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Etapa final de Simón Bolívar en Cartagena, 1830

Hoy 15 de junio se conmemora una fecha más de la creación del departamento bautizado con el nombre del Libertador Simón Bolívar, quien en varias ocasiones llegó a la ciudad. Aquí también sufrió episodios de su penosa enfermedad. De esa guisa es bueno que sucintamente hagamos un relato de ese doloroso itinerario. (1)

Simón Bolívar llegó a Bogotá el 15 de enero de 1830 para instalar el Congreso Admirable. Ese día fue objeto de un gran recibimiento; a pesar de tan grandioso homenaje, se le notaba la tristeza. El Libertador estaba disminuido físicamente, la enfermedad era evidente. En la instalación del Congreso hubo una misa solemne en la Basílica, las tropas le rindieron honores militares. Después se dirigió a ocupar la silla presidencial; terminada la ceremonia el Libertador se retiró del recinto.

El secretario del Congreso dio lectura a la proclama que anunciaba su dimisión con un mensaje del siguiente tenor: “¡Conciudadanos… hoy he dejado de mandaros. Al terminar mi carrera política a nombre de Colombia os pido, os ruego que permanezcáis unido para que no seáis los asesinos de la patria!”. Días después se trasladó a Fucha, población en la que recibía a los diputados, personas notables y amigos. El 8 de mayo de 1830 se despidió de Manuela Sáenz y partió con destino a Cartagena; se detuvo en Guaduas, escribió algunas cartas; después prosiguió hacia Honda por un camino difícil, sobre todo para alguien que estaba muy enfermo. En este trayecto recibió la ayuda del edecán coronel Belford Wilson. El 16 de mayo salió de Honda embarcado en un champan. Por el río Magdalena, se dirigieron a Mompox, Zambrano y Barranca.

En el trayecto sus malestares se acentuaban, sobre todo en la noche, lo que obligaba a retrasar el viaje. El 25 de mayo arribaron a Turbaco, allí permaneció un mes, más tarde a Cartagena, el general Mariano Montilla lo alojó en la casa del Marqués de Valdehoyos. En Cartagena,  estuvo varios días, pero decidió trasladarse a un lugar campestre, y escogió la casa del señor Judah Kingseller, en el Pie de la Popa, en el “Camino Arriba”,  en un sitio donde hubo un gran aljibe conocido como el Albercón.

Juan Pavejeau le comunicó al general Mariano Montilla que en Santa Marta residía el doctor Alejandro Próspero Reverend, sugiriéndole a la vez que era necesario trasladar al Libertador a Soledad, para de esa manera lograr que el médico viajara hacia allá y tratara al enfermo.

Mariano Montilla le organizó un homenaje a Simón Bolívar, a pesar de su mal estado de salud. Bolívar aceptó asistir al mismo. Al llegar fue recibido con exclamaciones de júbilo: “Viva el Libertador”, lo que le levantó el animó. En la casa del Pie de la Popa convergieron: el Prefecto del Departamento, el comandante General y el Estado mayor, jefes y oficiales de la guarnición. La Casa del Pie de la Popa era el Cuartel General de la Nación. El Prefecto saludó al Libertador, Bolívar contestó con un discurso que aún es inédito. (2)

El discurso fue publicado en el periódico “El Sol de México”, el 3 de septiembre de 1830 y en Colombia por Gustavo Vargas Martínez en “Credencial Historia”. Edición de 30 de junio de 1992. Según Vargas Martínez, El Libertador permaneció en Cartagena; el 1 de julio recibió la infausta noticia del asesinato de Antonio José de Sucre, el Mariscal de Ayacucho en las montañas de Berrueco, lo cual afectó aún más su salud. A pesar de su situación, estaba pendiente de la presencia del general Páez en Venezuela e insistía en organizar un ejército en Santa Marta, para atacarlo. El 2 de octubre, en Turbaco le escribió una carta al general Urdaneta.

Entregó su archivo personal a Juan Pavejeau para que lo llevara a París, y así evitar que cayese en manos enemigas. Se insiste en la presencia del doctor Reverend que es llevado a Soledad y allí lo examinó por primera vez el médico francés.  En esta casa el Libertador permanecía en una hamaca, con muy poca ropa debido tanto al calor ambiental como a la fiebre que experimentaba su cuerpo; otras veces usaba bata y pantuflas y conversaba con los vecinos. Le dictó los borradores de su testamento al escribano Nicolás Mariano de Paz. También escribió 23 cartas.  El 28 de octubre de 1830, celebró su último onomástico, asistió a una misa en su honor en la iglesia de San Antonio de Padua y a una cena, ofrecida por el señor Pedro Juan Visbal.

El 11 de octubre aceptó que lo viera el medico Santiago Gastelbondo, médico cartagenero, que viajó a Soledad para atenderlo. “Yo sé y los profesores me lo han aconsejado, que debo navegar en el mar para remover mis humores biliosos y así limpiar mi estómago por medio del mareo lo que para mí es un remedio infalible, ya que no puedo vencer la repugnancia de tomar remedios por la boca”. A pesar de su resistencia a los médicos, el 17 de octubre le escribe al General Mariano Montilla: “Necesito con mucha urgencia a un médico y ponerme en curación formal para no salir tan pronto de este mundo, por lo que no me costaría mucho, pues yo me he quedado contra toda mi voluntad en este país y no sé a punto fijo si me sería muy sensible morirme con tal de salir de Colombia”. El 31 de octubre lo visita nuevamente el doctor Gastelbondo y el Libertador escribe: “Mi salud se ha deteriorado tanto que realmente he llegado a temer que moriría; por este motivo tuve que llamar al médico del lugar para ver si me hacía algún remedio, aunque no le tengo la menor confianza en su capacidad y voluntad; pero el pobre me ha levantado de la cama dándome una fuerza ficticia, pero dejando las cosas como estaban porque no hay ningún medicamento para quien no lo toma, pues esta es mi mayor enfermedad y lo peor es que es irremediable, porque prefiero la muerte a las medicinas: ni aún la coacción del dolor me persuade, pues les tengo una repugnancia que no puedo vencer”.

Recibió una carta de don Joaquín de Mier en la que ofrecía su ayuda y ponía a sus órdenes la Quinta de San Pedro, gesto que Bolívar agradeció con alguna reserva debido a la nacionalidad española de Mier y especialmente porque Santa Marta siempre fue fiel al rey Fernando VII; pero una segunda carta de don Joaquín de Mier y el envío de vinos, cervezas y libros, decidieron que el Libertador aceptara la cordial invitación. Lo trasladaron a Barranquilla el 8 de noviembre y se alojó en la casa del señor Bartolomé Molinares, hoy Paseo de Bolívar.

El 10 de noviembre lo visitó don José Vallarino; después de una breve conversación Bolívar entró a su alcoba y salió con una caperuza en su cabeza y dirigiéndose al médico, le dijo: ¿Le parece a usted que voy bien? “Sí señor - le respondió - continúe Ud. los baños y procure alimentarse para restablecer fuerzas”. El doctor Gastelbondo vio el caso muy grave, dio un mal pronóstico y aconsejó al Libertador embarcarse, como se había proyectado. El 23 de noviembre Bolívar escribió al General Montilla: “Mis males van de peor en peor, ya no puedo con mi vida, la flaqueza puede llegar a más. El médico me ha dicho que pida un buque para ir a Santa Marta o Cartagena pues no responde de mi vida dentro de poco”. El 28 de noviembre fue llevado a Sabanilla para trasladarse a Santa Marta en el bergantín Manuel, enviado por el señor de Mier.

Para esa época La Goleta U.S.S Grampus estaba ubicada en Sabanilla, comandada por el Capitán Isaac Mayo, el cirujano George McNigth quienes ofrecieron sus servicios al Libertador para llevarlo a Santa Marta; dicho ofrecimiento fue rechazado. Arribaron a las siete de la noche y fue recibido por una multitud. El aspecto del Libertador no era bueno y debió hacer un gran esfuerzo para agradecer el cordial recibimiento. Estaba deshidratado y vomitó durante todo el viaje, no podía mantenerse en pie y debió ser bajado sentado en una silla de baqueta  llevado al Edificio de la Aduana, allí tenía preparada una habitación con una hamaca y una ventana que le permitía observar el panorama. Monseñor María Estévez dio aviso al doctor Reverend del arribo de Bolívar; el médico de inmediato fue a visitar al libertador en la casa de la Aduana.

Informe de Reverend
Diciembre 1 de 1830. Cuerpo muy flaco y extenuado, el semblante adolorido, y una inquietud de ánimo constante. La voz ronca, una tos profunda, esputos de color verdoso. El pulso igual pero pequeño. La respiración laboriosa. Las frecuentes manifestaciones de dolor del paciente indica padecimientos morales. La enfermedad me pareció ser de las más graves y mi primera opinión fue que tenía los pulmones dañados. Le indicó solamente unas cucharadas de un elíxir pectoral compuesto en Barranquilla. Agregó el doctor Reverend, que lo alentó el modo benigno como me trató el Libertador, diciéndome que, por un amigo suyo, el señor Juan Pavejeau, sabía que podía tener confianza en mí y que, a pesar de su repugnancia a los auxilios de la medicina, él tenía la esperanza en que yo lo pondría bueno por ser su cuerpo virgen en remedios. Hablaron en castellano y francés. Reverend contó la siguiente anécdota: “Una vez que estábamos solos, de repente me preguntó: “Y Ud. ¿qué vino a buscar a estas tierras? -la libertad. - y Ud., ¿la encontró? - sí, mi general. -Ud. es más afortunado que yo, pues todavía no la he encontrado…”. Con todo añadió en tono animado: “Vuélvase Ud. a su bella Francia… pues no se puede vivir en este país donde hay muchos canallas (sic)”.

Fue esta la única vez que oí salir de la boca del Libertador palabras mal sonantes contra los ciudadanos…Una noche en medio de los delirios de la fiebre, se le escaparon estas palabras entrecortadas: ¡vámonos, vámonos!... esta gente no nos quiere en estas tierras… vámonos muchachos… lleven mi equipaje a bordo de la fragata. Seis días después fue trasladado del Edificio de la Aduana a la Quinta de San Pedro. El médico Reverend consignó: “Está bastante amodorrado… se observa un sensible embotamiento en el ejercicio de sus facultades intelectuales”. El 12 de diciembre: “Amaneció menos despejado que el día anterior”. El 13 de diciembre “está más abatido que los días anteriores. El 15 de diciembre “un sopor continuo se ha apoderado de su excelencia”. El 16 de diciembre: “Nunca había llegado su excelencia a tan sumo grado de postración”. El día 17 de diciembre el médico Reverend reveló que hablaba de modo confuso, la respiración era estertorosa, la muerte era inminente, pulso imperceptible, la cara hipocrática, supresión total de orines. A las doce empezó el ronquido y a la una fallece a los 47 años de edad.

(1) La ruta final del Libertador: boletín Historial n° 174 de 2013.Volumen 77.

(2) Discurso inédito:dmorond@gmail.com

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