"Formas de luz", novela premiada de Aguilera Garramuño

23 de diciembre de 2017 12:00 AM

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Marco Tulio Aguilera Garramuño*

Especial para El Universal

FORMAS DE LUZ

(EL SENTIDO DE LA MELANCOLÍA)
Novela de Marco Tulio Aguilera Garramuño

El bien es único, el mal es infinito

Aristóteles

ANTEINFIERNO

UNO

Las puertas del infierno

Cultivé el jardín del cielo, sembré un árbol, crecieron sus ramas, amarré una soga de ellas y de ellas me colgué.

Yo tenía una casa regia desde cuyo estudio en el tercer piso, a través de los desaforados ventanales podía ver una parte extensa y modesta de mi ciudad, las montañas circundantes, la cascada de Naolinco (ya no existe el poderoso torrente de agua que se despeñaba a cincuenta kilómetros de mis ojos, como no existen los retoños sobre los que saltaba en el Cerro de Macuiltépetl: ahora esos retoños son árboles de más de diez metros), podía ver también el escorzo de la carretera rumbo al puerto, y más cerca, mi jardín con ficus y cerezos, mi guacamaya Enriqueta luciendo su plumaje, los estanques del jardín japonés con sus peces indescifrables.

Tenía yo una esposa que haría palidecer de envidia a la Beatriz de Dante y un hijo sin mancha, creciendo rumbo al sol. Quizás ya no los tenga más. Cultivé el jardín del cielo, sembré un árbol, crecieron sus ramas, amarré una soga de ellas y de ellas me colgué. El infierno es un lugar al que se puede llegar por muchas puertas. Mira por donde entras y en quién confías; no te dejes engañar por la amplitud de la entrada.

Todas están abiertas de par en par. Ventura entró al infierno por varias. Y en casi todas estaba una mujer. En una de ellas estaba Ventura mismo, con sonrisa bellaca, invitándolo a pasar. Amó a su esposa y la sigue amando, pero eso no le bastaba. Seguía con la curiosidad por el arcano que encarnaban otras mujeres, con las que intimaba bajo el pretexto de que estaba buscando temas para su literatura.

Decía que su actitud estaba justificada por la de Pushkin, gran poeta de Rusia y gran fornicador, que no dejó escapar impoluta a ninguna de las mujeres que rozaron su órbita de agujero negro. El pecado grande de Ventura fue poner a la literatura por encima de la familia. En sus viajes de conferencias, mientras su esposa sostenía el timón del barco del hogar, Ventura estaba cortejando la idea de la infidelidad, pero no llegó a consumarla sino trece años después del matrimonio.

Y la que me llevó al despeñadero de la deslealtad conyugal ni siquiera fue una mujer digna de homenaje alguno, sino una escritorcilla de mediano talento, ligeramente regordeta, escéptica, malcriada, caprichosa y con mal aliento que conocí en un taller de la Universidad Nacional de Colombia. Isadora Perdomo, la de ojos de tigre, rayados y amarillos. Era una criatura a medio camino entre el manicomio y la tumba (escribió Ventura).

La vocación de la escritorcilla era el suicidio, pero antes de llegar a él, afirmaba, quería corromperse con toda el alma, hundirse por completo en todo género de vicios y aberraciones. Se embriagó en la fiesta de clausura y me susurró al oído de viejo fauno, tendría yo por entonces cincuenta años, que quería darle un beso. Ventura era materia dispuesta, estaba ebrio de alcohol y vanidad satisfecha.

Sólo aplausos y elogios había recibido. Pocas tentaciones auténticas había tenido en su vida marital. No había caído en ellas quizás debido a una especie de pereza existencial, a que de alguna manera amaba a su esposa, a que se sentía satisfecho con el paseo triunfal que era su existencia de poeta, narrador, crítico, deportista casi famoso.

Tal vez no caía porque ninguna tentación hasta entonces tenía el aderezo de la juventud en pleno y del descaro en su esplendor. Del salón de recepciones al taxi, del taxi al apartamento, a la cama y a la alfombra de la escritorcilla gordita, Isadora Perdomo, se llamaba, no fue más que un paso.

Como de costumbre Ventura escribió una crónica de la historia con todos sus detalles, excesos, abusos, vilezas e incluso algún toque poético (dormir abrazados después del estropicio de los cuerpos) pensando que algún día sería el motor de un poema bizarro o de un cuento menos procaz que divertido.

Durante muchos años (trece más o menos) Atanasia había soportado o fingido soportar ingenuamente, por prudencia o interés, los embustes. Pero llegó el momento en que Ventura le confesó su caída.

Lo hizo tras la primera crisis de angustia del héroe y quizás seis meses después de que el hombre se desplomó en un letargo de varios días durante los cuales estuvo tendido transversalmente en la cama bocabajo, vestido, y con una mano asiendo su maletín en el que guardaba veinte o treinta ejemplares de su libro recién publicado. Sucedió después de que hubo olfateado fugazmente el aliento apestoso de la gloria (eso escribió en una de sus agendas).

Durante una semana se supo finalista (¡ciento cincuenta mil euros!) y siete días estuvo a la espera del dictamen final, que terminó favoreciendo a otra novela (una novela mediocre, escrita por una momia izquierdista, una princesita de la nobleza europea disfrazada de soldadera –así la definió Ventura). Un pelo de gato lo separó del sueño adolescente. Fue finalista de Gran Premio.

El mundo era suyo y lo perdió. Bam, se abrió el abismo. Tienen una casa de tres pisos y en el tercero está el estudio de Ventura, con ventanales impresionantes que dan a un jardín japonés con aguas cantarinas, peces exóticos, árboles de cerezo y ficus. Sobre el ficus deambula de rama en rama Enriqueta, una guacamaya escandalosa, a la que se le permite volar cortos tramos dentro de los límites de una barda de cuatro metros de altura.

La casa fue construida con dinero de los dos pero gracias al esfuerzo de Atanasia. Ella fue la que lidió con arquitectos, albañiles, carpinteros, electricistas, fontaneros y maestros en jardinería extravagante mientras Ventura seguía en su mundo de amor a sí mismo. Recuerda tiempos radiantes, no hay dolor más grande que el de recordar tiempos felices en medio de la desgracia, en los que recibía con frecuencia premios, muchos de ellos inesperados, e iba a recibirlos con Atanasia.

Visitaron hoteles en Quito, Buenos Aires, el Distrito Federal, Caracas, Oslo, Canadá, Barcelona, París y se refocilaban con deleite de principiantes nadando irresponsablemente entre las sábanas de Holanda y seda, diría que francamente enamorados, si es que tal afirmación tiene algún sentido después de haber visitado el infierno. La vida era una fiesta no sólo en París sino en todo el mundo. Hoy se miran como enemigos.

Ella tiene en mente todos los detalles de las aventuras y andanzas de su esposo, pues las ha rastreado y descifrado en sus poemas, crónicas, cuentos, diarios, agendas. Si fueras criminal caerías en tu primer golpe, dice Atanasia con ese aire de insufrible superioridad que ha asumido desde que sucedió lo que sucedió, a cada paso tuyo dejas huellas y testimonios. La fractura del matrimonio no es leve, es pavorosa. Tal vez irreversible.

El estado actual de Ventura ya no es el del escritor famoso, sino el del hombre humillado. Esta reducido a permanecer en casa por prescripción del neurólogo y el psiquiatra.

Su esposa va a trabajar por las mañanas semimoribunda y él permanece en casa con una melancolía de muerte. Ventura con dificultad logra levantar los párpados cada mañana, reptar hasta el baño e iniciar el calvario, que culminará cuando cocine para su familia cualquier bazofia indigerible.

Ventura El Cocinero. Las finanzas han ido en picada durante los años de su enfermedad, los derechos de autor son cada vez más fantasmales, los gastos médicos alcanzan cifras exorbitantes. Atanasia simplemente no come. Se alimenta de tés de Ceylán y cigarrillos Benson, que consume sin pausa ni piedad.

Estuvo a punto de perder su trabajo por cuidar a Ventura en sus peores momentos y en su auxilio volvió a aparecer en su pegaso el doctor Chehade. Él mismo habló por teléfono desde Madrid con el rector para que no despidieran a Atanasia.

El doctor Norman Chehade es el único hombre de una sola pieza que he conocido en mi vida, dijo Atanasia en cierta oportunidad en que estaba comunicativa. De niño perdió en un accidente de tránsito a sus dos padres y a sus hermanos.

Quedó absolutamente solo y supo levantarse. Cree en Dios, en la bondad de los seres humanos y practica la virtud con una disciplina de santo, prodigios de Dios y sus ironías: el doctor Chehade es el hombre más apuesto que haya visto en mi vida. Alto, como me gustan, rubio, atlético, simpático, caballeroso, discreto. Ese es el hombre que me pretende. Y no le he dado ni la más pequeña oportunidad de cortejarme.

No he aceptado de él nada, aunque me ha ofrecido el mundo. Tiene más dinero que los Rockefeller. Sabe que soy casada y me respeta, pero no deja de tener abierto un ofrecimiento: todo lo que quieras es para ti, me dice, en el momento que quieras. El doctor Chehade tiene más dinero que Aristóteles Onassis, insiste Atana, y está dispuesto a cumplir hasta mi más mínimo capricho.

El hecho de que Atanasia duerma en el sofá-cama fuera de la habitación conyugal no sólo obedece a que ya no quiere dormir con Ventura sino que pretende vigilar la puerta, ya que, según ella, su esposo hace escapatorias nocturnas inconscientes: como un zombie salgo de casa y camino largas distancias, dice. No sé si me mudo de ropa o me voy en pijama y chanclas. Afirma que una de esas noches me siguió envuelta en una cobija, que me vio bajar por una calle empedrada y llegar hasta el puente de Miguel Alemán, donde entablé plática con unos travestis, dice que incluso nos sentamos en el cordón de la acera a fumar.

Tal dato me asustó y varias noches he atrincherado mi cuarto para impedirme a mí mismo salir (para impedir salir a mi otro yo, el que despierta cuando yo duermo.) Recuerdo que en los primeros meses de nuestra relación Atanasia era la que sufría trastornos y hacía travesías nocturnas, tiempos en que ella era una espiga de trigo, un aroma de hierbabuena y una carita eternamente sonriente. Hoy mi mujer es un abrojo, una yedra, una ortiga, una yerba a la que llaman malamujer. Sin dejar de ser la criatura más encantadora y sorprendente del mundo, la más voluntariosa e implacable.

Yo la seguía en sus escapes inconscientes, la tomaba de los hombros y la regresaba a la cama, donde la abrazaba ceñidamente para que no volviera a salir. (Extraño mucho las noches en que dormíamos abrazados.) (Si hay algo que ofende a Atanasia es saber que dormí abrazado con otra).

Tendría entonces diez y seis o diez y siete años. Yo estaba cumpliendo la edad en que Cristo fue crucificado cuando nos casamos. Generalmente me pongo claves para saber si he salido de noche: las chanclas, los tenis, los zapatos los coloco invertidos. Atrapo papeles en las cerraduras. Coloco muebles fuera de lugar. Al levantarme miro si siguen en el mismo lugar y en la misma posición.

Cada mañana Ventura se sorprende al ver que Atanasia se ha levantado, bañado y hasta perfumado para salir. Lo que queda de su lucha nocturna es el montón de trozos de papel higiénico manchados con sangre al lado de su sofá.

Y con debilidad y dolor de estómago permanece ocho horas en su trabajo y cuando llega no quiere sino una taza de té de Ceylán y un Benson and Hedges. ¿Hasta cuándo podrá soportar este ritmo? Ventura la acompaña a la mesa y le ofrece lo que ha comprado o preparado para ella.

Soy el encargado de la casa por las mañanas: Ventura va al mercado, compra lo de la comida, cocina, a veces limpia una parte de la casa, hace lo posible con las pocas energías que tiene. Atanasia generalmente rechaza lo que Ventura cocina porque dice que sus platillos son incomibles o porque tiene náuseas o porque la angustia le cierra la garganta.

Hay noches en que puedo dormir desde las diez pm hasta las nueve del día siguiente, pero generalmente despierto temprano y me quedo meditando, casi aterrorizado por la cantidad de problemas que tenemos encima: su enfermedad, mi incapacidad de soportar el mundo exterior, las deudas, el misterioso humor de Ático, los anónimos, la posibilidad de perder su trabajo.

De verdad que hay días en que me siento normal a pesar de los medicamentos: alturine al levantarme (ahora me lo tomo después de la taza de café y el cigarrillo, que me mantiene la boca reseca), tafil a media mañana y a media tarde, rivotril, antes de ir a la cama, también una pastilla de vitamina B12. Hay días en que simplemente no tengo voluntad para levantarme antes de las diez de la mañana y estoy revolcándome en la cama y en el estiércol de los remordimientos.

El escritor ha descubierto que Atanasia, mientras Ventura está encerrado en la habitación conyugal, sube al estudio, a las dos o tres de la mañana, cuando el dolor le impide dormir, y allí lee lo que su esposo ha escrito. Así conoce hasta el último detalle de sus andanzas.

¿Cómo pudiste revolcarte con esa mujercilla viciosa y luego dormir abrazado a ella? ¿Con qué cinismo viniste a casa y dormiste abrazado a mí? Es decir, que no hay ninguna diferencia entre una escoria humana y yo? ¿Así que la Isadora Perdomo, se te llena la boca al pronunciar su nombre, no es puta porque no cobra? En las ocasiones en que se siente fuerte, Atanasia viene a la cama donde yo intento dormir, me da una cachetada sin previo aviso, se sienta sobre mi pecho, sosteniendo con sus piernas mis brazos y comienza a relatarme paso a paso lo que hice con esta o con la otra.

¿La angelical Isadora, la del perfumado aliento, la de ojos de tigre, se apartaba el cabello para que vieras como te la chupaba? ¿Ella te puso un condón con sabor a fresa? ¿Te ofreció whisky con su boca, cocinó para ti unos espaguetis espantosos? ¿Le contaste los piercings y los tatuajes? Sus afirmaciones y preguntas van subiendo de tono y sé que la violencia será cada vez más feroz y sé que no podré responder, que seré un trozo de carne molida e inerte en sus manos. ¿Por qué no me defiendo? Porque soy un cobarde, eso, un cobarde, una veleta, o porque sé que tiene razones irrefutables para justificar su ira.

En ocasiones me puede tener acosado de esa manera cuatro horas. ¿Cómo no se me derrite el cerebro como mantequilla en sartén ardiente en esas ocasiones? ¿Por qué no huyo de la casa? Primero: no tengo nada de dinero, mis cheques pasan directamente a sus manos, segundo, no puedo manejar mi vehículo, tercero no quiero abandonar a Ático, cuarto, no sería justo perder todo lo que tengo: mis peces, mi guacamaya, mi viejo violín apolillado, la colección de mis libros, el baúl con mis manuscritos.

Curiosamente ese es al plan que tiene Atanasia: que yo arregle mis papeles y me vaya para siempre. Eres extranjero en este país y en todos los países, Ventura, tú no cabes en ninguna parte. Creo que ni en el infierno te aceptarían. Habría que inventar un infierno exclusivamente para ti. Con ella todo es así, para siempre, irreversible. Y es que, dice Atanasia, en uno de mis raptos de locura, sólo así puedo llamarlos, rompí mi pasaporte. Lo curioso es que en ninguna parte encontré huellas, fragmentos del destrozo.

Pero ahora Atanasia está dispuesta a que yo saque un nuevo pasaporte y que me vaya después de dejar arreglados los asuntos legales: liquidación o pensión por enfermedad. El problema es que no sé si ella vaya a soportar sola esta vida de guerra perpetua, hora por hora, minuto a minuto, segundo a segundo, sin tregua, sin un destello de paz o de dicha, con un ritmo de vida que haría añicos a una estatua de mármol.

Lo de las radiaciones me hace sospechar que lo suyo es cáncer. Tal vez estas notas que estoy escribiendo sean un intento de llenar el tiempo vacío, horas y horas en las que si me ataca el desánimo pasaría tendido en la cama, con las manos crispadas y las mandíbulas tensas. Tal vez estas notas traten de justificarme. Sé que ella las leerá y hallará nuevos argumentos para atacarme.

Este es un texto suicida: le pongo el arma en la mano y le digo dispara. Todas las noches sube a mi estudio, cuando supone que estoy durmiendo. Allí lee lo que escribo. ¿Por qué no cifra sus textos el poeta? Sería inútil. La esposa del poeta (¿poeta? ¡Ja!, exclama Atanasia, la poesía es otra cosa, lo tuvo es mierda fresca con una nube de moscas brillantes volando encima) es una maga en el campo de la cibernética. Sería capaz de descifrar la escritura maya, los jeroglíficos egipcios, los archivos secretos de la GESTAPO.

La disculpa de la literatura no sirve. Escribes para perpetuar tus hazañas de macho... Te sientes Casanova, el Marqués de Sade, Henry Miller, te pregonas el escritor del cuerpo perfecto. Y la risa que me da pensar lo poco que me has servido como hombre, como padre, como compañero, como macho. Lo tuyo es el sexo, el sexo imaginario, sucio, pobre, pestilente, y a otra cosa. Sólo piensas en fornicar.

Y ni siquiera para el fornicio me sirves. Me usabas y me tirabas, luego dormías como un santo. No tienes conciencia. Por eso no existe otro tema en tu literatura, no hay alma en lo que escribes. Protesto, hay críticos que dicen lo contrario, tengo veinte premios literarios, la mayor parte de ellos internacionales.

Los premios los negociaste con tus compinches. Vives en un mundo de mafiosos, de gente mala, de personas sin moral alguna. Falso: sólo en una ocasión me ofrecieron un premio, y fue en broma. El hecho de que lo ganara resultó de la deliberación de tres miembros del jurado, del cual formaba parte mi amigo.

Lo tuve todo y todo lo perdí. ¿Huir? Un hombre de 54 años, solo, sin dinero, deteriorado física y mentalmente, de regreso a su patria. Sin gloria alguna, como un perro apaleado, a escondidas. ¡Como un perro!

—Así eras antes de conocerme y así seguiste siendo durante tu matrimonio. Así te morirás. Sólo que hacías tus fechorías lejos. Todo llega a saberse algún día. ¿Ya estás satisfecho?

No satisfecho: aplastado.

—No existe nada encubierto que no se haya de descubrir ni oculto, que no se haya de Saber. ¿El que hizo los oídos no oirá y el que hizo los ojos no verá?—cuando Atanasia cita la Biblia asume un tono de profeta del juicio final.

Me queda el consuelo del sueño. Allí disfruto de escenas felices. Anoche habité una casa con ventanales kilométricos, en cuyo interior había un bosque lleno de pájaros de colores vívidos, casi fosforescentes, que componían una sinfonía de belleza inaudita.

Duermo bien arropado en una habitación libre de corrientes de aire, mientras Atanasia sigue empeñada en dormir en la sala. El viento entra allí por la chimenea y bajo las puertas. Desde que la conozco tiene una especie de afición patológica por los abismos y las tragedias.

Particularmente ahora: quiere acabarse pronto. Está demacrada, la ropa le queda grande. Su rostro es anguloso. Sólo sus bellos ojos conservan el brillo natural.

 

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