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Columna

¿Y qué aportamos para la paz?

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Si tuviésemos que hablar de Paz, hoy asunto nacional, resulta imperioso advertir que es un tema que compete a todos, pues somos proclives a considerar erróneamente que es intrascendente nuestro papel. Por el contrario, es sustancial. Cierto es que compete como grandes protagonistas a las FARC y el Gobierno nacional, pero nuestra contribución como simples ciudadanos resulta vital.
Puedo traer a colación la historia de Patrick Daniel Tillman Jr, jugador de fútbol americano que luego del atentado de las Torres Gemelas decidió ingresar a las filas del ejército de los Estados Unidos.
Pat Tillman, como era conocido, era un hombre carismático, excelente deportista, felizmente casado, admirado por muchos y definitivamente ejemplo entre los suyos. Uno se pregunta ¿qué puede buscar un hombre que ganaba más de 500 mil dólares al año, con un ofrecimiento de 3,6 millones para la próxima temporada, al ingresar al ejército? ¿Por qué un hombre que aparentemente tiene todo lo que muchos desean, abandona un tiempo esa suntuosa vida para servir?
En el servicio a su patria, Pat murió asesinado por sus propios compañeros. Una “mínima” equivocación de la tropa, que dio como resultado la muerte de uno de los mejores soldados y un ser humano de inmejorables cualidades. Entonces queda claro que un hombre lo entrega todo por la patria y puede a manos de esta perderlo todo.
Cierto es que en la paz que a Colombia atañe, acaece que los soldados no ven nacer sus hijos ni morir su padres y tal situación es parte de su gran gota de sacrificio.
Ello es para quienes viven la guerra de cerca. Algunos ven la situación desde un caleidoscopio distinto. Una mayoría que padece ataque general de miopía cree que el conflicto armado no lo sufre y que son pocos los padecimientos soportados por cuenta del flagelo.
Sin embargo se equivocan, pues hasta los más irrelevantes comportamientos como ciudadanos construyen o destruyen en medidas imperceptibles. Respetar simples reglas de comportamiento, tolerancia, respeto, armonía en la convivencia, nos hace mejores o peores seres humanos dispuestos a elaborar un tejido social más dispuesto para cimentar.
Ejemplos como el de Pat Tillman nos muestran como la “escueta” envidia acaba con la vida de los mejores. Aquellos que sufren desazón por los éxitos de otros y descuidan los suyos, como los que acabaron con la vida de Pat, se presentan a diario en Colombia sin darnos cuenta, haciendo de la nuestra una peor sociedad incapaz de afrontar el esfuerzo que de todos se requiere para la paz, y eso que sólo toco la envidia.
Cuánta falta nos hacen personas que se desprendan de lo que vanamente anhelan los superficiales, para aportar sus mejores cualidades a una sociedad colombiana que pide a gritos cambios sustanciales, mejores seres humanos que respetan a los demás.
Cuánta falta hace que un hijo ame a su padre entrañablemente –en las tripas- como nos lo enseña el maestro Héctor Abad, casi dispuesto a incumplir el primer mandamiento tan sólo porque su papá es su más grande tesoro.
La paz la pueden negociar FARC y Gobierno, pero al importar a todos veo con desconfianza que se logre con personas preocupadas por “desafíos” y “protagonistas”, que respondan a los intereses de la patria, aquella a la que se refirió el maestro David Sánchez Juliao, “la que usa corbatas de Dior, fuma Coiba y bebe Buchanan.”

* Director general Consultorio Jurídico y Centro de conciliacion Universidad San Buenaventura

spereira@usbctg.edu.co

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