se pretende imponer una creencia y arrasar al contradictor, sino que entre quienes denuestan están los que nunca se han sentado en una gradería para ver el vigor que exhibe el toro cuando pisa el ruedo, ni han ido a una dehesa, por lo que desconocen los cuidados que requieren los animales para adquirir las condiciones que los habilite para la lidia, que examinada sin prejuicios, recrea la dureza de la vida, con independencia del escenario en que se dé, de los protocolos que deban cumplirse y de la inconformidad que nos produzca.

Esta vez la barbarie y el atraso no se ligan a la ruralidad, pues las plazas de renombre están en las urbes. Tal vez hemos empezado a entender que un prodigio o una atrocidad pueden darse tanto en un muladar como en un quirófano, que la ciudad no es la cima de la civilización por más luces que se enciendan. La violencia y la muerte subsisten en su seno, en el que también medran los timadores, cuyos afanes se orientan a despojar a quienes no desarrollaron la malicia para intuir que detrás de la cortesía se oculta la trampa, exaltada como virtud para sobresalir.

Todo esto permite señalar que en el apogeo de la cultura urbana se damnifican mucho más los de a pie que los toros, porque a estos, por lo menos se les consiente para que defiendan su orgullo, aunque mueran en el intento. De la suerte de aquellos, en cambio, pocos se ocupan.



*Abogado y profesor universitario



noelatierra@hotmail.com

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Comentarios

"entre quienes denuestan

"entre quienes denuestan están los que nunca se han sentado en una gradería para ver el vigor que exhibe el toro cuando pisa el ruedo, ni han ido a una dehesa, por lo que desconocen los cuidados que requieren los animales para adquirir las condiciones que los habilite para la lidia, que examinada sin prejuicios, recrea la dureza de la vida,"
Según este párrafo, se visualiza en medio de tanto bla, bla, que el columnista termina apoyando las corridas. Blandengue, muy blandengue....

Y que tiene de malo que lo

Y que tiene de malo que lo apoye? es una activiadad licita, legal, genera empleo y no le hace daño a nadie.

Geronimo, lo malo está en

Geronimo, lo malo está en maltratar al animal, abusar del hecho de que no tenga voz para causarle dolor y sufrimiento.  Los animales al igual que nosotros tienen un sistema nervioso, por lo cual sienten dolor. También tienen un corazón, sienten sed, hambre, frío y calor, tienen bebés y se ocupan de ellos. El sufrimiento no es solo humano...

podrá ser una actividad

podrá ser una actividad lícita pero es bárbara y de desprecio a un ser que siente el dolor como los humanos. El maltrato animal es un indicador de que tan violenta es la sociedad y un pésimo ejemplo para la niñez. Mientras esa "cultura" permanezca estará lejos la paz en el mundo.