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Wikidependencia


Los cables publicados por El Espectador confirman el anterior lugar común: la nación por ahora más poderosa del mundo sabe para qué sirven la diplomacia y la información. Pero confirman otro asunto, ése sí delicado para nuestro orgullo “patriótico”: la sede de la Embajada de Estados Unidos es, después del lugar de trabajo y del dormitorio, el lugar más frecuentado por funcionarios y políticos colombianos. ¿Qué van a hacer? No van a pedir visa. Van a rendir informe y confesarse.
En la época nada remota del Proceso 8.000, Estados Unidos tuvo de embajador de Colombia a Myles Frechette. Era un tipo astuto, inteligente y al mismo tiempo ocurrente pero no tan pintoresco como Mr. Brownfield, el texano que nos abandonó hace poco. Lo llamaron El Virrey y es muy posible que él disfrutara con el apodo, ajustado a la medida de su poder pero, sobre todo, de su poder de intervención en asuntos colombianos.
El apodo de Virrey debió de haberse acuñado antes para aplicarse a cuanto embajador norteamericano pasara por estas antiguas colonias hispánicas. Los colombianos, secretamente monárquicos, amantes de toda clase de coronas en los escenarios turbulentos de nuestra república, no hemos abandonado la costumbre de visitar a los virreyes en su trono. Nos dirigimos puntualmente a presentarles quejas y deseos para que sean comunicados a la corona de Washington.
Es la segunda conclusión importante que se saca de la lectura de los wikicables. La primera es que no era tanta la cohesión interna del uribismo, ni tanta la confianza que la embajada norteamericana tenía hacia el presidente de la República. Pero, sobre todo, que no era tanta la confianza que le tenían a un proceso de justicia y paz que hoy empieza a mostrar los agujeros por donde se “desmovilizaban” frentes guerrilleros ficticios y se compraban puestos de paracos con nombre y plata de los narcos.
Algunos columnistas han señalado el grado de servidumbre que dobla las rodillas de nuestros gobernantes y políticos profesionales. En este punto, la culpa no es del gringo sino de sus vasallos. Frente a Estados Unidos y sus representantes diplomáticos, hemos sido tan serviles que dan ganas de poner de moda el viejo término de cipayo.   
Las visitas a la sede del virreinato, las comidas privadas con el embajador, perdón, con el virrey; las confidencias susurradas a sus oídos, la pretensión de aclararles las cosas antes de que ellos las interpreten y confundan, hacen parte del contenido de la documentación entregada por WikiLeaks. Y da pena ajena leerlo, porque no hay nada más vergonzoso que ver el grado de inferioridad manifestado por nuestros compatriotas ante la superioridad de los virreyes.


*Escritor


salypicante@gmail.com

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