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La barra brava

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La imagen de un ataúd llevado en hombros en medio de la multitud en un estadio, impresiona. No es una imagen necesariamente grotesca. Es una manifestación de gran vigor popular de significado profundo. Es un grito colectivo lleno de rabia y de inconformidad.

La gente, especialmente los más jóvenes, están cansados de tanto cable que están llevando. Además, un hecho casi místico acaeció mientras la muchedumbre futbolera bamboleaba el cofre, fue cuando el Cúcuta Deportivo empató al equipo de Envigado. Lo único que le queda a la gente es la fe.

Las barras bravas tienen un origen marginal en la sociedad y son más que expresión de seguimiento a un equipo, son más que la expresión de una audiencia. En Inglaterra, en Argentina o en Turquía las barras bravas están conformadas por barrio, obrería y calle. Por inmigrantes, por desempleados, por descamisados. Las barras aglutinan a todo aquel que esté inconforme alrededor del trapo. El trapo es la bandera que se defiende con la vida. La pregunta es: ¿se defiende ante quién, contra quién? La respuesta, aparentemente obvia, es que el trapo se defiende de barras contrarias; lo que ocurre en el marco de una guerra simbólica, cual es el campeonato o torneo.

La relación va así: código – juego – práctica. El código lo constituyen las normas deportivas del fútbol, las cuales, tienen un devenir histórico que comienza en Europa y se expande por el planeta entero. Cualquiera se las sabe o, en todo caso, son normas fáciles de aprender lo que supone un fuerte potencial inclusivo. A partir del código del fútbol se organiza el juego según los distintos estilos,  los enfoques estratégicos de los técnicos y profesores, el trabajo en equipo, o, la aparición de genialidades, de héroes y villanos, de sacrificados; aparece la garra de un combinado, o no. Aparece – a partir del código futbolero- un relato de altísimo poder comunicativo; pues, torneo tras torneo siempre habrá la expectativa sobre quien ganará y cómo se desatarán los hechos. Aparece un relato que en esencia consiste en una guerra simbólica donde gana el mejor, casi siempre.

En relación con el código y el juego está la cultura, es decir, las prácticas rutinarias que se dan en la vida común de las personas. Código y juego establecen una puesta en escena de un combate deportivo que ocurre con dinámica propia en el terreno social: ahí es cuando una barra brava defendiendo el trapo a muerte. Pero ¿cuál es la naturaleza del significado del trapo, de un pinche trapo? Pues el mismo significado que tiene la cruz para los cristianos, la media luna para los musulmanes, el escudo nacional para los colombianos. El trapo es el pueblo mismo con sus lágrimas, sus tripas, su osadía, su vértigo, su sufrimiento, su pasión, sus alegrías y su soberbia –en especial cuando ganan.

Cualquiera diría que las barras bravas por ser marginales dan miedo. A ojos de las normas sociales rayan en el anarquismo; y desde cierto punto de vista tienen razón: la barra brava desafía al poder establecido porque está harta de ello; de su abuso, su engaño e hipocresía; pues, el poder sólo busca al pueblo para legitimarse en épocas electorales, por ejemplo. A mi juicio, subyace en las barras bravas una movilización social alrededor de lo cultural y lo deportivo, pero, con fuertes implicaciones en lo político y en lo social. Es ahí donde aparece la propuesta de la  formación en cultura ciudadana, que se constituye como espacio de negociación entre Estado y sociedad civil. El barrista en un ciudadano furioso, con toda la razón, porque la fe en un porvenir mejor la encuentra ausente.  

La cultura ciudadana, pues, es resultado de la relación que la gente tiene con su entorno urbano en todos sus niveles (infraestructura, servicios públicos, derechos sociales, democracia económica etc.) Si la mayoría de los barristas del planeta entero tienen unas condiciones de vida medio jodidas, entonces, qué calidad de cultura ciudadana se forma allí. Por eso sospecho que las barras bravas en Colombia adquieren fuerza inusitada cuando nos imponen la apertura económica y las políticas neoliberalistas: tiran la gente a la calle y sálvese quien pueda. En el ataúd de aquella tarde de fútbol iba el cadáver de Cristopher Jácome de 17 años. La barra cucuteña le rindió una despedida memorable; una despedida rebelde.

 

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