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El fino canto de la piedra

Gustavo Vélez es uno de los grandes escultores de Colombia en el mundo. En la última década su obra conquistó el continente asiático en exhibiciones, ferias y colecciones privadas. En China, Japón y Beijing, su obra es celebrada como una de las mejores del arte contemporáneo, por la sutileza, levedad y musicalidad de sus formas.
Hay algo titánico en el espíritu del artista Gustavo Vélez (Medellín, 1975), al traer 47 esculturas desde Pietrasanta hasta el corazón amurallado de la ciudad,  en la más grande exposición que se haya exhibido en la ciudad en su historia. En su taller frente a las montañas de Medellín, al igual que en Pietrasanta, trabaja bloques de 60 toneladas. “Cada bloquecito, es un hiper cúbico, una geometría dentro de la geometría”, dice. “Me encanta ver las sombras y las entradas de luz en la piedra”.
Pienso en las toneladas de mármol viajando en barcos hasta Cartagena.
¿Por qué  eligió a Cartagena de Indias?
-Cuando expuse en Pietrasanta 36 obras, 14 de ellas monumentales en la plaza de la ciudad, con 18 mil visitas en tres meses, pensé que debía hacer una exposición en mi país, y elegí Cartagena de Indias, porque es un símbolo de ciudad en el mundo, y la ciudad más importante de Colombia.
¿Cuánto tiempo tardó en organizar la exposición?
-Esta exposición ha sido trabajada en los últimos dos años,  luego de diligenciar los permisos. No hay azar ni siquiera en la elección de las obras, en los puntos escogidos de la ciudad, y mucho menos en   la tarea descomunal de traerlas desde Pietrasanta. Hay una comunión exacta con Cartagena. Es la primera exposición de esta magnitud en Colombia, bajo la curaduría de María del Pilar Rodríguez.
Quisimos que las obras no interrumpieran la dinámica urbana, entre el pasado y el presente, sino por el contrario, que establecieran una conexión con el habitante y su entorno. Hemos presenciado la reacción positiva de los transeúntes de todas las edades que se hacen fotos junto a las esculturas. Se acercan pero nadie intenta tocarlas sino acariciarlas con la mirada y con los reflejos que produce.
A propósito de reflejos, las esculturas de acero atrapan la luz de Cartagena.
- Las esculturas de acero son un espejo del entorno. Elegí el acero por su brillo al máximo e incorporé en su terminación una lámina en la que se refleja el espectador, el paisaje y  los transeúntes. Si se ven de día, tienen otra dimensión, pero a medida que avanza la tarde y la noche, la escultura recoge como un espejo los reflejos.
¿En qué instante decide si una obra escultórica la resolverá en mármol, acero o bronce?
- El proceso es complejo, pero al final uno siempre tiene un deseo de seguirlas acariciando. Hago muchos bocetos, pero busco la armonía de las líneas para que lo  duro y pesado de los materiales,  tenga un punto de delicadeza y transparencia. Creo que el reto es la delicadeza, que la escultura se vuelva ligera y logre flotar en el espacio como una provocación de lo infinito. Hace veinte años mi búsqueda era encontrar una identidad estética. Comencé con una pieza pequeña de 48 centímetros abstracta, en la que quería disolver un cubo y volverlo movimiento, girar sobre un eje. Geometría dentro de la geometría. La necesidad de hacer obras monumentales nació sola.
¿Su familia estimuló su vocación de escultor?
- Mis padres murieron muy temprano. Lucía Mejía, mi madre,  murió a sus 56 años. A los 69 años, mi padre Adolfo Vélez, tenía  una sensibilidad para las artes manuales. En su cerrajería tenía una pulidora. Y yo desde muy pequeño empecé a soldar.Los dos fueron muy motivadores.  A los 19 años me vine a Italia. Me establecí hace veinte años en Pietrasanta. A veces me tropiezo con el Maestro Fernando Botero en los mismos escenarios de la ciudad, y buscando el mismo mármol de Carrara. Lo aprecio y admiro. Es un ejemplo de vida, por su gran talento y su tremenda disciplina.
¿Cuánto tiempo le dedica a la escultura?
-Demasiadas horas. Creo que todo el tiempo. Con el mármol paso trabajando hasta la noche. Cuando estoy en exposiciones, es todo el tiempo. hay obras que pueden hacerse en tres meses. Una escultura como “Libertad”, que está en la Plaza de la Trinidad, da la sensación que va al infinito.
A veces no me canso de pulir las formas.



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