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Adolfo Pacheco, una hamaca grande mece al país

Esa canción mece a todos los sabaneros y a los habitantes del Caribe colombiano. Siempre que escucho esa canción me sobrecogen los recuerdos. Como si recordara a todos mis muertos. Como si volviera a mis amaneceres de niño.

Cuando la escuché por primera vez me puse a llorar sin saberlo, como si la canción hubiera interpretado las inmensas soledades de los provincianos en las esquinas de las ciudades.

Adolfo Pacheco, su autor,  de 74 años,  es un artista fenomenal: un juglar, compositor, abogado y narrador oral, un hombre dotado de imaginación y una memoria prodigiosa.  La Hamaca Grande, es una de las mejores composiciones populares de Colombia, compuesta hace 46 años.

La canción surgió íntimamente de un reclamo a los vallenatos, para recordarles que estas tierras de los antiguos indios Farotos tienen leyendas como las de Francisco El Hombre, y una hamaca grande es como un arco iris al revés para mecer el corazón de toda una nación. La canción no es un vallenato. Lo han hecho suyo tanto los vallenatos como los compositores de paseos del Bolívar Grande, y en general, en todo el país. Pero ha sonado en todo el Caribe y Europa. Se convirtió en himno de los Montes de María.

No era fácil ser músico
“No era fácil ser músico en aquellos días en que yo era niño”, confiesa Adolfo Pacheco tendido en su hamaca sanjacintera. Era lo peor que podía pasarle a una familia. A uno le decían: Tiene que ser un profesional. La música no era considerada profesión sino una perdición. Se burlaban del acordeonero y del guitarrero. Papá me decía: Para tomá ron no se necesita ser músico. Mi mamá, por el contrario, era una cantante sin orquesta. Mi papá la conoció cantando en un corral. Cuando llegaba un músico al pueblo, yo me las ingeniaba para poderlos ver. Me iba adonde estaba la música. Toda la música la hacía a escondidas como si estuviera violando la ley. Mercedes Anillo, mi mamá, por el contrario, sí quería que fuera músico.

En el bar El Gurrufero que tenía papá en San Jacinto, muchos músicos dejaban empeñados por ron algunos de sus instrumentos. Una vez alguien dejó su redoblante. Mi mamá permitió que yo tocara el instrumento empeñado. Uno de mis primeros instrumentos, además del tambor, fue una violina, una armónica. Mi mamá era la administradora de la casa. El espíritu de mi mamá y de la familia Anillo estaba vinculada al comercio. Teníamos un depósito de arroz, gaseosa, panela y cerveza.

Ella era la ejecutiva, la de las ideas. Miguel Pacheco Blanco, mi papá, era un campesino. Cortaba leña, tenía las piernas curvas. Era muy parecido a mi abuelo. Era inteligente. No quería ser machetero. ‘La plata que yo no me gane trabajando no la quiero’, ‘Soy pobre pero honrado’, decía. Era uno de los mejores amigos de Toño Fernández”.

Cuando mi papá se casó con mi mamá, le puso una serenata con gaitas. Se fue con Toño Fernández, que era uno de sus mejores amigos, y le puso la serenata. La familia de mi mamá dijo que era una falta de consideración. Para mí Toño Fernández era la máxima autoridad del folclor. Cuando lo escuché cantar por primera vez me sorprendió la versatilidad para cantar. Las canciones de gaitas eran mudas y Toño Fernández empezó a ponerles letras. Era un tremendo repentista.

Mi papá empezó a trabajar con Rafael Matera que exportaba cuero, tabaco, mantequilla. Allí aprendió a escribir y a manejar la contabilidad. Llegó a dirigir la contabilidad del señor Matera tanto para su empresa en San Jacinto como para El Guamo. Se exportaba mantequilla a Italia. Mi papá trabajó durante 19 años con el señor Matera. El les entregaba una casa a sus empleados y se los iba descontando con el trabajo. Mi papá era un hombre de una honestidad a toda prueba, decía: ‘La plata que yo no me gane trabajando no la quiero’, ‘Soy pobre pero honrado’.

El investigador

Adolfo Pacheco preside la Fundación Viejo Bolívar que busca reivindicar el potencial musical de las sabanas, para precisar que no todo lo que suena con acordeón debe llamarse vallenato. Él ha identificado doce ritmos en todo el Caribe colombiano. Ha escrito un ensayo sobre ese tópico controversial y ha señalado que cuando el acordeón llegó a las sabanas “asimiló ritmos europeos como el vals, la danza y la contradanza, ritmos nacionales como el bambuco y el pasillo en mayor, algunos ritmos cubanos que interpretaban los sextetos como el son, el bullerengue, el mapalé y el chandé. De la mezcla y combinación de todos esos ritmos se fueron dando a principios del siglo XX híbridos como el paseo, que se asemejan a los ritmos cubanos, al porro y a la cumbia de los pitos, y el merengue, emparentable con el bullerengue y el fandango”.

En todas las canciones de Adolfo Pacheco recuerda su aldea natal, San Jacinto.

A su edad, tiene la firmeza y la alegría de un hombre que ha esperado tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que siempre ha querido hacer: música.

 



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Comentarios

Excelente MAESTRO

Excelente Maestro. Orgullo de San Jacinto para el Todo el Mundo.... Así es que son los Homenajes, en Vida.

maestro Adolfo

Maestro Adolfo Pacheco, usted es orgullo de la costa y del caribe colombiano, que Dios lo bendiga y le de larga vida, felicitaciones a Luis Aparicio por ese reportaje.

Gracias

Gustavo, graciaas por un texto amable, sin pretensiones pero significativo como la vieja pava sabanera, esa que ahora llaman "sombrero vueltiao". Adolfo Pacheco es una de esas figuras del folklore del Bolivar Grande y no esta "mirrunita" de departamentos que nos dejaron porque Cartagena no podia administrar todo el territorio porque "era muy grande" segun el decir de los diputados cuando se discutia la creacion del Departamento de Cordoba. Claro, la razon era otra: los cupos a congreso no eran muchos y por eso habia que ser creativo para que los jovenes politicos de Monteria pudieran ser congresistas. Pero me desvie, es bueno que sepamos estas historias que poco se cuentan porque la mayoria andan detras de los silvestres.