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Adiós a la 'Mama grande' del boom latinoamericano

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Con su dolorosa partida, su fallecimiento en la ciudad de su vida, Barcelona (España), Carmen Balcells le cumplió la última promesa a la gran cantidad de escritores, clientes que se convirtieron en su familia, “jamás voy a escribir mis memorias”. Una gentileza con ellos y una triste noticia para millones de lectores a quienes les hubiera encantado conocer la intimidad de los protagonistas del llamado 'Boom Latinoamericano'. 

Así fue siempre Balcells, agente editorial de Gabriel García Márquez, quien fundó su agencia literaria en 1956 y a la cual estuvo ligada hasta sus últimos días, con más de 200 escritores que creyeron en ella y ella en ellos, logrando una fama de “toda poderosa” en el mundo editorial, pero siempre muy discreta y en la sombra, como la estrella de los negocios y las relaciones públicas detrás de los genios de la literatura iberoamericana. 

Fueron seis los premios Nobel que han recibido sus escritores, uno de los más importantes de su carrera fue el obtenido por Gabriel García Márquez en 1982, pues aunque lo obtuvo el escritor colombiano, para ella, representaba el reconocimiento a una generación de escritores latinoamericanos quienes hasta los años setenta se habían instalado en la ciudad de Barcelona alrededor de Carmen Balcells. 

Muy temprano entendió que para lograr un Premio Nobel no sólo se necesitaba de un gran escritor, también de un lobby, el cual puede llegar de un presidente o un rey, por eso siempre entendió por qué Vargas Llosa demoró tanto en recibir su Nobel. 

El escritor español, José Manuel Caballero Bonald, fue quien le recomendó a Carmen, a inicios de los años sesenta, a escritor colombiano. “Yo leí 'Los funerales de mama grande' y mi marido leyó 'El coronel no tiene quien le escriba' y desde ahí no imagino mi vida sin Gabriel García Márquez”, dijo alguna vez Balcells. 

Y agregó: “Si no fuera por el talento ajeno, nada hubiera ocurrido conmigo. Los genios eran ellos, de los cuales he sacado partido en todo. Era un placer el trabajar para la obra de otro, el tener relación directa con personas brillantes. Un privilegio único que a veces en el quehacer diario olvidas, pero lo recuerdas en sólo un instante de reflexión, por eso jamás dejé mi trabajo”. 

Por eso, pese a las ofertas de otros trabajos, incluso mejor pagos, ella no dejó su agencia literaria que ya supera los 59 años de existencia, por ese placer de estar rodeada de genios en lo que ella denominaba “chiringuito de agencia”. 

A Gabo lo conoció en persona en 1965 en México, pero ya era su agente casi cinco años atrás, vendiendo sus libros en buena parte del mundo, “yo lo iba a conocer y casi de sorpresa le traía un nuevo contrato que para mí era una gran oportunidad, pero él le pareció horrible. Ahí entendí, con él, que el escritor era el único que tenía la dimensión exacta de lo que está haciendo”. 

Para ella, la clave de su éxito en el trabajo con figuras como Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Mario Vargas Llosa, Pablo Neruda, Camilo José Cela y Vicente Aleixandre, algunos de los escritores que hicieron parte de su agencia, todos ellos con Premio Nobel bajo el brazo, fue entender su grandeza. 

Entre las múltiples anécdotas que acumuló con Gabo, las que puede contar, pues otras siempre dijo que jamás las daría a conocer, es el día en que recibió el manuscrito de 'El amor en los tiempos del cólera', que por sus múltiples labores recibió en Londres. 

“Cada tanto recibía emisarios del escritor, en la habitación del hotel donde estaba encerrada leyéndolo, que llegaban con la misión de ver si yo lloraba o no leyendo la novela. Por supuesto que lloré más de una vez, y eso lo dejaba tranquilo”. 

Una agenda de 200 clientes, entre los que se cuentan, además de los ya mencionados, la nómina ha sido de ensueño, con Luis Goytisolo, el primer autor español que representó, además de Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Miguel Delibes, el escritor y poeta colombiano Álvaro Mutis, Manuel Vázquez Montalbán, Carlos Barral, Alfredo Bryce Echenique, Eduardo Mendoza, Isabel Allende y Rosa Montero, sólo por mencionar algunos. 

Para la mayoría de ellos, no sólo era la persona que negociaba los contratos para publicar sus libros, las traducciones o premios literarios. Con el tiempo se convirtió en su confidente, una consejera que limaba las asperezas entre ellos, reconociendo que además de la genialidad que les acompañaba a sus clientes, habían dos características que los unía a todos ellos, su “mal carácter y entusiasmo”. 

En muchas ocasiones, nunca sin decir nombres, recibía llamadas a su casa en Barcelona y solía ser alguno de sus escritores que aún no había acabado su nueva obra, pero si sus recursos para mantener a su familia. 

Conociéndolos bien, no dudaba en enviarles un adelanto del trabajo, del que desconocía hasta el título, no sin antes tomarse su tiempo para llenarlos de consejos y uno que otro regaño, que con el tiempo, reconoció con cierta picardía, eran ignorados por los escritores. 

Cambiando las reglas del juego

A mediados del siglo pasado, cuando Carmen Balcells empezó su labor como agente literario, las condiciones para los escritores, frente a las editoriales de aquel entonces, eran desiguales, como la exigencia de contratos vitalicios, así como el imponer las cláusulas de cesión por tiempo limitado de un libro y otras clausulas, que hoy en día atentaría contra la ley de derechos de autor. 

Lo que funcionaba como un club, ella contribuyó para que el mundo editorial se convirtiera en un buen negocio equitativo para todas las partes, pero donde los escritores tenían una mejor posición al negociar al tener en su mano la obra. “Antes los escritores tenían que rogar para que un editor los publicara, pero más adelante logramos que los editores fueran los ansiosos, los que querían que un escritor les entregara su obra, por lo que pujaban por ella y así los escritores podían ganar más por sus obras y poner muchas de sus condiciones, no todas”. 

Es así como en este negocio empezaron aparecer figuras inexistentes antes de los años sesenta, como los adelantos que exigían los escritores a los editores, quienes terminaban cediéndolos con el propósito de que dicho escritor firmaría con ellos y no con otra editorial. 

Los escritores empezaron a ganar porcentajes por las traducciones de sus libros, además de tener más control y ganancias diferenciales dependiendo del número de ejemplares editados. Era posible hacer realidad el sueño de vivir de los libros. 

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