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El espíritu singular de José Abello

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Pintar como niño es quizá una de las mayores virtudes y dones de un artista.

Las pinturas de José Abello Vives (Santa Marta 1959-Cartagena 2013), se exhiben en la exposición El espíritu singular en el Hall St Pierre de París.

Se trata de la colección de Art Brut de la Abadía de Auverive (Francia), bajo el cuidado de Jean Claud Volot.

Las pinturas resplandecen en el recinto, como un sol desbordado en la penumbra.

José Abello pintaba como un niño, sin duda, la mayor virtud que pueda tener un artista: ser la resonancia de la perplejidad del planeta donde habitamos.  Su mente y su corazón mantuvieron vivo ese niño que en algunos adultos ha sido desterrado para siempre, después de los siete o nueve años. La niñez es un estado del alma.

José fue un maestro de arte y una criatura especial y excepcional en el mejor de los sentidos.  El asombro del niño que cruzó el medio siglo pintando con sus diez dedos,  incapaz de mentir porque José no era capaz siquiera de eso que mal llamamos “mentiras piadosas”. Era transparente e incapaz de albergar en su corazón algo que ensuciara sus emociones y sus relaciones humanas.

José Abello Vives era un niño eterno y un ejemplo de creatividad. Nada impidió que ese bello ser soltara los hilos de su imaginación para dibujar pájaros, paisajes, rostros, emociones y palpitaciones, y compartir su alegría de vivir y su sabiduría con niños de Cartagena y el Caribe colombiano. Recuerdo dos instantes  cerca a Gabriel García Márquez en 2006, cuando le enseñó sus dibujos, y otro momento con Enrique Grau. Presencié ese momento con García Márquez, quien cuando niño también dibujaba sobre las paredes de su casa de Aracataca, estimulado por su abuelo el Coronel Nicolás Márquez Mejía. La risa de los dos fue el encuentro de dos niños en  un sofá,  ante una obra de arte. El legado de José está vivo. Sus pinturas alegran la vida con solo mirarlas. Y el mundo vuelve a salir del barro de Dios cuando un artista crea bellezas. Las líneas y las formas no requieren de explicaciones, como quien mira el color amarillo o viaja a su infancia en el sabor silvestre de una balsamina. 

En estas pinturas uno percibe el alma limpia de ese eterno niño que retrataba emociones y paisajes. Conservo una mulata pintada por él, ese pájaro emblemático de Cartagena, que él dibujó sobre una baldosa. Las alas negras están desplegadas sobre un cielo azul. Cada vez que veo ese dibujo pienso en José. Y en la delicadeza para recrear este mundo.
 

Gustavo Tatis Guerra

gustavotatis@gmail.com

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