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Volver a leer

Si algo caracteriza al grupo de escritores al cual por el tiempo y afinidades diversas pertenezco, es la búsqueda de una estética capaz de dar cuenta de la época que nos tocó.

Nadie parece dispuesto a abandonar su época. La vive como fortuna o como padecimiento. Adhiere a la eternidad como los vampiros o interrumpe el fluir de los días con el suicidio. Pero más allá de aceptarla como fatalidad, el arte acaso permita construir un territorio de incertidumbres, rasgos, maleficios y bondades que distinguen o confunden. Quizá la ambición de merecer lo que a cada quien le corresponde, hace deseable proponer representaciones. Mostrar un espíritu que si se fuera capaz de atraparlo exorcizaría las desgracias y potenciaría las felicidades. Se ha quebrado la realidad plana, aburrida, vulgar, donde la existencia se gasta sin acciones memorables o rechazos valientes.

Esa indagación obsesiva del presente tuvo una peculiaridad. El presente se asemejaba a una confluencia de deseos por cambiar la vida, por renunciar a herencias, y atravesar otra vez los desiertos y el mar Rojo, por subir al monte y en su vacío sin tormentas convenir otra vez la ley.

Quién sabe si la inmersión en esa época nos hizo proclives a investigar y preguntar en la masa de pensamiento social, científico, filosófico, con la cual se trazaba el croquis de las realidades, los horizontes, las aspiraciones y las dudas. Y por supuesto, también a entregarnos a la poesía, la única que tiene virtudes para derrotar el tiempo y sus artilugios y sus muertes.

Una aceptación como la anterior volvió exigente, riguroso y conflictivo el acto de escribir ficciones. La desconfianza en la realidad y sus apariencias era un saldo que conducía a ahondar el filo de las palabras. No sé si es un proceso inverso al de Cervantes. Don Quijote se enfrentaba a los encantamientos de la realidad, a sus engaños. Ellos se convertían en símbolos, imágenes, que dejaban ver su sustancia. Y él podía verlos por artista o por loco o por enamorado. En la época que menciono, la de mi generación (horrible expresión eléctrica, genética y orteguiana) la apariencia, el rostro aceptado, constituían la realidad. Desnudarla era el reto. Como si la máscara fuera la única posibilidad de la forma.

A veces creo que este empeño en saber nuestro mundo me condujo, a otros les ocurrió, a leer con cierta irreverencia a los bisabuelos de la literatura. A esos viejos empecinados que fundaron continentes. Por razones distintas: mi madre reprendía la burla al prójimo como un acto canalla; mi padre por las astucias de la racionalidad y años de enseñanza advertía que la maestra vida no perdona ligerezas, ambos me dijeron que apenas se trataba de esperar y pagas.

Estoy pagando. Las nuevas traducciones de Guerra y Paz y Anna Karénina de Tolstói me llevan a la lectura. La estructura de esas novelas. La libertad de creación. La intuición para iluminar los sentimientos humanos. Qué hacer con esa pregunta de Anna: ¿Por qué no apagar la vela cuando ya no hay nada que ver, cuando a uno le repugna todo lo que ve?

Con qué el presente es grande y el futuro nuestro aún no adviene.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

 

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