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El Rómulo Gallegos de un trabajador silencioso

Hablar con Pablo Montoya es fascinante. Es sencillo, cálido, dueño de un gran sentido del humor. Te cuenta anécdotas de su tiempo de estudiante de música, en Tunja, y cuando menos lo piensas te está adelantando el tema del libro que está escribiendo o de su siguiente obra.

Este es el comentario del escritor Esteban Carlos Mejía, quien más que un amigo muy cercano, cree que lo ha llegado a conocer por la lectura de sus obras.

Ahora, cuando Pablo Montoya recibe el Rómulo Gallegos por su Tríptico de la infamia, los escritores colombianos se regocijan de saber que la literatura colombiana gana, puesto que sigue siendo destacada en el panorama de las letras hispanas.

Fueron, postuladas, 162 obras de 17 países. Entre los siete finalistas estaban Piedad Bonnett con su libro Lo que no tiene nombre, Héctor Abad con La Oculta y Óscar Collazos con Tierra Quemada.

Nacido en Barrancabermeja en 1963, Pablo Montoya, profesor de la Universidad de Antioquia, tiene formación en música en la Escuela Superior de Música de Tunja y es graduado en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás de Aquino en Bogotá. Sin contar otros estudios de posgrado, que lo hacen un intelectual completo.
Con una alegría que no hubiera podido disimular, aunque hubiera querido, por la noticia del Premio, Esteban Carlos resumió la trayectoria de Montoya así:

“Fue músico de una Orquesta Sinfónica; después, poeta; después, novelista... Pero dicho así, parece que fuera un proceso. No, él lleva la poesía dentro de sí, desde siempre”.

El autor de Mentirás al prójimo como a ti mismo se atreve a sostener que entre los escritores colombianos actuales, él es el más erudito y sensible. Y hasta cree que no son pocos los que le tienen cierta envidia por esa misma erudición.

“Alguna vez, hace como tres años, participé de jurado de las Becas de Creación de Medellín, en compañía de dos escritores bogotanos. Después de leer los proyectos, les dije a ellos: «ya tengo un ganador: Los pintores». Ellos, de inmediato, dijeron: «¡Ese es!». De modo que todo estaba decidido. Nos fuimos a comer. Al día siguiente, el del anuncio de los ganadores del concurso, ellos me dijeron que estaban confundidísimos. ¿Sí estaría bien entregar un premio a una novela que hablaría de tres pintores franceses? ¿Eso no era demasiado para Medellín? Eran sus dudas. Les argumenté que si bien nuestra ciudad había estado signada por una larga historia de conflictos, no teníamos por qué premiar una historia violenta. Los convencí de que esa era la ganadora, sin saber que era de Pablo Montoya”, cuenta Esteban Carlos.

Y esta no es la única anécdota que, en tal sentido, cuenta Mejía. Otra vez, mucho antes del episodio anterior, en la Editorial Eafit le pasaron un manuscrito, sin ni siquiera seudónimo, para que dijera si ameritaba su publicación. Se titulaba Cuadernos de París. “Hermosísimo. De una fuerza narrativa extraordinaria. Escribí un informe en el que les decía: «¡publíquenlo!». A los meses, viendo libros en la librería, encontré: Cuadernos de París, por Pablo Montoya”.

Algo raro, muy musical

Cuando Juan Diego Mejía, el de Era lunes cuando cayó del cielo, conoció los cuentos de Pablo, sintió que algo raro había en ellos. Algo que bien podría relacionarse con su formación musical, en Tunja.

“Él lo conoce todo, es un erudito. Creo que su literatura merece un público mayor, pero no es comercial. Estoy feliz de que hubiera ganado el Rómulo y de pronto este premio ayude a darlo a conocer más”.

Y qué mejor que ese preámbulo para que ahora entre su esposa, Alejandra Toro, a decir lo que piensa sobre el premio de Pablo:

“Se lo merece en muchos sentidos. No hay persona que haya vivido la literatura con más pasión que él. Transmite la literatura como profesor, como escritor y en su vida personal”. Considera que no ha sido tan conocido, porque su obra tiene un carácter poético que actualmente no es lo que más interés genera en el mercado.

“Él ha sido constante, entregado, esa es su pasión. Tiene mucho mérito el recorrido de vida para llegar a este punto. Ha escrito por puro empecinamiento, porque él no vive de la literatura, sino como profesor, y de un tiempo para acá. Pero hubo una época que para sostenerse él tuvo que hacer muchos esfuerzos, para poder afirmarse como artista”.

Y revela que su esposo escribe siempre. Y aclara que escribir no es solo sentarse frente al computador: es también una tarea de leer, de pensar e ir construyendo. Él tiene una rutina de lectura y como persona creativa, todo el tiempo está pensando en función de eso que tiene ahí. Es muy artista en ese sentido. Él piensa cosas que tiene que decir, que se van configurando, hasta que se sienta a armarlas.
Ahora Pablo conversa

¿Por qué dijo que jamás pensó en ganarse un premio como este?

“Los premios últimamente les apuestan principalmente a figuras más públicas, más visibles, más comerciales o a literaturas digamos más mediáticas, lo mío no entra en ese registro, entonces por eso no pensaba que me fueran a dar un premio de esta categoría. Me honra y me enorgullece mucho porque, al menos yo creo, es el premio de novela más importante que se da en el ámbito hispanoamericano”.

¿Cómo se mira a sí mismo cuando lo definen como un autor difícil de leer?

“Es posible porque mis novelas y mis libros están muy relacionados con la pintura, con la música, con la fotografía, con la historia, y están permeados por ciertas reflexiones, pero yo pienso que estilísticamente mis libros son muy transparentes, no creo que haya gran complejidad en la manera en cómo están escritos. Hay una apuesta voluntaria al estilo poético que puede resultar un poco difícil para cierto lector, pero en cambio a otro es lo que le gusta. En todo caso lo que yo pienso es que soy un escritor colombiano que vive en Medellín, que tiene de alguna manera una relación con ese país, pero mis libros también juegan un poco a alejarse de esas realidades y a abordarlas desde ciertos ángulos que podríamos llamar excéntricos, no son centrales, sino que van afuera y tocan diagonalmente los grandes temas de la literatura colombiana. Yo no me he ausentado de la violencia, por ejemplo, pero no estoy inserto en esas maneras en que la literatura actual lo hace. Yo soy un escritor raro, que no entra en el rasgo característico del escritor colombiano”.

Tríptico de la infamia le dio gran dificultad escribirla...

“Es una novela de mucho trabajo, de mucha investigación, que me significó muchos viajes, muchas lecturas, no la saqué del bolsillo, como se dice. La escribí entre 2010 y 2014, pero en realidad la estaba pensando desde hace mucho tiempo. Es una novela que me ha dado una gran alegría como este premio. Inicialmente la empecé a escribir con un apoyo de una beca de la Alcaldía que me gané. Luego obtuve una beca del servicio internacional académico de Alemania, que me permitió estar cuatro meses en Europa, y allí fue donde la terminé”.

¿Cuándo descubrió a los pintores, que son los personajes centrales?

“Los descubrí en París, cuando estaba escribiendo mi libro Viajeros, entre 1995 y 1996. En él ya existe uno de esos pintores que iba a trabajar después en esta novela. Los descubrí en el ámbito de las bibliotecas de París, en el ámbito académico, había un profesor mío que trabajaba mucho este tema de los pintores europeos y su relación con la conquista de América, que es uno de los temas centrales de Tríptico. Todo este proceso de recrearlos, de darles vida duró muchos años y fue cuajando lentamente, porque uno a los fantasmas de la historia tiene que asimilarlos con lentitud, convivir con ellos, de tal modo que tú te metes dentro de ellos y haces que ellos se metan dentro de ti. Creo que más o menos eso pasó con estos pintores. Yo les di espacio para que se metieran en mi sensibilidad, yo quizás los sensibilicé a ellos, porque como son pintores de los cuales casi no había nada de sus vidas, y la novela es vida de estos pintores, sí les di mucha carnadura desde mi propia sensibilidad y vivencia”.

Dos de sus temas son el arte y la música, ¿por qué?

“Fui músico durante mucho tiempo y cuando decidí pasarme a la literatura, empecé a estudiar una maestría y un doctorado y siempre en mis trabajos de grado abordé la música y su relación con la literatura. Mi primer libro de cuentos es sobre músicos, entonces muy temprano me di cuenta que esa es una de las vetas de mis obras, pero más que la música y el arte es la relación que tiene el artista con la sociedad en que vive. Yo lo he trasladado más al pasado, pero siempre pensando que esas condiciones permanecen, esas condiciones conflictivas entre artista y poder, entre artista y sociedad conviven a lo largo de la historia. En realidad yo trato de actualizar, si se quiere, esas grandes constantes que uno percibe a lo largo de los siglos, es decir, el artista como representante distinto, especial en la sociedad en que vive, y esa personalidad o sensibilidad que tiene la capacidad de criticar o de vivir intensamente todos esos procesos dolorosos en que las sociedades humanas se transforman”.

¿En Medellín se siente un autor invisible?

“En Medellín me leen algunas personas, me he ganado esas becas, he sido publicado por algunas editoriales. Se ha generado una especie de inquietud por mis libros, pero creo que esos lectores son pocos, han ido aumentado con el tiempo al ver a ese Pablo Montoya tan trabajador que publica aquí, allá, que son cosas muy distintas, y eso genera cierta curiosidad y cierta inquietud. Yo no me siento invisible en Medellín, creo que es la ciudad que ha recibido mi voz literaria, que la está asimilando a su manera, por supuesto. Veremos qué pasa”.

Dicen que es un premio político, ¿qué le parece?

“No sé en qué medida está politizado al dar el premio a una novela como Tríptico de la infamia. En el caso mío no entiendo esa politización. Yo no envié la novela, eso lo hizo la editorial. No sé, lo que yo sí siento es que el premio Rómulo Gallegos está manejado por el Estado, pero creo no ha logrado incidir completamente, si se mira toda la historia del premio. Yo no soy chavista ni madurista, mi novela no tiene nada que ver. Lo que pretende es rescatar la figura del individuo, del artista en medio de sociedades que son arrasadoras por la violencia que ejercen sobre la sociedad civil. En mi caso no creo que haya politización. También el premio se ha inclinado hacia figuras literarias muy mediáticas, muy visibles, conmigo han hecho completamente lo contrario, porque de los finalistas creo que yo era el más invisible.”

SOBRE EL PREMIO VENEZOLANO

El Premio Rómulo Gallegos es un galardón que recuerda al político y escritor venezolano. Fue creado en 1967 y otorgado por primera vez en 1969 a Mario Vargas Llosa por su libro La casa verde. Al principio se entregaba cada cinco años, pero desde 1987 comenzó a hacerse cada dos años a escritores hispanoamericanos. Entregado en 29 oportunidades, con este reconocimiento a Pablo Montoya, Colombia es el país que más que más veces lo ha recibido: cinco, seguido por México con cuatro, Argentina y España con tres... El Premio, que será entregado en ceremonia que se realizará en Caracas el 2 de agosto, día del nacimiento del autor de Doña Bárbara, está dotado de diploma, Medalla de Oro y 100 mil dólares.



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