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Estos son los libros más difíciles de leer

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Un raro honor ostenta El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: muchos lo citan, todos lo elogian, pero no tantos lo han leído y menos lo han leído completo.

Sin embargo, es indiscutible que su grandeza lo hace merecedor de una gloria escasa en el universo literario: muchas escenas, así como numerosos dichos, refranes y chascarrillos se han salido del libro para vivir en el mundo, como fieras que se escapan de su jaula en la que tal vez estaban un tanto estrechas.

Así, una persona no tiene que haber leído esta novela para que cite con detalles la lucha del caballero contra los molinos de viento, o para que, en medio de una conversación incluya: "ladran, Sancho. Señal de que cabalgamos", y sepan que Dulcinea del Toboso era la amada de Don Quijote, la mujer a quien dedicaba sus hazañas.

¿Por qué muchas personas no terminan de leer el Quijote? Tal vez su extensión amedrente a los lectores. Otros dirán que los vocablos viejos los espantan.

Muchos ni siquiera intentan abrir su tapa por vez primera porque de ella cuelga un san benito invisible: como fue escrito en el siglo XVII, los lectores potenciales se desaniman, imaginando que habrán de encontrarse con un lenguaje que de seguro no van a entender o les va a costar trabajo hacerlo.

Tedio, densidad, dificultad, confusión, ninguna identificación con la narración, miedo... Muchas pueden ser las razones para desmontarse de un relato.

En casi todas las listas de los obras literarias que las personas abandonan sin terminar está Ulises, de James Joyce.

Y en el argumento que esgrimen para explicar su actitud quienes claudican, es que no lo entienden.

Ese libro, publicado en 1922, sobre el cual lectores, críticos y académicos aseguran que es una de las cumbres de la literatura del siglo XX, narra un día en la vida de Stephen Dedalus y de Leopold Bloom, en Dublin.

Un día cualquiera, el 4 de junio de 1904, escogido por el autor, según se sabría posteriormente, porque en esa fecha ocurrió la primera cita con quien se haría su esposa, Nora Barnacle.

Quienes son dados a buscar vínculos de esos personajes con los de la llamada vida real, dicen que ambos son alter egos de Joyce: Bloom, del Joyce viejo; Dedalus, del joven.

Cada uno
tiene los suyos
"¡Muchos! —Exclama el periodista Juan José García Posada—. Son muchos los libros con los cuales me ha sucedido eso de no poder continuar leyéndolos. Así, que recuerde en este momento, Baudolino, de Umberto Eco".

Uno a veces, explica lo que le sucedió en este caso, se deja engañar por la novedad, por el nombre del autor, por la moda impuesta por la industria editorial.

Baudolino —cuenta quien claudicó en su lectura— es la historia de un joven labriego del Piamonte, que transcurre como por la época de Marco Polo...

"No me pasa igual con las otras novelas de Eco: El nombre de la rosa, La isla del día de antes, El péndulo de Foucault... son fabulosas".

Y en su lista personal de intentos fallidos, García Posada incluye dos novelas de Fernando Savater: Los invitados de la princesa y El gran laberinto.

"Savater es un gran ensayistas —concede el periodista— pero pésimo novelista".

"El mío es Crimen y castigo —revela el narrador Juan José Hoyos—. He intentado leerlo unas cinco o seis veces, pero no he podido".

Y la suya es una razón absolutamente clara: le da miedo. "Hasta el nombre del personaje, Rodión Raskólnikov, me produce espanto".

Ha leído otras novelas del escritor ruso y ensayos alusivos a ella; ha leído El proceso, de Franz Kafka, en el que se retoma parte del asunto, pero Crimen y castigo... no logra terminarla.

La primera vez que comenzó a leer esta novela de Fiódor Dostoyevski, estaba en sexto bachillerato —hoy, undécimo grado—, "atravesaba una época difícil de mi vida. Y cuando la leo de nuevo, vuelvo a revivirla. Tal vez sea por eso que se me dificulte", dice Hoyos, intentando hallar una explicación para ello.

Se fuerzan a leer
"Changó el gran putas —revela Cristóbal Peláez, director del Teatro Matacandelas—. Recuerdo que me lo recomendaron. Yo había leído otras obras de Manuel Zapata Olivella, Chambacú, corral de negros; He visto la noche; Tierra mojada, que me habían gustado y esto contribuyó a que comenzara a leer aquella. Pero no fui capaz de terminarla".

El bostezo abrió la boca e irradió a los ojos del Director de Escena con su efecto de lágrima, cuando iba en la página diez de Memorias de mis putas tristes. Y volvió a sorprenderlo en alguna página de Vivir para contarla, ambas de Gabriel García Márquez.

Y cuenta que con De parte de las cosas, del francés Francis Ponge, le sucedió algo curioso: tenía ese libro de prosa poética en el cual el autor habla de objetos cercanos como las naranjas y los cigarrillos, lo empezaba a leer y no le encontraba mayor gusto... Hasta que un día lo leyó con un deleite, que parecía que no fuera el mismo —él o el libro, uno de los dos había cambiado—.

Por su parte, Marco Schwartz, escritor y ahora director de El Heraldo de Barranquilla, dice que su libro sin terminar es Bajo el volcán, del inglés Malcolm Lowry.

Lo ha empezado varias veces en por lo menos 30 años, pero nada que llega al final. Lo suspende y, al tiempo, vuelve a empezarlo.

"Tal vez me está reservado un gran momento en el futuro, cuando pueda disfrutarlo plenamente".

Sabe que hay múltiples razones por las cuales uno abandona una lectura y tiene claro que él no se fuerza a terminar ninguna, si no lo seduce.

A propósito de este comentario, volvamos a Juan José Hoyos, quien recuerda dificultades con Ulises. Pero consiguió una edición con traducción y estudio preliminar de José María Valverde, que al final de cada capítulo tenía una especie de sinopsis, que le sirvió de guía de lectura.

Otro que se forzó a leer una obra fue Juan José García Posada. "Como un reto me impuse La montaña mágica, de Thomas Mann. Me la recomendó mi papá. Al principio, las reflexiones me parecían difíciles de aguantar. La terminé y escribí sobre ella".

Listas de libros abandonados hay millones. "Porque eso de que uno tenga que dejar la lectura de un libro sucede con frecuencia a todos los lectores del mundo", dice Cristóbal Peláez. Al fin de cuentas, eso depende del gusto. 

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