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Fernando Denis enciende las lámparas

Hace más de veinte años, en 1997, leí por primera vez a un poeta que empezó a deslumbrar a sus lectores, con un libro breve pero poseído por una antigua e iluminada promesa: La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner, de Fernando Denis (seudónimo de José Luis González Sanjuán, 1968).

Poetas consagrados de Colombia se aventuraron a decir que se trataba de uno de los mejores poemarios publicados en el siglo XX en el país. Pocos meses atrás, en aquel mayo de 1997, había muerto en Cartagena, el poeta Raúl Gómez Jattin, el más grande poeta del Caribe que cerró con llave de oro el siglo de la poesía colombiana, en la misma ciudad donde Luis Carlos López había sido ya en la primera mitad del siglo, el mejor poeta de Cartagena, y uno de los grandes de la historia literaria nacional.

Una noche, días después de la aparición del libro, conocí al poeta en la Feria del Libro de Bogotá, aún con las sombras de las noches errantes y la huella de una voz singular de un ser de apariencia frágil, tallado por la noche, que parecía haber venido de un bosque desamparado y tormentoso. Desde ese instante, nuestra conversación se inició con la magia inagotable de lo que no cesa, como si él y yo, desde niños, hubiéramos jugado a elevar cometas bajo el cielo de agosto en las ciénagas del Magdalena Grande o sobre la luz dorada del río Sinú viendo llover peces.

La vida nos deparó el milagro de viajar juntos a esas aguas tras la ruta de la casa perdida de la infancia y reencontrarnos con sus padres a los que había dejado de ver hacía muchos años, desde que salió de casa como José Luis González y regresó al viejo mercado de Ciénaga y a la casa natal, convertido en Fernando Denis, para asombro de su madre y su padre. En el rostro del niño ya estaba el perfil del ángel que susurraba sílabas de oro, y los dos tuvimos el raro misterio de entrar a la casa del tiempo como quien entra en el corazón de los seres y las cosas que permanecen intactas, siempre esperando el milagro que las nombre o las celebre.

¿Cómo está mi hijo?- me preguntó el padre y la madre en secreto.

"Muy bien", les dije para consolarlos de la larga ausencia. "El hijo pródigo está lleno de bendiciones. Tienen a un ángel en casa, iluminado por la poesía".

No podré olvidar aquel abrazo de sus padres y aquella luz de la ciénaga que tenía nostalgia del niño que se había ido. Una luz liviana que preguntaba por sus huellas, por sus adivinanzas del barro, la orilla y el cielo. En verdad, nunca se fue. Solo salió a conversar con otros mundos para convencerse  a solas, que en las aguas de la Ciénaga estaban cifradas las intuiciones y las visiones de William Turner, las nostalgias del color amarillo en los párpados de Borges, o las inusitadas simetrías del tigre en la mirada de William Blake.

A lo largo de estos años, él mismo ha afinado con nuevas clarividencias, aún más, su propia voz y su destino de vidente de la poesía del mundo.

El deslumbramiento que tuve al conocerlo es que Denis solo se parece a sí mismo, y solo vive en la metáfora. No hay un mapa donde puedas hallarlo, porque para encontrarse con Denis, hay que emprender un largo viaje, y hay que ir tras el color y la música de sus palabras. No solo se sabe de memoria a los poetas ingleses que lee y traduce, sino que se sabe de memoria el color de los mejores lienzos del universo, y escribe como si pintara, como si dejara sonar una remota sinfonía debajo de las piedras.

El augurio de aquel libro ha desencadenado altísimas convicciones y revelaciones para la poesía del país y del mundo. Luego del primer poemario aparecieron: Ven a estas arenas amarillas (2004), El vino rojo de las sílabas (2007), La geometría del agua (2010), Diálogos con la escultura secreta (2013), La mujer que sueña en las murallas (2015), Los mosaicos de Babilonia (2016),  Los cinco sentidos del viento (2017), entre otros.

"La más evidente virtud de la poesía de Fernando Denis es la originalidad", dice William Ospina, al leer La geometría del agua, y sentencia: "Nadie entre nosotros enlaza las palabras con más libertad, y por eso cuando lo leemos la más frecuente reacción del lector es de asombro, de desconcierto".

Años después, el mismo William, embrujado por sus sílabas, vuelve a sentenciar: "Lo que ocurre en sus poemas no ocurre en ningún otro lugar del universo, y es a la vez extraño y cierto. Corre el riesgo de que su canto dure mientras duren las palabras, que están hechas del metal más misterioso, pero tambiém corre el riesgo de ser el más desvalido de los mortales".

José Ramón Ripoll, al leer Los mosaicos de Babilonia, vaticinó que "cuando uno se encuentra con libros como este, verdaderamente hay que dar gracias al mar inmenso porque nos arroja sus mosaicos de oro, sus geometrías sagradas. En este caso, sería deseable que el océano arrastrara en sus corrientes estos poemas y los esparciese por las playas de nuestra lengua, de todos los puertos y orillas de nuestro idioma en beneficio de la poesía y de la comunicación entre los hombres".

"Escribo porque soy el heredero de una lengua poderosa, alucinante, milenaria, y con estas palabras conjuro mis noches, todas las irrealidades que me habitan, dice Fernando Denis, para quien el lenguaje "transforma los sentidos en asombros". El espíritu de su poesía no duerme en las palabras sino que fluye como un viento bajo el cielo del universo. "La poesía tiene un instinto sagrado, un aura que corrige la belleza del mundo, que la reinventa".

En sus poemas, un hombre puede delirar o morir al conocer y ver el color azul. Una mujer puede llover como un río, ser la extraña e intangible forma de la música, ser agua como en los ríos del sueño, en cuyas orillas "beben con ansiedad mis ángeles aturdidos". Como un Dante al pie del Caribe le canta a Beatriz: ¿Qué cosa ocurre en los demás que a mí me falta para olvidarte?

El poeta dialoga con todos los paisajes del mundo.  Forja con sus palabras, un nuevo salmo planetario que resucita todas las asusencias. Ahora en la Ciénaga. Ahora en Grecia, en Roma, en Babilonia, en la India, bajo el rojo ardiente de Altamira. Todo lo nombra con la exactitud de la magia que rebasa a las palabras: "Nadie se ha sentido tan herido en Roma, nadie ha visto esa música incesante que se desangra en el crepúsculo".

El lienzo de su mundo es a la vez, la arquitectura de la música, la geometría de los colores, los mármoles del tiempo. Su luz puede devolvernos al primer día de la creación o al resplandor secreto en la ceguera de Homero: "lentamente, la luz más antigua disuelve sobre el mar sus metáforas". El amor puede fluír entre dos ríos y desembocar en los ojos de una mujer: "No cabe en tu abrazo la vida entera/ pero todo el Mississippi y el Magdalena/ desembocan en tus ojos/ por eso amo tus orillas".

La música, los colores y las palabras buscan a Denis, y él va tras ellas.

A lomo de caballo va su sed tras el alfabeto de las aves, y el poeta vaticina que el hambre del ser humano no está en su cuerpo, sino en su palabra. Como un profeta bíblico, descubre a Dios entre las hojas de los árboles, y la sed en el color de las arenas del desierto. Su música es la belleza atroz de un bosque en llamas.

Cartagena, Marzo 4 de 2018.



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