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Edy Martínez, la leyenda colombiana de la música latina

 El hombre viste, de manera impecable, pantalón oscuro, camisa verde pálido y zapatos cafés. La delgadez del cuerpo en el punto justo. La estatura de niño. El cabello cano y desordenado, los pasos leves y la mirada doblegada por dos párpados que parecen caer como cortinas pesadas sobre unos ojos que miran, desde hace 74 años, siempre entrecerrados.

Se llama Edy Martínez y los que esta mañana de sábado están aquí, en un auditorio del Centro Cultural Comfandi, casi todos músicos en ciernes, están a la espera de que el hombre aparezca, al fin, sentado frente al piano Baldwin, arriba del escenario.

Lo que está a punto de ocurrir es la charla magistral prometida como parte de la programación académica del Ajazzgo que culminó el fin de semana pasado. Edy Martínez, que hace solo un par de años regresó a Colombia —después de vivir 52 con su música entre Europa y Estados Unidos— es también el encargado de cerrar la versión número 14 de este festival, al que asiste por primera vez.

Son poco más de las once de la mañana, el hombre toma el micrófono, estira el cable hacia su cuerpo y comienza por preguntarles a todos los que están entre el público a qué llaman música. Es algo que hace siempre, confesará luego. Algunos hablan del poder de comunicar con sonidos. Alguien más alzará la voz para expresar que se trata simplemente de un estado de ánimo, que varía entre felicidad y tristeza. Otros más buscarán palabras técnicas para sorprender al maestro. Al final, después de 37 respuestas distintas, Edy Martínez sonreirá delante de todos para decir que la música es más simple y más compleja de lo que parece: “Es el arte de combinar los tiempos y los sonidos, que son infinitos. Y eso es a la vez un misterio, y es a la vez un regalo”.

Él comenzó a sospecharlo desde que tenía apenas 8 años y ya castigaba con sus manos pequeñas la batería de la orquesta de su padre, Manuel Martínez Polit, en la Bogotá de los años 40. Desde que su mamá hacía girar sus discos de Mozart y de Beethoven y su padre los suyos con los acordes del saxofón maravilloso de John Coltraine.

La sospecha se hizo certeza muchísimos años más tarde: Manuel Eduardo Martínez Bastidas, con tres premios Grammy, cuatro nominaciones más y 200 grabaciones, varias de ellas para la mítica Fania, sigue considerándose un aprendiz. “Es que todos los que nos dedicamos a esto nunca dejamos de ser discípulos de la música. El que crea que se las sabe todas ya, que ya todo lo creó, entonces que se dedique a crear otro sol con otros nueve planetas girando alrededor”.

*****

Quien lo llamaba desde Cali se identificó como Carlos Ospina, le dijo que era el dueño de La Topa Tolondra, un espacio relativamente nuevo en la ciudad para el disfrute de la salsa. Calle Quinta con 13. Pleno centro.

Que admiraba profundamente su música. Que conocía de sobra lo que había grabado con Barreto, con Mongo, con Palmieri, Tito y la Fania. Que coleccionaba como tesoros casi todos sus discos. “Tiene que venir, maestro”, le insistía.

El trato era simple y cariñoso: Carlos no solo pagaría el traslado de Edy Martínez desde Pasto, la ciudad natal del músico, —la que lo recibió después de medio siglo haciendo sonar su piano fuera del país—, sino que el día acordado, allí en La Topa, él, junto a varios melómanos y coleccionistas caleños, harían sonar algunas de sus composiciones más brillantes en el jazz y la salsa. La idea era que Edy contara, entre una y otra, cómo habían nacido, cuál era su historia.

La cita se cumplió el pasado domingo 25 de agosto. Carlos le llama Vinilo Sessions. Inició sobre las cinco de la tarde y se prolongó hasta la media noche. Un centenar de personas, entre bailarines, músicos y melómanos, acudió al llamado. En medio de la música se proyectaron algunas imágenes: carátulas de discos memorables grabadas por Edy junto a Puente, Barbieri, Gilliespie, Palmieri, Harlow. Edy en los tiempos de Espectaculares JES y la voz de Julio Sánchez Vanegas. Edy nominado a los Grammy. Edy en su piano. Edy grande a pesar de que camina por la vida con escasos 1,58 de estatura.

El maestro ahí, con su tono en voz baja, como si tuviera la costumbre de hablar en minúsculas, frente a un piano prestado por la orquesta caleña Clandeskina.

En algún momento de la noche se escuchó ‘Lejos de tí’, de Ángel Canales, y enseguida aquél corito pegajoso: “Puerto Rico, yo nunca dejaré de amarte”, cuyos arreglos, cómo no, fueron de Martínez.

Sonó ‘Risque’, ese arreglo en tiempo de bolero que Edy hizo para el Conjunto Libre del genial Manny Oquendo. ‘Indestructible’, de Ray Barreto, que interpreta Tito Allen, el ‘elegante de la salsa’, esa voz que terminó en las filas del músico puertorriqueño por recomendación del mismísimo Edy.

En La Topa se hizo girar también el disco ‘El baquiné de los angelitos negros’, álbum que Willie Colón creara junto al músico colombiano para una serie de televisión de Puerto Rico.

Y se escuchó, claro, ‘Rareza en guajira’, el temazo que salió de las entrañas del jazz, si se escucha desde lo estrictamente armónico, pero que sin embargo no pierde la esencia de la Cuba campesina.

Edy, fiel a la promesa hecha al otro lado de la línea, contó ese domingo cómo fue que ese disco —uno de los más celebrados de su vasto repertorio— terminó incluido en uno de los ocho álbumes que grabó con Barreto.

“Mira, Edy”, le dijo el percusionista un día de 1974, “me hacen falta como unos cinco minutos para completar el tiempo del disco. Tenés algo entre tus cositas, entre esas cosas que ensayas”. El tipo que aún se cree un discípulo en la música tenía algo a la medida: “Una secuencia armónica dividida en tres partes. Secuencia armónica, coro, secuencia armónica, coro, secuencia armónica, coro”.

Barreto probó, Barreto aprobó. Pero, ¿a qué sonaba eso en realidad? Ninguno de los dos lo sabía con certeza. El hermano de Edy —Juan Martínez, el único colombiano que tocó junto a Tito Rodríguez—, enterado del dilema en ese estudio de grabación, sugirió bautizarlo ‘Rareza en guajira’. El resto, ya lo sabemos, es historia. 

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