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El Sinú que fluye en poemas

El río  Sinú es nombrado por sus poetas desde diversas perspectivas.

No solo por la historia y la memoria que arrastra, sino por  sus mitos y leyendas, dramas sociales, arribos y arraigos.

Uno de los primeros poemarios significativos de la región sinuana, lo constituye Oro de guaca, de Luis Felipe Pineda (Chinú, Córdoba, 1891- Cartagena, 1961). 

El libro publicado en 1936 es celebrado por Rafael Maya, quien en el prólogo señala que estamos ante un “poeta americano a secas, con olor de monte y morbidez de cáscara madura”.

El río aparece en su poema Desde la vega, como un retrato híbrido: el río es el caimán y el caimán es a la vez el río que se arrastra.

Luce el caimán sobre la verde orilla

del río su magnífica armadura

y a un lampo vertical su lomo brilla

-hecho para el arpón de escama dura-

Abierta el ancha fauce hacia la altura,

bebe el sol la ardiente maravilla.

Comulga hostias de luz. Quién no se humilla

ante el lírico altar de la natura?

Surge cerca, un champa y, de repente,

el caimán que con ella se confunde

se arroja, y se sumerge en la corriente…

Y así, al mirarlos desde la amplia vega,

el saurio es un champa que se hunde

y la champa es un saurio que navega.

 

Ese mismo año, 1936, se publica el poemario Viñetas de Donaldo Bossa Herazo (Tolú, Sucre, 1904-1999), que canta en algunos de sus versos al río Sinú.

En uno de ellos, Primeras aguas, escrito en 1932, en la Estancia de los Donados, en Sierra Chiquita, el poeta es minucioso y singular al pincelar el paisaje de la siguiente manera :

 

Aún humea el café sobre la mesa

cuando ya cruje el techo bajo la gota gruesa,

y de los invisibles alambres sujetados,

oscilan los trajes, como ahorcados.

 

Ayes de la afanada mujer, que en la cocina

se duele porque un clavo su pollera asesina,

y precediendo al pavo barítono que traza

interminables círculos, se oye de la saraza

el bramido al rasgarse. Allá en la lejanía,

brilla seco y azul, el mediodía.

 

El Sinú de la historia y los ancestros

(...) El narrador, poeta e investigador Alexis Zapata Meza (Montería, 1952-Montería 2018) en su poemario Desiderio verano (Poema Post-Épico), publicado en 2012, Premio Nacional de Poesía Manuel Zapata Olivella, nombra la llegada de los conquistadores españoles, los viajeros ingleses, alemanes y franceses al Sinú.

El poemario de Alexis Zapata se remonta a los orígenes, en muchos de sus poemas, pero en especial en La ceiba roja: Este texto es un reclamo al despojo natural que emprenden los hombres de la antigua Inglaterra:

“Lo que le falta a quienes/ no aman a los árboles/ es tumbarlos/ y eso hicieron los hombres de la antigua Inglaterra/ desde de dejar peladas sus colinas en el siglo XVI/ se vinieron a América/pero ya en el siglo XIX/no tenían árboles en el nuevo patio/ y fue cuando decidieron arrancar para el Sinú/ como les faltaba rocío en las manos/ para saber de la sed de los árboles/ dirigieron las ganas en hacer puertas/ ventanas, mecedoras, mesas, escritorios, balcones, y hasta adoquines de calles románticas/ con la madera de acá/ como era escasa para lo que querían/ arrasaron lo nuestro, eso hicieron”. 

Esa historia de la tala de los árboles en el Sinú, está en la primera parte del poema. En el segundo párrafo, hay un retrato de lo que hacían los Zenúes, mientras los foráneos destruían el paisaje, ellos “tejían, trenzaban, pescaban, sembraban y recogían yuca, maíz, ají, tomate, ahuyama, plantas de la vida. Iban al monte a gritar/ para hacer trizas el silencio”. 

En el tercer instante del poema de Alexis Zapata, están las mujeres sinuanas, alumbrando la oscuridad de aquellas noches. El poeta precisa que “sus mujeres recogían luciérnagas, y cocinaban guartinaja, danta, venados y babilla. El monte era el gran misterio que respetaban”.

En el cuarto momento del poema, el autor nos revela la fatalidad de aquellos despojos en la comunidad y el entorno sinuano: Perdidos los árboles, se acabó “el misterio del canto de la pava congona/ de la fiesta de las luciérnagas en el cabello de las mujeres/.

En el quinto momento del poema, el despojo se vuelve demencial e infernal: se extinguen los manjares de la tribu: “la comida se volvió rancia y las cucharas de palo se cuarteaban”, y los invasores que ya habían devorado la tierra, sus frutos y sus árboles, arremetieron con las mujeres. El final del poema, es otra metáfora sangrienta de la degradación del ser en la naturaleza: “Fue así como la ceiba que era blanca se volvió roja”.

Esa expoliación de la tierra es uno de los aspectos que rescata Alexis en su larga epopeya del Sinú: la muerte de miles de cedros, caobas, ceibas, robles, carretos, dividivi, y con la desaparición de los árboles, la extinción del mono aullador, la pava congona, la guartinaja, el jaguar y el venado.

El Sinú, conciencia americanista

El novelista José Luis Garcés (Montería, 1950), logró reunir la memoria dispersa de ese mapa cultural en su libro Cultura y sinuanología, publicado en 2002, y ha sustentado su visión de que “el Sinú es nuestro árbol. La historia total del Sinú son nuestras raíces”. 

Un río-árbol con una memoria prodigiosa que se sumerge en las aguas y se enraiza en la hondura de la tierra, pero asciende en su ramaje hacia el cielo.

Los Zenúes no escribieron aparentemente un libro, pero lo tejieron, lo moldearon, lo concibieron más allá de las palabras, y su cosmogonía no tiene nada que ver con otras cosmogonías, su singularidad no cabe en el alfabeto convencional, es allí en esas formas diversas de su lenguaje mítico donde hay que encontrarlos.

Pasaron muchos siglos para que esa mirada inicial de los Zenúes, permeara la conciencia y la imaginación de los sinuanos.

(...) El tono terrenal, americanista de la poesía en el Sinú, lo encontraremos más tarde con nuevos matices en Guillermo Valencia Salgado (El Sabanal, Montería, 1927-Montería, 1999), quien inicialmente asimila y comparte aportes y visiones de Candelario Obeso y Jorge Artel, y luego, de la poética del chileno Pablo Neruda.

El Sinú, había sido incorporado desde una perspectiva social en la narrativa de Manuel Zapata Olivella (Lorica, 1920- Bogotá, 2004), como escenario de conflictos con los terratenientes y los campesinos sembradores de arroz y maíz, en su primera novela Tierra mojada (1947), prologada y elogiada por el peruano Ciro Alegría.

Valencia Salgado se vuelve visible en el panorama artístico y literario de Colombia en la década del cincuenta, primero como actor y folclorista en la naciente televisión colombiana y luego, en 1958, al ganar un segundo premio en el Concurso Mundial de Poesía en Praga, Checoslovaquia, por su poema Préstame tu corona, niña.

El Sinú, arribo y arraigo

En su primer poemario Noticias desde otra orilla (1985), de Jorge García Usta (Ciénaga de Oro, Córdoba, 1960-Cartagena, 2005), el poeta inicia la construcción de un universo de cuatro mundos: sus ancestros árabes y sinuanos, y su relación con el Caribe, en Cartagena.

La orilla es lo innombrado, lo escamoteado, lo invisible, lo anónimo, lo despreciado Orilla-paisaje fluvial y oceánico, Ciénaga de Oro, río Sinú y Cartagena. Aldea y mundo.

En su poema Invitación a Vanesa Redgrave, nos revela que en las aguas del Sinú pueden fluir los milagros de América y Europa:

Usted no conoce el sol del Sinú

Allá los hombres se visten de ropa fuerte

Hasta enero son mansos los ríos

Y amanece la mano del hombre, ancha y corta

Como una hoja feliz (a usted le gustará)

Dando color de madera al día.

En su tercer poemario: El reino errante. Poemas de la emigración y el mundo árabes (1991), emprende una travesía histórica desde 1887 hasta 1974. Son voces de los inmigrantes árabes, en su arribo y arraigo. Se inicia con La salida, en el campo de Damasco o Beirut (1887). 

El viajero árabe intuye que hay otro mundo más allá de él, otras tierras “donde ya no cabe más soledad”, pregona “la fe de los limones y el designio de los creyentes”. Y reclama escuchar la voz del padre antes de emprender el viaje y concluir que “llevaremos lo que, ahora somos: una maleta, cuatro cuerpos y memorias”. 

El poeta descifra los dos mundos culturales con un prodigioso manejo de la metáfora paradojal: En Bechara Chalela narra la entrada al Sinú (1910), precisa que al llegar a las nuevas tierras vieron un río que “era un dios servicial”, y los indios desnudos en las prieturas del mundo nos daban de beber las filosofías del cáñamo, el habla de un maíz antiguo, como la disciplina del desierto”. 

Descubren un nuevo sentido de la vida y de lo festivo, como en el poema Samir Saer mira bailar en las Antillas (1915): “Si la noche está herida, bailan. Si el caimán se aloca, bailan. Si el río agoniza, bailan. Bailan porque el mar y porque la muerte”. 

La nostalgia se enriquecerá con los hallazgos del arribo: “Cada hombre pagara las lunas de la errancia”, revelaran las Cabalas de Yulema Yidi, para comprobar que luego de dejar el desierto, la soledad de las tierras ha quedado sembrada dentro de cada uno. El retrato magistral del poema Balada de Teresa Dager, es certero en sus imágenes y en sus exactitudes: “Teresa Dager sueña sola en el piso 15 rodeada de zafiros derrotados”. Ella es “mitad cedro, mitad canoa”.

El primer poema del cuarto poemario: Monteadentro. Poemas de la sinuanía (1992), nos introduce al espíritu de la poética de Jorge García Usta:

“Estas ceremonias no me corresponden. Lo mío está lejos y roto”. ¿Qué está lejos y qué está roto? La memoria ancestral de los africanos, de los árabes, de los indígenas y de los europeos, las cuatro memorias en las que se sumerge García Usta. 

Hay poemas magistrales en Monteadentro: Epopeya forjada en la voz colectiva de Ciénaga de Oro que encuentra una alta sabiduría popular que fluye por el río. “Una sabiduría carnosa que anula las podredumbres del Oro”, sentencia el poeta en su poema Ciénaga de Oro: “Sé que, si Chía Guzmán riega el orégano, los saberes del río sabrán flotar sobre sus aguas. Si Chavela Villegas sale a bailar, el deseo incendia su propio reposo. Si Johnny Sáenz y Pablo Flórez cantan, el matarratón tendrá que florecer”.

“Mi corazón es obra municipal. Me conformo con músicas baldías”, declara el poeta, viendo el río que pasa y divide el pueblo “en dos lonas amargas”, el poeta se sabe hijo de las aguas del río: “tengo la edad del río final. Mi muerte tiene sus canoas reglamentarias”. 

Al asomarse a sus orillas, ve a las muchachas en el preludio de su asombro que “descubren la violenta rapsodia de sus pezones”.

El Sinú, nostalgia de dos mundos

De esa herencia estética que asimila y confronta las voces del pasado, que dialoga entre el Mediterráneo, el Caribe y el Sinú, surgen nuevos matices del intimismo, el drama existencial y la relación con la naturaleza, y con los ancestros árabes.

Es el caso de Raúl Gómez Jattin (Cereté, 1945- Cartagena 1997), que va más allá de la nostalgia de sus ancestros árabes y sinuanos, y se remonta a dialogar con la heredad universal.

Toda su obra poética transcurre en Cereté y en el mapa humano y mítico del Sinú, abierto al mundo. Sus cinco poemarios básicos y esenciales son Poemas (1980), Retratos, Amanecer en el valle del Sinú (Tríptico cereteano, 1998), Hijos del tiempo (1992) y Esplendor de la mariposa (1993). 

Su poesía es también el arraigo y el arribo al universo sinuano.  

Raúl ve en las aguas del río y en las nubes, la historia de los hombres. 

El Valle del Sinú fue su paraíso,  su reino sagrado, mítico, místico, existencia y emocional. 

Y desde sus aguas, dialogó con el universo. 

Su poética panteísta no es la nostalgia de un reino perdido, ni de un dios esquivo. Es la eternidad que percibe en la naturaleza, y en las criaturas que le rodean. Él se siente un Dios en su valle.

El río es más que un paisaje de región, es un espejo con reflejos poliédricos. 

Es un sujeto que interpela a sus habitantes. 

Es un espíritu y tiene sus propios designios en Raúl Gómez Jattin. 

Es un sujeto que conoce las memorias del corazón en Luis Roberto Mercado.

Ese mismo río es memoria colectiva, descubrimiento del ser y los ancestros árabes y sinuanos en Jorge García Usta. 

Ese río es la fuente que nos devuelve a los ancestros de los zenúes en Alexis Zapata. 

Ese río es puente de arribo de españoles, árabes, franceses. Aldea y universo. 

Ese río es espejo del universo en Gabriel Ferrer.

Ese río es tránsito a las deidades yorubas en Manuel Zapata Olivella.

Ese río es memoria de los cuerpos que transitan por la ciudad en José Luis Garcés.

Ese río es también espejo de los conflictos, violencia y despojos de la guerra, en Andrés Elías Flórez Brum.

Ese río es arribo y arraigo conjugados en Félix Manzur Jattin, quien asume la llegada de los árabes al Sinú como historia incesante, que fluye entre dos mares y dos culturas, distantes y distintas, que se juntan e hibridan en una historia común, bajo el cielo sinuano. 

Él no tiene nostalgia del retorno. Sabe que el Sinú es y será su morada:

“De la mítica y milenaria Fenicia/ desde el valle de Beecka, de Tiro y Sidón, tierras de cedros y aceitunos/ de nieve y ventisca/ de la cruz, Torá, y la media luna/ de dátiles y mar Mediteráneo/ llegaron mis abuelos árabes y mis padres”, evoca Manzur Jattin en su poema Mis ancestros.

“Recia y laboriosa estirpe/ descendientes de aventureros/ y navegantes/ cartagineses de sangre/ y corazón valiente/ surcaron el hambre/ y la esperanza/ por océanos bravíos/ el sueño americano/ las fértiles praderas/ valles, ríos, montañas del prodigioso Zenú/ y el famoso y ambicioso El Dorado, motivó la fantástica odisea/

Descendiente soy/ del Oriente indomable, andariego y libertino/ de la patria de Gibran, el poeta místico/ del cedro milenario que construyó el templo de Salomón/ Descendiente soy del paraíso americano/ que me vio nacer/ de la tierra ardiente/ que sangre caribe me dio/ del Sinú mágico que me vio crecer/ de un océano libertario/ donde mis cenizas aposentaré”.

 

El río nombrado por los Zenúes

El río fue nombrado por sus propios nativos, como Zenú, pero en la escritura oficial hasta nuestros días, se transformó en Sinú. El nombre más allá de aludir sinuosidades, vueltas y espirales en su corriente, es también el nombre de la tribu.

El río fue desde sus orígenes, antes de la llegada de los conquistadores españoles, paisaje natural y espiritual de los Zenúes.  Desde un principio, fue doble fuente de abastecimiento de la vida de la comunidad, manantial de su génesis, manjar, lluvia horizontal de las liturgias, cuna, canoa para el tránsito, puente de comunicación, puerto de arribo y arraigo, territorio supremo de la tribu y espejo de los ancestros.

Exuberancia virgen y fecunda, explorada y magnificada por los nativos. Cuando los Zenúes eran los guardianes de su río, jamás se inundaron, jamás se les desbordo el río. Ellos fueron ingenieros naturales en el diseño de los canales para domesticar los inviernos y fertilizar los veranos. Las inundaciones empezaron con el despojo de los territorios indígenas en manos de los españoles, con el enfrentamiento y aniquilamiento de sus habitantes ancestrales, y con la codicia territorial que antepuso lo privado a lo público. Un doble despojo de lo natural, lo humano y lo cultural que también implicó el holocausto de sacerdotes y líderes miembros de la tribu.

El río fue siempre para los primeros habitantes del Sinú, algo más que un espejo para asomarse al horizonte de los ancestros. La primera metáfora del río la concibieron los mismos Zenúes en las noches remotas de la antigüedad. Precisa el antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff que los zenúes aparecieron hacia el año 1.120 a. de . C.
Como toda metáfora, la mirada de los Zenúes fue la adivinanza de un universo desconocido, de una jerarquía y una pureza amenazada, que parecía sostenerse con la sola ánima de sus dioses tutelares.

 

 

* Fragmentos de la conferencia "El Sinú que fluye en los poemas",  presentado el 12 de junio, en la Biblioteca Juana Domínguez, en la celebración de los  242 años de la fundación de Sahagún, acto organizado por la Alcaldía de Sahagún y apoyado por la Cámara de Comercio de Montería.  



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