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Eduardo Galeano vino a cazar historias

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Eduardo Galeano se escapó de la soledad de su estudio más de siete veces para arribar a Cartagena de Indias. El pretexto era encontrarse con sus amigos. y sentarse frente a la bahía a escuchar y contar historias. Fue en uno de esos encuentros cuando nos dijo que la historia  de América Latina y del mundo, se podían contar  desde la cerradura de una puerta. Con el rabillo del ojo.

Así escribió su libro clásico Las venas abiertas de América Latina (1973), que ganó el Premio Casa de las Américas en el género de ensayo. Y así escribió todos sus libros y artículos, como un testigo de los azares, milagros y pesadillas de nuestro continente. Fue una conciencia política y espiritual de América Latina, y un hombre que seducía públicos con el solo encanto de su voz y la gracia de cada una de sus historias.

Fue a  él a quien le escuché por primera vez la historia de las mujeres perseguidas por los caballos  de los conquistadores que llevaban las semillas guardadas entre su pelo. Y aquellas semillas eran los futuros árboles del palenque. Aquel pelo  duro el mapa de la rebelión y la resistencia. Él escuchó de los labios de Orlando Fals Borda la historia de los hombres anfibios y de los seres sentipensantes del Caribe, una cohesión de criaturas dotadas para el afecto, el sentimiento y el pensamiento, como uña y mugre. La escritura de Eduardo Galeano era un prodigio de síntesis poética, narrativa y ensayística. Todo le servía para escribir una historia: las noticias espantosas  que registran los periódicos, las conversaciones en los cafés y en las plazas, los escritos en los muros, las ocurrencias de la imaginación popular. Galeano hacía una vuelta de tuerca a las mentiras oficiales de la historia y creaba otra versión más humana, cotidiana y verdadera.

En su libro póstumo El cazador de historias, que acaba de publicar Siglo XXI Editores, una de las sorpresas de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2016, me encuentro con historias de todo el continente y algunas nos devuelven a Cartagena y a Colombia.

En una de ellas. “El héroe”, Fals Borda le contó que en la Guerra de los Mil Días, el general José María Ferreira avanzó en sentido contrario a sus soldados, en medio de una lluvia de balas. El general se refugió en el hueco de una enorme ceiba. Acorralado el general suplicaba aferrado a la dura corteza de la ceiba: “Ceiba, ceibita, no me abandones”. El general se sintió perdido, sintió desestabilizado todo su cuerpo y susurró: “Si la sangre huele a mierda, estoy herido”. Galeano remató la historia diciendo que solo la ceiba le escuchó sus murmullos, y solo ella “sabe guardar los secretos humanos”.

En su cuento “Niños que nombran”, se refirió a la experiencia fabulosa de Javier Naranjo que en sus talleres de poesía en las escuelas de Medellín, logró atesorar infinitas ocurrencias de niños  definiendo a su manera el mundo, una vivencia inigualable que le permitió seleccionar los escritos de los niños en el libro Casa de las estrellas. A Galeano  le conmovió que un niño colombiano definiera al universo como “una casa de las estrellas”. Y la palabra Lluvia  como “Jesús, cuando mea”.

En este libro póstumo Galeano nos revela sus secretos sobre el arte de contar historias, su vocación temprana por la escritura y el dibujo. Cada vez que firmaba un libro,  dibujaba un cerdito con una flor en la boca. Entrar a la primera línea de su libro es dejarse tomar por los milagros : “El viento borra las huellas de las gaviotas. Las lluvias borrar las huellas de los pasos humanos. El sol borra las huellas del tiempo. Los cuentacuentos buscan las huellas de la memoria perdida, el amor y el dolor, que no se ven, pero no se borran”.

Las confesiones

“Soy un hombre que nació una mañana al final del invierno del 3 de septiembre de 1940”, dijo Eduardo Galeano al ser entrevistado por El Universal.  “Soy Virgo. Ascendente Libra. Por eso tengo la voluntad de belleza. Por eso soy insaciable. Por eso soy un glotón de palabras y personas. Por eso me levanto cada vez que me caigo. Según los astros, mi tendencia es a meterme en líos. Porque soy de la casa de los peces. Perfeccionista. Condenado a la manía de la perfección por cazar un adverbio, un adjetivo. Yo solo estudié dos años de secundaria. Desde los doce años empecé a ser independiente”.

A los 20 años escribí una novela “Los días siguientes, con muchísimo esfuerzo. Cada día me cuesta más trabajo escribir. Súbitamente me siento triste, solo, pero descubro que escribir no es una pasión inútil”.

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